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Prohibido contar ovejas

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  • Prohibido contar ovejas

    Prohibido Contar Ovejas: Sincorazón y el latido de "Tiempo"

    17/04/2026 | 59 min
    Prohibido Contar Ovejas: Sincorazón presenta su EP "Tiempo" y repasa su universo sonoro, influencias y el camino que define su propuesta musical.
  • Prohibido contar ovejas

    Prohibido Contar Ovejas: Ojos, ojitos, ojetes

    17/04/2026 | 2 h 3 min
    Couselo analiza el panorama cultural con el grupo Sincorazón y un recorrido por el rock independiente y el cine de autor con nuestros colaboradores

    En una nueva entrega de Prohibido contar ovejas, el programa nocturno de Es Radio capitaneado por Felipe Couselo, se despliega un abanico cultural que transita desde las novedades discográficas más punzantes hasta el cine de autor y el teatro de vanguardia. La velada comienza con un tono distendido, donde Couselo, acompañado por sus colaboradores habituales como Alba Espinosa y Juanma González, analiza la actualidad con ese toque de irreverencia y perspicacia que caracteriza a la casa, resaltando la importancia de la libertad creativa en un entorno mediático a menudo saturado de convencionalismos.

    El primer bloque musical pone el foco en They Might Be Giants y su reciente lanzamiento Overnight Sensation, incluido en el álbum The Book of the World Is Too Big. El equipo destaca la capacidad de esta banda para facturar canciones con un gancho melódico innegable, recordando su influencia en bandas sonoras de series icónicas como Malcolm in the Middle o Scrubs. Se reivindica aquí el talento independiente y la longevidad de proyectos que, alejados de las modas pasajeras, mantienen una identidad sonora inconfundible basada en la experimentación y el humor inteligente.

    La sección dedicada al folk-rock independiente llega de la mano de Fantastic Cat y su tema Don't Take the Bus. Con una discografía cargada de ironía, como demuestran títulos de la talla de The Very Best of Fantastic Cat o Cat Out of Hell, el grupo es elogiado por su frescura y su capacidad para evocar la estética de las road movies estadounidenses. En la tertulia se subraya cómo este tipo de formaciones recuperan la esencia de la música popular, logrando una conexión genuina con el oyente a través de composiciones que parecen sacadas de cintas clásicas del género.

    El programa también dedica un espacio notable al post-punk y la new wave con The Propps y su canción White Noise. Este grupo californiano, que habita mentalmente en la década de los ochenta, es presentado como una de las grandes promesas del momento gracias a su EP titulado Arrow. La producción de calidad de Carlos de la Garza es señalada como un factor clave en el sonido de la banda, que logra transportar al espectador a las atmósferas cinematográficas de John Hughes, demostrando que la nostalgia, cuando está bien ejecutada, sigue siendo una herramienta poderosa.

    Uno de los momentos más intensos de la noche se vive con el análisis del stoner rock de los suecos Truckfighters y su tema Old Big Eye. Se menciona que figuras como Josh Homme consideran a este grupo como una de las mejores bandas de rock de la historia. El debate se extiende hacia el desert rock y la influencia de pioneros como Kyuss o Fu Manchu, resaltando cómo la globalización musical permite que sonidos nacidos en los desiertos de California florezcan con una fuerza inusitada en el norte de Europa, manteniendo viva la llama de la distorsión y los ritmos pesados.

    En el apartado de anécdotas y humor, Felipe Couselo comenta de forma jocosa el parecido físico entre músicos y deportistas, llegando a comparar al bajista Flea de los Red Hot Chili Peppers con el cantante Dani Martín o el futbolista Antoine Griezmann. Este tipo de interludios sirven para aligerar la carga teórica y conectar con la audiencia de forma cercana, defendiendo el derecho a la crítica desenfadada y al entretenimiento sin complejos, valores que son pilares fundamentales en la línea editorial de Libertad Digital.

    La entrevista central cuenta con la presencia de Dani y Rubén, integrantes de la banda Sin Corazón, quienes presentan su EP titulado Tiempo. Este proyecto, nacido de la necesidad personal de expresión de Dani, destaca por su dualidad al ofrecer versiones tanto eléctricas como acústicas de sus temas, como la potente Fuego y cenizas o la melancólica Ainane. Se resalta la honestidad artística del grupo, que ha preferido cuidar el formato físico y la cercanía con el público en salas pequeñas antes que rendirse exclusivamente a los algoritmos de las plataformas de streaming.

