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- «Quebrantó Jehová el báculo de los impíos, el cetro de los señores;» (Isaías 14:5)
Al principio de este mensaje profético contra el rey de Babilonia, Dios promete quebrantar su cetro, el símbolo de su gran autoridad como rey de la nación más fuerte del mundo de entonces. Es efectivamente lo que ocurrió aquella noche de fiesta en el palacio de Belsasar cuando el ejército medopersa (ver 13:17) derrotó a Babilónia y a su rey orgulloso. Pero todo este pasaje tiene un doble sentido, ya que compara al rey de Babilonia con Lucifer. La caída del rey de Babilonia alude a la derrota final de Satanás profetizada en Apocalipsis. Tal como Dios había prometido en Isaías 9, un día nacería el Mesías, la Luz que vino a alumbrar a los que se sentaban en la oscuridad. Vino precisamente para quebrantar “su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor” (9:4). El yugo que vino a quebrar no era simplemente la opresión exterior de una fuerza política sino la esclavitud espiritual del pecado que nos ha mantenido destituidos de Dios. Y lo mejor de todo es que esa gran Luz que apareció en la tierra de Zebulon y Neftalí (la zona que más tarde se conocería como Galilea) (9:1) es la “luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Juan 1:9). El prometido Mesías vino para quebrar la autoridad del tentador sobre cada uno de nosotros, para que seamos libres para servir a nuestro Dios.
Hoy en Cristo nos gozamos ya de esa libertad y crecerá hasta que estemos en su presencia, completamente transformados en su imagen. Usemos bien nuestra libertad hoy, para gozar de y servir a nuestro Señor. (David Bell) - «¡Ay de los que traen la iniquidad con cuerdas de vanidad, y el pecado como con coyundas de carreta, los cuales dicen: Venga ya, apresúrese su obra, y veamos; acérquese, y venga el consejo del Santo de Israel, para que lo sepamos!» (Isaías 5:18-19)
Isaías denuncia uno de los pecados de su pueblo con la imagen de uno que venían arrastrando la iniquidad como si estuviera atado a un carruaje como un animal de carga. El pecado que arrastraban era su impaciencia para que Dios actuara según sus deseos. Parecían piadosos diciendo que querían ver el consejo del Santo, pero en realidad lo que querían era que Dios les obedeciera ya. En vez de querer que la voluntad de Dios se hiciera en la tierra, deseaban que la voluntad de la tierra se hiciera en el cielo. Todavía existen personas así; lo que es más, todos estamos en peligro de caer en esta trampa. Cuando Dios no se apresura para hacer lo que pensamos que debe hacer, fácilmente nos enfadamos con Él o nos amargamos. Es fundamental que aprendamos a someternos al plan de Dios, tal como el ejemplo de Jesús en Getsemaní cuando pidió no su propia voluntad sino la de su Padre. Esta actitud de sumisión se notará especialmente cuando el plan de Dios no se encaja perfectamente con nuestras ideas. Si estamos orando como debemos, lo podremos aceptar con gozo, sabiendo que Dios manifestará su poder aún más en nuestra debilidad (2 Corintios 12:10).
Tengamos cuidado que no estemos arrastrando el pecado de intentar manipular a Dios en nuestras vidas. En nuestra oración, dejemos que Dios haga toda su voluntad sin ponerle condiciones. (David Bell) - «La altivez del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y sólo Jehová será exaltado en aquel día.» (Isaías 2:17)
Dos veces en este capítulo encontramos estas mismas palabras repetidas (v. 11 y 17). Parte de la promesa de restauración para el pueblo de Jerusalén en este capítulo es la importancia de la humillación. Después de todo, el orgullo, o como lo llama aquí, la altivez y la soberbia, es una barrera que nos separa de Dios y le ofende. Como nos recuerda el Nuevo Testamento en Santiago 4:6, Dios resiste a los soberbios. No puede haber gracia y misericordia donde existe el orgullo. La gracia y el orgullo son como el aceite y el agua; no se pueden mezclar aunque se agiten. Sólo cuando se humilla la altivez y la soberbia humana, podrá Jehová recibir la gloria que merece. Un día toda rodilla doblará delante de Dios y toda lengua confesará que Cristo es Señor. Pero las buenas noticias son que también podemos escoger humillarnos a nosotros mismos ante Dios ahora. Si nos vemos como pecadores necesitados, lo que la Biblia llama el arrepentimiento, y confiamos en la obra de Cristo en nuestro lugar en la cruz, la fe, destruimos la altivez del hombre y abrimos la puerta a la obra de Dios en nosotros para que el Señor sea exaltado en nuestras vidas.
Debemos buscar seguir humillándonos hoy, para que Cristo sea exaltado en nuestras vidas. (David Bell) - «José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.» (Marcos 15:43)
Sabemos muy poco de José de Arimatea. Lo solemos recordar como el hombre rico que donó su sepultura para Jesús de Nazaret, pero este versículo nos da otro detalle importante de él. Entró osadamente delante de Pilato. La palabra "osadamente" es muy interesante; significa atrevidamente, valientemente. Ya lo creo que requería valor ir delante del mismo hombre que acaba de condenar a Jesús a muerte para identificarse con Jesús. Es lo opuesto de la actitud que tenía Nicodemo aquella noche tres años antes cuando había venido para conocer a Jesús en secreto. ¿Cuál es el secreto de su osadía? Nos dice el texto que esperaba el reino de Dios. De alguna forma José de Arimatea no estaba derrotado por la muerte de Jesús. Aunque los discípulos se habían huido, este seguidor de Jesús mostraba más valor que nunca y enterró a su Señor.
Me pregunto si se podría usar esta misma palabra para describir nuestra identificación con Jesús. Nuestro valor en identificarnos con Cristo es la medida de nuestra fe en Dios. El que cree mucho, tiene mucha osadía pero el que cree poco, muestra poco valor. Que Dios nos ayude a crecer en nuestra fe y demostrar mucho valor ante el mundo al identificarnos con nuestro Salvador. (David Bell) - «Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. Y ya ninguno osaba preguntarle.» (Marcos 12:34)
En varias ocasiones, vinieron los líderes religiosos a Jesús para hacerle preguntas trampa. Pero en esta ocasión leemos de un escriba que aparentemente era sincero en su pregunta sobre el mandamiento más importante. Vemos que reconoció en seguida que la respuesta de Jesús era la esencia de la revelación divina. Admitir eso es mucho. No es la reacción típica que encontramos de los fariseos. No obstante Jesús reconoce que todavía no estaba dentro del reino, solo se había acercado. Igual que hizo con Nicodemo, Jesús reconoce que está cerca y le invita a entrar por medio del nuevo nacimiento. El nuevo nacimiento está basado en la información pero no es sinónimo con saber hechos. Reconocer la veracidad de lo que Jesús enseñaba no convierte el alma. Es la fe la que da lugar a la obra divina de la conversión.
Debemos asegurarnos que no nos quedemos cerca del reino. Debemos asegurarnos que entremos y será evidente por la transformación de los amores de nuestro corazón alma y espíritu. El Señor reinará soberano en nuestras vidas. (David Bell)
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