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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Último episodio

783 episodios

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    765. El caballo y el León (Infantil)

    08/04/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un caballo valiente, pero quizás un poco imprudente, que decidió que el establo de su granja era demasiado pequeño para sus ambiciones y además tenía sueños de grandeza ya que se creía un rey. Aburrido de estar en un establo pensó que el podría escaparse.  Aprovechando un descuido del granjero, saltó la cerca y galopó hacia el horizonte, sintiendo por primera vez el viento de la libertad absoluta.
    Sin embargo, a medida que se alejaba de aquella granja donde había pasado toda la vida  se dio cuenta que su camino lo llevó más allá de los pastizales  y que estaba entrando en la espesura del bosque, el territorio sagrado del león, aunque obviamente el no lo sabía. 
    De repente, entre los arbustos y los arboles de gran magnitud , emergió una figura imponente de melena dorada. Era el Leon. Para el Leon también fue una gran sorpresa ver el caballo.  El león, que rara vez veía humanos y mucho menos a sus bestias de carga, se detuvo en seco, intrigado.
    — ¿Quién eres tú que te atreves a trotar por mis dominios? —rugió el león con una voz que hizo temblar las hojas de los árboles. 
    El caballo, aunque por dentro temblaba como una hoja, recordó que en la granja siempre lo llamaban "el campeón" y que todos los habitantes de aquella granja le daban zanahoria y azúcar como si fuera alguien muy especial,  Enderezó el cuello y con la voz profunda de caballo  respondió con firmeza: — Soy el Rey de los Animales.
    El león que siempre se había creido y reconocido como el Rey de los Animales,  soltó una carcajada que espantó a los pájaros cercanos. — ¡Qué atrevimiento! Te voy a decir una cosa. No se quien eres, de donde vienes o quien te ha dicho eso, pero debes saber que Yo soy el único y verdadero rey. Y no porque yo lo diga sino porque soy el más fuerte. Y por esta razón todos los animales me temen. Así que  Si no quieres que te devore ahora mismo, tendrás que demostrarlo o devolverte por el mismo camino. 
    Te voy a demostrar que fuerte soy yo y porque todos me temen El león señaló una roca gris y maciza que yacía en el suelo. — Mira bien —dijo el león. Se acercó a la roca, tensó sus poderosos músculos y la golpeó con una de sus garras delanteras con todas sus fuerzas. El golpe fue seco, y la piedra  se rajo con las unas de aquel leon y se partio en dos. Como puedes ver soy muy fuerte y mis uñas pueden abrir una roca en dos. Imaginate lo que le puedo hacer a un animal que me este molestando. 
    El caballo vio su oportunidad. De tanto vivir en la granja había visto muchas cosas y había aprendido otras tantas. El Sabía algo que el león, en su vida salvaje, desconocía por completo. — Así que con un voz su superioridad le dijo al Leon….. Eso que has hecho es nada comparado con mis poderes. Dime a que le tienes el mayor temor. Cual es tu miedo más profundo. 
    El leon que ya empezaba a enojarse le contesto. Yo? Yo no le tengo miedo a nada….
    El caballo le dijo. Pues yo creo que si hay algo a lo que le debes temer. 
    Si a que Respondió el Leon ya perdiendo la paciencia. 
    Pues al fuego… Todos los animales le tememos al fuego, excepto yo, ya que soy el dueño del fuego en el mundo. 
    El leon contesto. Pues no te creo nadie es dueño del fuego. El fuego solo es controlado por los dioses y los hombres. Ningun animal puede producirlo.
    Hazte a un lado —dijo el caballo con aire de suficiencia—. Mira lo que hace un verdadero rey.
    El caballo se dio la vuelta, dándole la espalda a la roca y al león. Sus patas traseras estaban equipadas con herraduras de acero bien forjadas. Con un relincho de guerra, lanzó una coz doble.
    ¡CLANC!
    El metal de las herraduras chocó violentamente contra la p
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    764. La Botella

