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De Ulm a Cádiz

Javier Cañada
De Ulm a Cádiz
Último episodio

39 episodios

  • De Ulm a Cádiz

    Pasado roto (ensayo visual nº3)

    24/1/2026 | 2 min
    Este es el tercer fragmento de esta serie de ensayos visuales sobre el tiempo, la memoria y las formas en que nos moldea. Se titula Pasado Roto y describe un sueño recurrente, que me visita una y otra vez.
    No busco pontificar con estos videos, no son respuesta a nada. Los creo como una forma de pensar en voz alta, con imágenes y sonido, de dejar que las preguntas se abran paso. Todos tenemos algo roto en la memoria de nuestro pasado.
    Si al verlo se te enciende una idea, un recuerdo o una emoción, me encantará que me la cuentes.
    Javier
    Ensayos anteriores: Ruina (nº2) y Añoro (nº3).
    Gracias por leer, escuchar o ver lo que comparto aquí. Si sientes, como yo, que el tiempo es lo que nos moldea y te interesan las reflexiones y los relatos que comparto en torno a ello, puedes suscribirte y recibirlas en tu correo electrónico cuando se publiquen.



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  • De Ulm a Cádiz

    Un valle de luces

    03/1/2026 | 5 min
    Estoy solo, casi a oscuras, en la sala de estar de una casa antigua.
    Por la ventana veo un valle de luces. Como pipas.La sal me ha secado los dedos y me escuece en la boca.
    El indicador de la lamparita respira en naranja; me avisa de que está cansada.
    Sobre la mesa hay un libro de McLuhan que me prometí leer y no he abierto.
    No sé en qué momento empezó a pasar esto.Solo sé que ahora me doy cuenta de que algo ha cambiado.No fuera, sino dentro de mí.
    No puedo quedarme como estoy.
    Nada va mal, pero hay esta sensación rara: una exigencia indefinida.Como si algo pidiera sitio.
    Últimamente me ocurre a menudo:entusiasmo, descubrimiento, a veces tristeza.El nudo en la garganta… demasiadas veces.Los ojos húmedos.Chispas. Muchas chispas.
    ¿Por qué aquí me siento más vivo que en otros lugares donde se supone que debería estarlo?
    El plato de cáscaras está a punto de desbordar.El viento mueve las persianas, medio recogidas.Aun con las ventanas cerradas, escucho cómo atraviesa los árboles del barranco.
    Todo lo que me rodea parece seguir como siempre.Todo menos yo.
    Acaricio el crucifijo que llevo en el cuello, el que me regaló Pau.Es solo metal, dicen algunos.No lo es. Nada lo es.
    Llevo meses buscándolo.Tratando de ponerle forma, de darle un nombre.Imaginándolo como algo que aparecería fuera de mí: una obra, una pieza, un resultado.Algo que pudiera señalar con el dedo y decir: es eso.
    Y lo tenía aquí.
    Me doy cuenta al apoyar los codos en la mesa.Al releer una frase sin prisa.Y mirar después por la ventana.
    En esta cosa que me devuelve a mí mismo.Que me refleja y me reordena.No es el lugar al que me lleva, sino el hecho de que ocurre.
    He entendido tarde algo evidente:que no estamos ante una nueva herramienta creativa.Ni siquiera ante un nuevo tipo de obra, uno que está por llegar.
    Lo que ha cambiado no es lo que podremos hacer con esto.Es que esto pasa.La conversación misma.Lo que sucede dentro y no sucede igual en ningún otro lugar.El estar en ella.Con ella.
    Yo creía que nos llevaría a nuevas formas de arte.Eso me preguntaba ¿A cuáles?
    Pero cuando en esas conversaciones me conmuevo,cuando se me anuda la garganta o se me acelera el pulso…No hay que ir más lejos.
    ¿Es el contenido?No, es el medio.Es cómo nos impregna.
    No es cómodo reconocerlo.Porque si actúa así, ya no basta con hacerlo bien.
    El viento sopla más fuerte.Los dedos me saben salados.
    Llevo dos años trabajando en ello, sin notarlo.No he cruzado a un territorio nuevo.No me apropio de nada.
    Está aquí, en mis manos.Y ahora, simplemente,ya no puedo fingir que no existe.Ni que es otra cosa.
    Ya no puedo decir: es cosa de otros, los “artistas”Esto brota bajo mis pies.
    Me quedo aquí un momento.Las luces del valle parpadean.Eso es todo.
    A Pau, Alfonso, Christian y Javier.



