Cerramos la semana con un personaje luminoso: Apolo. Era un hombre formado, elocuente, estudioso de la Escritura, ardiente en su anuncio. Pero todavía necesitaba ser completado. Y aquí aparece la belleza de la Iglesia: nadie posee toda la plenitud por sí solo. El Señor suscita dones distintos para una sola misión. Por eso Priscila y Áquila no se sintieron amenazados por Apolo; lo escucharon, lo acogieron y le explicaron con más exactitud el camino de Dios. Así, la Palabra no quedó encerrada en un solo talento, sino servida por una comunidad viva. La semana entera nos ha repetido una certeza: «No os dejaré huérfanos». No estamos solos; el Espíritu reúne, corrige, fortalece y envía. El símbolo del Paráclito, en esta síntesis, es la llama que une y da vida a los diversos carismas.