Como todos los españoles, me he quedado atrapado en la historia de María, esa niña de Punta Umbría de apenas seis años, a la que los Reyes le trajeron un viaje para conocer Madrid e ir a ver el El Rey León. Y aquí se vino en cuanto pudo, junto a su padre, su madre, su primo Félix y su hermano Pepe, que pidió a los Reyes ver un partido del Madrid.Todos han fallecido, excepto ella.Tras el brutal impacto, María salió por su propio pie por la ventana del Alvia, como si la hubiera guiado un ángel. Llegó ilesa a las vías, donde un Guardia Civil se la encontró merodeando, sola, perdida en medio de la noche de Córdoba, lejana y sola. Jaca negra, luna grande. Y Mufasa en las alforjas.Hay fotos de su hermano y de su primo sonriendo en el Bernabéu tras haber visto ganar a su equipo, que espero les sepa homenajear. Pero no se me va de la cabeza María, aunque el nombre me lo he inventado, no sé cómo bien la llaman, por el llano, por el viento, jaca negra, luna roja.No quiero resultar cursi y menos aún lacrimógeno, Carlos. Pero es que no quiero hablar de soldaduras, ni de catenarias ni del cambio de agujas ni del corazón de cruce. En España no podemos pensar en otra cosa que en María, dormida camino a Huelva. ¡Ay qué camino tan largo! ¡Ay mi jaca valerosa!No sé qué será de ti, María-lejana-y-sola. Pero acuérdate del ciclo de la vida y de Nala, y de Pumba y de Timón. Alguien tendrá que subir un día a la roca y mirar de frente a la sabana. Recuerda quién eres, niña. Fuiste a ver a Simba a la Gran Vía. Y un día serás el Rey León.