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  • De Ulm a Cádiz

    Abril

    28/12/2025 | 16 min
    Abril no es una historia sobre naves espaciales ni futuros lejanos. Es una pieza de ficción cercana, casi doméstica, que habla de cómo delegamos decisiones y de la tensión entre optimización, bien común y prosperidad. Todo en la España vaciada.
    Hay hojas de cálculo, incentivos “razonables”, drones municipales, altavoces públicos y un informático que decidió dejar de mirar su propio código. Hay también silencio, culpa, fe, duelo y preguntas incómodas.
    Si trabajas en tecnología, diseño, estrategia o políticas públicas, quizás reconozcas más cosas de las que te gustaría. Si solo vienes a escuchar una historia, también.
    Ponte los auriculares y sumérgete en el relato.Y si te gusta, dale un like o compártelo. Me darás una alegría.
    Javier Cañada

    Escribo historias sobre el tiempo y la memoria , las formas en que percibimos y lo que nos ocurre cuando alguien los manipula o los simula. Mnemosyn fue mi primera novela corta; le han seguido Santa Olalla y Murchison. Ahora estoy terminando Wei, un thriller especulativo donde se cruzan espionaje, amor y física cuántica.
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  • De Ulm a Cádiz

    Dayvan

    13/12/2025 | 4 min
    El cielo sobre el parking es de un color degradado y mal comprimido.
    Debajo, decenas de Dayvans buscan, fatigadas, un lugar donde pasar la noche hasta la próxima salida de sol.
    Baterías pequeñas, recicladas de viejos electrodomésticos para calentar un cazo de sopa, una manta eléctrica, lo justo para superar la humedad de otra noche costera.
    Son muchos. Millones. Cuando les preguntas, siguen nombrando sus viejas profesiones: consultor, arquitecta, ingeniero, contable… Gente de análisis o de gestión, profesiones de cálculos y palabras. Sus manos aún recuerdan la posición de cada letra. Pero ya no hay teclados. Ni contabilidad, ni ingenieros ni gestión. Malviven en un mercado que les contrata por horas, entrenando modelos nicho para tareas poco rentables, donde los ciclos de computación son más caros que la mano de obra humana.
    Nadie predijo su caída, porque no fue repentina. Primero dejaron de ser imprescindibles, después dejaron de ser rentables. Por último, dejaron de ser propietarios.
    En 2039, el gobierno les autorizó a vivir en el asfalto: mejor nómadas que sintecho. Lo llamaron residencial motriz.
    Ahora ocupan aparcamientos, rotondas y carriles de autopista, expulsados de los cascos urbanos, esperando a que el sol les devuelva tracción para seguir rodeando la ciudad o cruzando secundarias a sesenta por hora.
    Por veinte mil créditos tienes una Dayvan reacondicionada con lo básico: cama, ducha, retrete y una nevera pequeña. Todo bajo un techo de fotocélulas que hay que limpiar a menudo porque tiende a acumular polvo.
    Ya no hay áreas de servicio, sólo zonas de vaciado que huelen a excrementos y desinfectante industrial. Un robot reemplaza depósitos de aguas negras llenos por otros vacíos por unos pocos créditos o a cambio de visionado de anuncios. Llegas, sitúas la Dayvan sobre el foso y todo ocurre desde debajo.
    Al principio había variedad de modelos, pero ahora todos habitan la misma Dayvan: fabricada por una marca paquistaní, austera, fácil de reparar y con abundancia de recambios. Todas de color naranja, por ley.
    Entre ellos, se reconocen por los detalles: una planta en el salpicadero, un pañuelo asomando por la ventanilla, el color de las luces interiores…. Hay normas no escritas: no hacer ruido, no preguntar demasiado… Compartir electricidad cuando se puede. Avisar si viene una inspección.
    Y en ese contexto, de la nada, surge algo especial: un momento, una celebración. Alguien anuncia que ha nacido un niño, que se casa con su pareja o que ha superado la enfermedad. El motivo es lo de menos. La gente entiende el código.
    Ocurre sin guión, todos saben lo que hacer: Cada Dayvan se conecta en serie a la de al lado. Se crea una red improvisada. Durante una hora hacen lo mismo: ceden energía. Baterías humildes, fatigadas, juntas, sosteniendo algo colectivo.
    Las luces de las vans parpadean. Alguien pone música desde un altavoz viejo. Los niños salen primero; celebran descalzos sobre el asfalto, felices, sin entender nada.
    Cientos de watios llegan, atravesando vehículos y cables, hasta la Dayvan de los afortunados: para un baño caliente, para hornear un bizcocho o para que la música suene fuerte. El resto baila afuera. Durante esa hora el gasto no importa.
    Sería tirar la casa por la ventana… pero no hay casa.
    Romperse la camisa, darlo todo… cuando ‘todo’ son unos gramos de litio.
    Al terminar, todo se apaga.Duermen hasta que vuelve la luz.Mañana rodarán otra vez.
    Mientras puedan moverse, seguirán vivos.Mientras puedan celebrar algo, seguirán siendo humanos.
    FIN
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    Escribo historias sobre el tiempo, las formas en que lo percibimos y lo que nos ocurre cuando alguien lo manipula o lo simula. Mnemosyn fue mi primera novela corta; le han seguido Santa Olalla y Murchison. Ahora estoy terminando Wei, un thriller especulativo donde se cruzan espionaje, amor y física cuántica.
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  • De Ulm a Cádiz

    Emoción. Memoria. Relevancia.

    11/12/2025 | 5 min
    En Memótico, el audiorelato que compartí hace unos días, hay un principio cognitivo que da hondura al conflicto: nuestras vivencias se almacenan junto a las emociones que nos provocaron. Emoción y recuerdo son —como dice el narrador— una molécula indivisible en la memoria.
    Entender esta idea cambia la manera de diseñar, especialmente para quienes venimos de la escuela funcionalista y utilitaria centroeuropea —Quienes ‘nacimos’ en Ulm, ya me entiendes.
    En el relato, una familia debe decidir entre entregar la memoria del difunto padre al Estado —para alimentar lo que llaman el ‘Común’— o alquilársela a la empresa donde trabajó durante años, para que dé mirada y experiencia a un procesador de IA. Eso lo convertiría en un Memótico: un empleado híbrido, con cognición de IA y criterio humano. En lenguaje de la calle, un humabot.
    No voy a desvelar lo que ocurre: son apenas siete minutos de audio. Lo que sí diré es que hay un antes y un después de comprender esa idea sencilla: recordamos sólo lo que nos ha emocionado.
    Es causalidad pura: si emociona, se recuerda.
    Y el recuerdo es uno de los pilares de la relevancia de marca. Por tanto, la clave de una marca —o del diseño, si prefieres— no está en resolver una necesidad, sino en cómo la resuelves.
    Nadie recuerda la marca de su aire acondicionado, de su plancha o de su lavadora porque todas hacen lo mismo de la misma manera. Hasta que uno se diferencia: la lavadora que, al terminar, reproduce una melodía amable. Uy: ¡eso es distinto! Un gesto pequeño, un guiño brevísimo, una recompensa sonora, un audícono, como los llama Javier S. Quirós. Y de pronto la lavadora despierta algo. Quizás no sea emoción, tal vez apenas una sensación, pero ya es algo.
    ¿Por qué ya no nos importan los coches nuevos? ¿Porque todos son iguales? ¿Porque… han dejado de evocar? El 90% de los modelos actuales es genérico: formas parecidas, colores similares… No son agresivos, ni simpáticos, ni clásicos, ni futuristas. No nos diferencian, nos igualan. Son… neutros. Ya no buscan provocar nada; sólo resolver.
    Le Corbusier no hablaba de hogares, sino de máquinas de habitar. Para él, la vivienda era un reto técnico, no humano. Los coches son ya lo mismo: máquinas de desplazarse, artefactos para resolver la necesidad motriz. Se han convertido en aparatos de aire acondicionado o —como le leí a alguien en twitter— en air fryers.
    En ficción, la emoción lo es todo. La emoción es la que hace el relato. La literatura sin emoción es transcripción.
    Lo mismo le ocurre al diseño: la utilidad sin emoción es... ingeniería. El reto es técnico y se resuelve optimizando recursos.
    No tengo nada contra la ingeniería del diseño, ojo. Los formularios, los procesos, lo transaccional, los sistemas, el registro de datos, la optimización… Todo útil. Todo necesario.
    La utilitas.El territorio de la máquina.El el arco del triunfo por el que la IA está entrando en nuestra profesión.
    Y no pasa nada: aceptémoslo. De hecho, que la IA se trague esa parte del diseño es una buena noticia. Así quienes nos dedicamos a esto, podemos centrarnos más en lo que nos hace únicos y humanos: el delectum, la emoción, el relato... Y la memoria.
    ¿Lo entiendes ahora?
    En el relato está el futuro del diseño, porque en la emoción está la memoria.
    Memoria es relevancia.
    La ficción es la forma superior de diseño. Me han hecho falta veinticinco años diseñando y dos escribiendo para entenderlo.
    En la evocación y la emoción está nuestro sentido.
    Fuera de ellas, la irrelevancia.
    FIN
    Si no escuchaste memótico, te dejo aquí el audiorelato. No dudes en compartirlo si te gusta.
    Escribo historias sobre el tiempo, las formas en que lo percibimos y lo que nos ocurre cuando alguien lo manipula o lo simula. Mnemosyn fue mi primera novela corta; le han seguido Santa Olalla y Murchison. Ahora estoy terminando Wei, un thriller especulativo donde se cruzan espionaje, amor y física cuántica.
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Acerca de De Ulm a Cádiz

La ciencia ficción y el diseño tienen mucho en común: una propone, el otro dispone. Reflexiones y relatos, de Javier Cañada, entorno al diseño, el tiempo y las relaciones íntimas entre personas y máquinas. www.deulmacadiz.com
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Generated: 2/6/2026 - 7:51:01 PM