    Finalmente, el bloque de cine y artes escénicas cierra el programa con dos recomendaciones de peso. Por un lado, Alba Espinosa ensalza Humo, el montaje de Rafaela Carrasco en el Centro de Danza Matadero, que rinde un bellísimo tributo a las cigarreras y su lucha histórica. Por otro lado, Juanma González analiza Prime Crime, un thriller setentero dirigido por Gus Van Sant que recrea un secuestro real en Indianápolis. La obra es alabada por su rigor histórico y su capacidad para retratar la tensión social de la época, demostrando que el cine sigue siendo el mejor espejo para entender las complejidades del individuo frente al sistema.
  • Prohibido contar ovejas

    Notas (musicales) a pie de página: Coachella, sus excentricidades y la buena música

    16/04/2026 | 32 min
    El macroevento californiano sucumbe al mercado del 'like' y la corrección política, salvado solo por la cruda energía de leyendas como la Iguana.

    El festival de Coachella se ha consolidado como el epicentro del postureo internacional, un evento donde la música parece haber quedado relegada a un segundo plano frente al despliegue de influencers y el hype estético. En esta edición, el análisis se centra en el contraste entre las figuras efímeras del pop comercial y la veteranía de artistas consagrados que intentan aportar algo de sustancia en un entorno dominado por la apariencia. La crónica destaca cómo el festival ha pasado de ser un referente cultural a una pasarela de vanidades donde el outfit es más relevante que la propia interpretación musical sobre el escenario.

    Uno de los puntos más polémicos fue el regreso de Justin Bieber, que se embolsó la friolera de diez millones de dólares por apenas dos fines de semana. Resulta bochornoso observar cómo la industria recompensa con cifras astronómicas un mercantilismo descarado; Bieber, tras vender su catálogo por doscientos millones, se limitó a realizar un karaoke de sus propios temas para seguir monetizando su canal de YouTube. Este tipo de espectáculos evidencia la decadencia de ciertas estrellas que, lejos de ofrecer arte, se limitan a gestionar su marca personal ante un público que paga precios de reventa de hasta tres mil quinientos dólares por ver un show pregrabado.

    En el plano de la mística musical, Moby ofreció uno de los pocos momentos de verdadera conexión emocional con temas como Porcelain. Tras décadas de carrera, el artista demostró que la sencillez y la calidad sonora pueden silenciar incluso a la masa más frívola. Su puesta en escena, acompañada por una banda solvente, recordó a los asistentes que el Coachella original del año mil novecientos noventa y nueve aún tiene destellos de lo que fue antes de ser devorado por la cultura del selfie y la búsqueda constante del like en las redes sociales.

    La nota política del festival la puso David Byrne, el mítico líder de Talking Heads, quien no dudó en recurrir a la habitual teatralidad izquierdista al aparecer ataviado con un traje naranja, evocando la estética de los prisioneros de Guantánamo. Resulta paradójico que estos artistas, que disfrutan de las mieles del capitalismo más salvaje en Indio, California, utilicen su plataforma para lanzar consignas sobre Gaza o el ISIS mientras proyectan imágenes pretendidamente comprometidas. Es la clásica superioridad moral del progresismo de salón que busca limpiar su conciencia entre contrato y contrato millonario, ofreciendo una performance política que encaja perfectamente en el mercado de la corrección política actual.

    Siguiendo esta estela de activismo estético, los veteranos Devo también hicieron acto de presencia con un fuerte mensaje ideológico, aunque centrado en su icónica imagen de los energy domes y trajes de protección química. A diferencia de las nuevas generaciones, estos grupos mantienen un compromiso con la vanguardia que, si bien peca de los mismos vicios ideológicos, al menos ofrece una propuesta visual y sonora coherente. Lograron filtrar a su público, permitiendo que solo los verdaderos aficionados se quedaran tras los primeros temas comerciales como Whip It, huyendo así de la masa de curiosos que solo buscaba la foto de rigor.

