El macroevento californiano sucumbe al mercado del 'like' y la corrección política, salvado solo por la cruda energía de leyendas como la Iguana.
El festival de Coachella se ha consolidado como el epicentro del postureo internacional, un evento donde la música parece haber quedado relegada a un segundo plano frente al despliegue de influencers y el hype estético. En esta edición, el análisis se centra en el contraste entre las figuras efímeras del pop comercial y la veteranía de artistas consagrados que intentan aportar algo de sustancia en un entorno dominado por la apariencia. La crónica destaca cómo el festival ha pasado de ser un referente cultural a una pasarela de vanidades donde el outfit es más relevante que la propia interpretación musical sobre el escenario.
Uno de los puntos más polémicos fue el regreso de Justin Bieber, que se embolsó la friolera de diez millones de dólares por apenas dos fines de semana. Resulta bochornoso observar cómo la industria recompensa con cifras astronómicas un mercantilismo descarado; Bieber, tras vender su catálogo por doscientos millones, se limitó a realizar un karaoke de sus propios temas para seguir monetizando su canal de YouTube. Este tipo de espectáculos evidencia la decadencia de ciertas estrellas que, lejos de ofrecer arte, se limitan a gestionar su marca personal ante un público que paga precios de reventa de hasta tres mil quinientos dólares por ver un show pregrabado.
En el plano de la mística musical, Moby ofreció uno de los pocos momentos de verdadera conexión emocional con temas como Porcelain. Tras décadas de carrera, el artista demostró que la sencillez y la calidad sonora pueden silenciar incluso a la masa más frívola. Su puesta en escena, acompañada por una banda solvente, recordó a los asistentes que el Coachella original del año mil novecientos noventa y nueve aún tiene destellos de lo que fue antes de ser devorado por la cultura del selfie y la búsqueda constante del like en las redes sociales.
La nota política del festival la puso David Byrne, el mítico líder de Talking Heads, quien no dudó en recurrir a la habitual teatralidad izquierdista al aparecer ataviado con un traje naranja, evocando la estética de los prisioneros de Guantánamo. Resulta paradójico que estos artistas, que disfrutan de las mieles del capitalismo más salvaje en Indio, California, utilicen su plataforma para lanzar consignas sobre Gaza o el ISIS mientras proyectan imágenes pretendidamente comprometidas. Es la clásica superioridad moral del progresismo de salón que busca limpiar su conciencia entre contrato y contrato millonario, ofreciendo una performance política que encaja perfectamente en el mercado de la corrección política actual.
Siguiendo esta estela de activismo estético, los veteranos Devo también hicieron acto de presencia con un fuerte mensaje ideológico, aunque centrado en su icónica imagen de los energy domes y trajes de protección química. A diferencia de las nuevas generaciones, estos grupos mantienen un compromiso con la vanguardia que, si bien peca de los mismos vicios ideológicos, al menos ofrece una propuesta visual y sonora coherente. Lograron filtrar a su público, permitiendo que solo los verdaderos aficionados se quedaran tras los primeros temas comerciales como Whip It, huyendo así de la masa de curiosos que solo buscaba la foto de rigor.
El rock más puro y salvaje llegó de la mano de Iggy Pop, quien a sus setenta y ocho años sigue siendo el epítome de la autenticidad. Sin camiseta y con una energía inagotable, la Iguana dio una lección de supervivencia sobre el escenario, terminando su actuación dentro de un ataúd mientras la banda seguía tocando. Es reconfortante ver que todavía existen figuras capaces de romper con la pulcritud impostada de la industria, ofreciendo un espectáculo crudo que recuerda los orígenes del punk y el rock and roll, lejos de los filtros de Instagram.
No todo fueron aciertos, ya que Interpol sufrió graves deficiencias técnicas que empañaron su actuación. A pesar de ser una banda con un directo habitualmente correcto, el sonido en Coachella dejó mucho que desear, especialmente en la voz de Paul Banks. En un festival donde se cobran entradas a precios prohibitivos, es inaceptable que la producción técnica no esté a la altura de las bandas, demostrando una vez más que el interés económico del promotor prima sobre la experiencia auditiva del espectador, que se ve obligado a consumir un producto de calidad cuestionable.
The Strokes regresaron con un Julian Casablancas que hizo gala de su habitual ironía, bromeando sobre ser los teloneros de Justin Bieber. El grupo neoyorquino interpretó clásicos como Reptilia, demostrando que el indie rock sigue teniendo un hueco en el corazón del público, a pesar del avance imparable del reggaeton y el pop sintético. Su presencia en el escenario principal sirvió para reivindicar el sonido de guitarras en un entorno que cada vez parece más hostil para cualquier propuesta que no dependa exclusivamente de un autotune o una base programada.
La energía desbordante de Jack White cerró una de las jornadas con un despliegue de virtuosismo guitarrístico que culminó con el himno Seven Nation Army. La capacidad de White para generar una comunión casi religiosa con el público demuestra que el rock de estadios sigue vivo cuando hay un artista con verdadero carisma al frente. Fue un momento de júbilo colectivo que, por unos instantes, logró que la audiencia se olvidara de sus teléfonos móviles para centrarse en la vibración de las cuerdas y la potencia de la batería, un oasis de realidad en medio del desierto artificial de Coachella.
La colaboración entre Billy Corgan, de The Smashing Pumpkins, y el joven talento de Sumbuck fue otra de las sorpresas de la edición. Corgan, con su estética habitual de Nosferatu moderno, aportó una pátina de veteranía a la actuación de este joven artista que se hizo viral en TikTok. Este cruce generacional es un intento desesperado del festival por atraer a los nuevos públicos sin perder del todo el respeto de los melómanos tradicionales, aunque a veces el resultado parezca un tanto forzado y carente de la química necesaria para trascender.
La intensidad industrial de Nine Inch Nails, junto a Boyz Noize y Mariqueen Maandig, ofreció una de las propuestas más oscuras y potentes. Con una versión renovada de Heresy, el grupo de Trent Reznor demostró que el sonido electrónico industrial puede ser extremadamente bailable sin perder su carga crítica y su agresividad característica. La puesta en escena, con bailarines que recordaban a los Misfits, fue un golpe de aire fresco frente a las coreografías edulcoradas que suelen poblar los escenarios secundarios del evento.
El toque europeo y bailable lo pusieron Måneskin y su italo disco, que triunfaron con un hedonismo contagioso y una estética ochentera muy cuidada. Con hombreras y bigotes, el grupo italiano supo leer perfectamente el código del festival, ofreciendo diversión sin complicaciones. Es la cara más amable de la industria: música hecha para el disfrute inmediato, que no pretende cambiar el mundo pero que consigue que la gente baile bajo el sol de California, cumpliendo con la función escapista que todo festival de estas características debe tener.
Finalmente, la presencia española estuvo representada por Cariño y Rusowsky, quienes demostraron que el pop patrio tiene capacidad de exportación. El efecto Rosalía ha abierto las puertas de Coachella a artistas nacionales que, con propuestas sencillas e íntimas, logran hacerse un hueco en los escenarios matinales. Rusowsky, con su piano y una puesta en escena muy minimalista, ofreció un contrapunto de calma que fue muy agradecido por la crítica, demostrando que no todo tiene que ser ruido y luces de neón para destacar en este macroevento.
El cierre magistral corrió a cargo de The xx, que regresaron tras ocho años de silencio para interpretar su icónico Intro. El grupo británico consiguió crear una atmósfera envolvente que sirvió de epílogo perfecto para un festival marcado por los contrastes. Al integrar sus proyectos en solitario con el sonido clásico de la banda, ofrecieron una visión de madurez artística que pocos grupos logran mantener tras tanto tiempo separados. Fue, sin duda, un recordatorio de que, a pesar de todo el ruido comercial, todavía hay espacio para el arte con mayúsculas en el desierto.