En este cuarto capítulo de Los oficios perdidos, David Isasi recupera la figura del boticario, un oficio esencial durante siglos en la vida cotidiana de pueblos y ciudades, mucho antes de la aparición de la farmacia moderna. A partir de una historia ambientada en una antigua botica, el capítulo recorre los orígenes de este oficio, su formación práctica, el trabajo en la rebotica y la preparación artesanal de remedios a base de plantas, minerales y otras sustancias. El capítulo muestra también cómo el boticario fue mucho más que un preparador de medicamentos: un consejero de confianza, un intermediario entre tradición y ciencia y una figura clave en la comunidad, hasta que la profesionalización médica, la regulación estatal y el avance de la química moderna acabaron transformando su función en la del farmacéutico contemporáneo.