    El rock más puro y salvaje llegó de la mano de Iggy Pop, quien a sus setenta y ocho años sigue siendo el epítome de la autenticidad. Sin camiseta y con una energía inagotable, la Iguana dio una lección de supervivencia sobre el escenario, terminando su actuación dentro de un ataúd mientras la banda seguía tocando. Es reconfortante ver que todavía existen figuras capaces de romper con la pulcritud impostada de la industria, ofreciendo un espectáculo crudo que recuerda los orígenes del punk y el rock and roll, lejos de los filtros de Instagram.

    No todo fueron aciertos, ya que Interpol sufrió graves deficiencias técnicas que empañaron su actuación. A pesar de ser una banda con un directo habitualmente correcto, el sonido en Coachella dejó mucho que desear, especialmente en la voz de Paul Banks. En un festival donde se cobran entradas a precios prohibitivos, es inaceptable que la producción técnica no esté a la altura de las bandas, demostrando una vez más que el interés económico del promotor prima sobre la experiencia auditiva del espectador, que se ve obligado a consumir un producto de calidad cuestionable.

    The Strokes regresaron con un Julian Casablancas que hizo gala de su habitual ironía, bromeando sobre ser los teloneros de Justin Bieber. El grupo neoyorquino interpretó clásicos como Reptilia, demostrando que el indie rock sigue teniendo un hueco en el corazón del público, a pesar del avance imparable del reggaeton y el pop sintético. Su presencia en el escenario principal sirvió para reivindicar el sonido de guitarras en un entorno que cada vez parece más hostil para cualquier propuesta que no dependa exclusivamente de un autotune o una base programada.

    La energía desbordante de Jack White cerró una de las jornadas con un despliegue de virtuosismo guitarrístico que culminó con el himno Seven Nation Army. La capacidad de White para generar una comunión casi religiosa con el público demuestra que el rock de estadios sigue vivo cuando hay un artista con verdadero carisma al frente. Fue un momento de júbilo colectivo que, por unos instantes, logró que la audiencia se olvidara de sus teléfonos móviles para centrarse en la vibración de las cuerdas y la potencia de la batería, un oasis de realidad en medio del desierto artificial de Coachella.

    La colaboración entre Billy Corgan, de The Smashing Pumpkins, y el joven talento de Sumbuck fue otra de las sorpresas de la edición. Corgan, con su estética habitual de Nosferatu moderno, aportó una pátina de veteranía a la actuación de este joven artista que se hizo viral en TikTok. Este cruce generacional es un intento desesperado del festival por atraer a los nuevos públicos sin perder del todo el respeto de los melómanos tradicionales, aunque a veces el resultado parezca un tanto forzado y carente de la química necesaria para trascender.

    La intensidad industrial de Nine Inch Nails, junto a Boyz Noize y Mariqueen Maandig, ofreció una de las propuestas más oscuras y potentes. Con una versión renovada de Heresy, el grupo de Trent Reznor demostró que el sonido electrónico industrial puede ser extremadamente bailable sin perder su carga crítica y su agresividad característica. La puesta en escena, con bailarines que recordaban a los Misfits, fue un golpe de aire fresco frente a las coreografías edulcoradas que suelen poblar los escenarios secundarios del evento.

    El toque europeo y bailable lo pusieron Måneskin y su italo disco, que triunfaron con un hedonismo contagioso y una estética ochentera muy cuidada. Con hombreras y bigotes, el grupo italiano supo leer perfectamente el código del festival, ofreciendo diversión sin complicaciones. Es la cara más amable de la industria: música hecha para el disfrute inmediato, que no pretende cambiar el mundo pero que consigue que la gente baile bajo el sol de California, cumpliendo con la función escapista que todo festival de estas características debe tener.

    Finalmente, la presencia española estuvo representada por Cariño y Rusowsky, quienes demostraron que el pop patrio tiene capacidad de exportación. El efecto Rosalía ha abierto las puertas de Coachella a artistas nacionales que, con propuestas sencillas e íntimas, logran hacerse un hueco en los escenarios matinales. Rusowsky, con su piano y una puesta en escena muy minimalista, ofreció un contrapunto de calma que fue muy agradecido por la crítica, demostrando que no todo tiene que ser ruido y luces de neón para destacar en este macroevento.

