Hay conductas que parecen incomprensibles.
La necesidad de consumir aunque sabes que te destruye.
Pensamientos que no puedes detener y rituales que debes repetir.
La comida utilizada para controlar, calmar o llenar algo que no sabes nombrar.
La necesidad constante de sexo, validación o deseo.
La impulsividad.
La sensación de vacío.
La imposibilidad de parar.
Y cuando aparecen solemos preguntarnos:
¿Por qué hace esto?
¿Por qué alguien continúa consumiendo si pierde a su familia?
¿Por qué alguien repite una obsesión cientos de veces sabiendo que no tiene sentido?
¿Por qué una persona puede sentir alivio comiendo, dejando de comer o controlando su cuerpo?
¿Por qué algunas personas buscan desesperadamente ser deseadas, excitadas o sentirse vivas?
Pero quizá la pregunta correcta sea otra:
¿Qué está intentando regular?
Porque el ser humano rara vez desarrolla una conducta porque sí.
A veces las adicciones no buscan placer. Buscan alivio.
A veces el TOC no busca orden. Busca seguridad.
A veces la comida no intenta alimentar el cuerpo. Intenta calmar emociones.
A veces determinadas conductas sexuales no buscan únicamente deseo. Buscan conexión, anestesia emocional o dejar de sentirse invisible.
Detrás de muchas conductas que etiquetamos como problemáticas puede existir algo más profundo: miedo, vergüenza, soledad, vacío, necesidad de control o heridas que el sistema nervioso todavía no sabe organizar.
Y quizá ahí aparezca una de las paradojas más dolorosas del ser humano: