Hubo una España, no tan lejana, en la que las universidades se convirtieron en el mayor espacio de lucha por la democracia del país. Cada vez más jóvenes leían libros y veían películas prohibidas por la censura, se afiliaban a distintos partidos políticos ilegales y hacían propaganda contra el régimen. Pero en las mismas aulas había estudiantes que pertenecían a la llamada Brigada Político Social, que trabajan de topos para la policía (los grises). Y si te pillaban en una reunión de más de 10 personas… ibas directo al calabozo por ‘asociación ilícita’.
Además, en el calabozo eran frecuentes las torturas para conseguir confesiones. “Las celdas eran horribles, veías churretones de sangre…”, recuerda Azucena Rodríguez, que estuvo dos veces en la cárcel. La segunda, durante un año, por lanzar unos panfletos en la calle. “Te zarandeaban, te maltrataban… Era una situación humillante y, por supuesto, me pegaron”, recuerda Paloma Simón. “Yo tenía 19 años y lo único que quería era que hubiera democracia”. Pero incluso cuando Franco murió, la democracia se hizo esperar y la verdadera libertad tardó unos años en llegar. Lo recuerda bien Carlos Santos: “Quienes gobernaban no tenían prisa por que hubiera una democracia completa”.
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