    El cierre magistral corrió a cargo de The xx, que regresaron tras ocho años de silencio para interpretar su icónico Intro. El grupo británico consiguió crear una atmósfera envolvente que sirvió de epílogo perfecto para un festival marcado por los contrastes. Al integrar sus proyectos en solitario con el sonido clásico de la banda, ofrecieron una visión de madurez artística que pocos grupos logran mantener tras tanto tiempo separados. Fue, sin duda, un recordatorio de que, a pesar de todo el ruido comercial, todavía hay espacio para el arte con mayúsculas en el desierto.
  • Prohibido contar ovejas

    Las cosas de Palacios: El dúo viral de math rock Angine de Poitrine

    16/04/2026 | 27 min
    Un repaso por la complejidad rítmica y el sonido analógico, desde los pioneros Don Caballero hasta la hipnosis psicodélica de los actuales Meule.

    La conversación se inicia con una distendida charla entre los colaboradores, quienes, mediante un tono humorístico que roza lo absurdo, introducen el tema musical principal a través de una broma sobre una supuesta condición médica. Este preludio sirve para presentar a la banda canadiense Angèle de Poitrin, originaria de Quebec, que se ha convertido en un fenómeno dentro de las redes sociales por su propuesta visual y sonora. El grupo, un dúo compuesto por músicos con una notable capacidad técnica, destaca por el uso de instrumentos poco convencionales, como un bajo y una guitarra integrados en un mismo cuerpo con dos mástiles, lo que les permite crear capas sonoras complejas mediante loops y secuencias en directo.

    Los ponentes profundizan en el estilo de Angèle de Poitrin, clasificándolo dentro del Math Rock y la psicodelia. Destacan su reciente lanzamiento, Vol. 2, y cómo su estética de polka dot y una cuidada campaña de marketing han logrado captar la atención internacional. A partir de aquí, el resumen se convierte en un recorrido por las raíces y ramificaciones de este género musical, caracterizado por estructuras rítmicas atípicas y una limpieza de sonido que resalta la pericia de los instrumentistas.

    Como referente fundamental del Math Rock, se menciona a Don Caballero, una banda pionera cuyo rock instrumental se basa en progresiones complejas y matices microtonales que desafíen el oído occidental convencional. Seguidamente, el análisis se detiene en Shellac, el trío de Chicago liderado por el legendario productor Steve Albini, conocido por su trabajo en el álbum In Utero de Nirvana. De Shellac se subraya su sonido orgánico y crudo, fruto de grabaciones analógicas que buscan capturar la esencia más visceral de la banda sin recurrir a los artificios de la producción moderna.

    El recorrido continúa con Hella, una formación de Sacramento que lleva el género hacia terrenos más caóticos, cercanos al jazz, donde la energía desbordante y la complejidad compositiva son la norma. Esta búsqueda de la excelencia instrumental también se personifica en Giraffes? Giraffes!, un dúo de Massachusetts que, a diferencia de los anteriores, incorpora en ocasiones voces filtradas que funcionan como un instrumento adicional, manteniendo siempre esa estructura rítmica rota que define al Math Rock.

    Un punto clave del programa es la discusión sobre la música microtonal, una técnica que utiliza intervalos más pequeños que los semitonos tradicionales. Los colaboradores ponen como ejemplo a los australianos King Gizzard & The Lizard Wizard y su disco Flying Microtonal Banana, destacando el tema Rattlesnake. Este tipo de experimentación refleja una inquietud intelectual por explorar nuevas fronteras sonoras, alejándose de las fórmulas comerciales más simplistas que predominan en el panorama actual.

    En esta línea de exotismo y fusión, se introduce a Glass Beams, otro grupo australiano que combina psicodelia moderna con funk instrumental de fuertes influencias orientales. Su actuación en la emisora KEXP de Seattle es citada como un ejemplo de cómo estas bandas logran una hipnosis colectiva a través de ritmos repetitivos y mantricos. La riqueza cultural de estas propuestas se expande con Satellites, una banda de Tel Aviv que rescata el rock turco de los años 70, utilizando instrumentos tradicionales electrificados para crear un puente entre Oriente y Occidente.

    Finalmente, el resumen culmina con el descubrimiento de Meule, un trío francés que fusiona el Krautrock con el trance analógico. Lo más llamativo de esta formación es su configuración: dos bateristas enfrentados que comparten el mismo bombo y un guitarrista que opera complejos sintetizadores modulares. Su tema Flush destaca por una energía hipnótica y un sonido puramente analógico que evita el uso de ordenadores en el escenario. El programa concluye reafirmando el valor de estos músicos que, frente a la vacuidad de la cultura de masas, apuestan por el rigor, la experimentación y el dominio técnico de sus artes.
  • Prohibido contar ovejas

    Prohibido Contar Ovejas: Una de torreznos en los Cayos con bikini de lentejuelas

    16/04/2026 | 1 h 25 min
    El espacio de Felipe Couselo censura el postureo en Coachella y ensalza a leyendas como Iggy Pop frente a la vacuidad de los nuevos ídolos de masas.

    El programa Prohibido Contar Ovejas, dirigido por Felipe Couselo, arranca en esta ocasión con una atmósfera cargada de mitomanía y sátira, donde los colaboradores se sumergen en una suerte de juego de espejos y bulos internos. Entre bromas sobre la supuesta riqueza de Dani Palacios o la curiosa anatomía de Juanma González, el espacio se desliza hacia un terreno de complicidad radiofónica que sirve de preludio a un análisis musical profundo. No obstante, en un giro que refleja la actualidad política nacional, los integrantes bromean sobre el árbol genealógico de Alma, cuyos apellidos, Espinosa de los Monteros y Castejón, sugieren una curiosa e improbable conexión con la élite del sanchismo y la oposición. Con un tono irónico que recuerda a la crítica de Libertad Digital ante el nepotismo y los lazos familiares en el poder, el programa ironiza sobre cómo en España todo parece quedar en familia, incluso en una mesa de radio alternativa.

    El eje central de la primera parte rinde homenaje a la figura de Joey Ramone, de cuyo fallecimiento se cumplen veinticinco años. El equipo reflexiona sobre el legado del punk rock y la paradoja de una banda que nunca debió ser famosa pero que terminó definiendo una era. Al sonar Rock 'n' Roll Radio, se pone de manifiesto la nostalgia cultural por una época donde la música tenía una urgencia que hoy parece diluirse entre influencers y algoritmos. Esta sección sirve para reivindicar el espíritu rebelde que, casualmente, choca frontalmente con la corrección política que hoy se intenta imponer desde las instituciones progresistas, más preocupadas por la ingeniería social que por la autenticidad artística.

    Posteriormente, el programa se adentra en terrenos más experimentales, explorando el complejo mundo del math rock. Dani Palacios introduce a la banda quebequesa Angine de Poitrine, destacando su propuesta técnica y su reciente irrupción en la escena internacional. En este bloque, se mencionan grupos fundamentales del género como Don Caballero, Shellac —bajo la sombra del recientemente fallecido Steve Albini— y Hella. El análisis se torna técnico al hablar de estructuras polirrítmicas y de la música microtonal, poniendo como ejemplo a King Gizzard & The Lizard Wizard y su disco Flying Microtonal Banana. Es una apuesta por la dificultad técnica en un mercado que suele premiar lo simplista y lo vacuo.

    La crónica del festival de Coachella ocupa un lugar destacado, sirviendo para criticar el postureo mediático y el gasto desenfrenado que rodea a este evento. Se menciona la aparición de Justin Bieber, que según el equipo cobró cifras astronómicas por una performance que rozó el karaoke. Frente a este derroche propio de una sociedad del espectáculo decadente, el programa prefiere destacar las actuaciones de las viejas glorias. Artistas de la talla de David Byrne, con una puesta en escena minimalista pero impactante, o los veteranos Devo e Iggy Pop, demostraron que el talento no entiende de edades ni de filtros de Instagram. La crítica se ceba especialmente con el carácter elitista del festival, donde la música parece ser lo de menos frente a la exhibición de marcas y estatus.

    También hubo espacio para el talento patrio con la mención de Carolina Durante y su paso por el desierto californiano, destacando su energía festiva. Sin embargo, los momentos más emotivos llegaron con el retorno de The XX a los escenarios tras ocho años de proyectos en solitario. Al sonar Intro, el programa cierra este bloque celebrando la reunificación artística de una banda que ha sabido mantener su identidad sonora. En definitiva, una entrega que combina el descubrimiento de bandas como Glass Beams con el análisis ácido de una industria musical que, al igual que la política actual, prefiere muchas veces el envoltorio brillante a la consistencia del contenido.

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