    06/04/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez tres pescadores que había salido temprano a probar suerte con el mar. 
    Mientras estaban recogiendo las redes, uno de ellos noto un objeto de vidrio sobre los peces que habian atrapado. El objeto ciertamente debía ser basura arrastrada por las mareas, pero algo curioso les llamo la atención. La botella que arrastraan en sus redes tenía un corcho, más o menos puesto a la carrera. Esto si les llamo la atención. Así que uno de ellos se acercó a la red y recogio y abrio la botella. 
    Había dentro de la  botella un papel, y en el papel unas palabras escritas a mano y con caligráfia muy delicada.  “¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta y llevo varios días y la comida se me esta acabando.. Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí! Y el que lea esto me podrá salvar. 
    Uno de los pescadores miro el papel con detenimiento y dijo Como se podrán dar cuenta no tiene fecha. Posiblemente ya es tarde y esta botella debió estar flotando en el mar por mucho tiempo. Es inútil pensar que podemos salvar a alguien que posiblemente ya murió. 
    El segundo pescador un poco más reflexivo dijo. Yo veo que el problema es que no esta indicado el lugar donde esta esa isla. Es Claro que no podremos nunca saber donde específicamente se escuentra este naufrago. Olvidemos de esto y sigamos pescando. 
    El tercer pescador que permanecia callado se sintió conmovido por la escena de un hombre o mujer alejado de todo y tratando de subsistir sus últimos días, tan desesperado o desesperada que tiro una botella al mar con la esperanza de que alguien la recogiera. Pero allí le surgio su propia duda producto de sus lecturas de filosofía.  si esto no fuera más que una prueba del destino.  La frase socorro estoy aquí. Le parecio muy profunda  que dijo. Ja ….La isla aquí esta en todos lados. 
    El sol se ocultaba tras el horizonte, tiñendo el mar de un color cobre espeso. Los tres pescadores permanecían inmóviles en la cubierta, con la pequeña nota arrugada pasando de mano en mano como si quemara. La frase del tercer pescador —"La isla somos nosotros. Aquí' está en todos lados"— seguía vibrando en el aire, más pesada que el ancla que acababan de levar.
    Esa noche, ninguno de los tres pudo dormir. El silencio en el camarote era absoluto, pero en sus mentes, el grito de papel no dejaba de sonar.
    El primer pescador, el pragmático, cerraba los ojos y veía calendarios deshojándose bajo el agua. Pensaba en su propio padre, que murió esperando que el precio del pescado subiera para jubilarse. "¿Acaso no fue él un náufrago del tiempo?", se preguntó.
    El segundo pescador, el cartógrafo de lo concreto, buscaba coordenadas en el techo de madera. Pensaba en su esposa, que vivía en la casa de al lado pero a la que no le dirigía una palabra profunda desde hacía años. "¿En qué océano está ella?", murmuró para sí mismo.
    El tercer pescador, el de la verdad incómoda, simplemente miraba la botella vacía sobre la mesa. Sabía que no se trataba de un hombre en una isla, sino de la condición humana de estar solo en todo un mundo.
    Al amanecer, el barco no regresó al puerto como estaba previsto. Sin decir una palabra, el primer pescador tomó el timón. No buscaban una isla con palmeras, sino que buscaban romper el aislamiento que llevaban a bordo.
    Cocinaron juntos, no por hambre, sino por el placer de compartir el fuego. Hablaron de sus miedos, no por queja, sino por la necesidad de ser escuchados. De repente, la "Isla Aquí" empezó a hacerse más pequeña. La urgencia del mensaje —"¡Dense prisa!"— ya no parecía referirse a un rescate marítimo, sino a la brevedad de la vida misma.
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    763. La tentación y el Pecado

    04/04/2026 | 8 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un centro de ancianos que tenía dos inquilinos muy particulares. En aquel hospicio, donde el aire huele a lavanda rancia y a tiempo inexorablemente detenido, vivían dos personales  que  como cosa curiosa no figuraban en los registros oficiales: Estos eran  La Tentación y El Pecado. Ellos se habian acomodado plácidamente en la habitación 402 y desde allí salían a visitar asiduamente a los demás inquilinos. 
    Su habitación estaba estratégicamente ubicada, era al final del pasillo y desde allí podían ver claramente quien entraba y quien salia de las habitaciones. No había forma de evitar que estos dos se percataran de los menesteres de los viejos habitantes. 
    La Tentación era una mujer de elegancia marchita. Vestía un camisón de seda que alguna vez fue blanco y que ahora ya se veía curtido por el tiempo. La tentación solía salir de su habitación y sin que nadie se diera cuenta se sentaba al borde de las camas de aquellos que ya estaban moribundos, lo hacia  no para ofrecerles el cielo a cambio de su arrepentimiento. No ella se acercaba a ellos para recordarles el sabor de un vino que no debieron beber o el nombre de un amante que no les pertenecía y de todas aquellas situaciones en las que la prudencia o el simple miedo evitaron que algo hubiera sucedido con consecuencias terribles. Ella se acercaba a los oídos del moribundo y le susurraba: "¿Y si lo hubieras hecho?".
    El Pecado, por otro lado, era un hombre robusto de hombros caídos, cargando una maleta pesada que quien la tratara de abrir pensaría que llevaba piedras. La verdad es que nunca nadie pudo saber que había dentro de esa maleta y el por su cuenta se aseguraba de nunca abrirla .Su comportamiento era bien diferente. El podía entrar en la mente y el alma de los moribundos sin que ellos mismos se dieran cuenta y como si fuera un sentencia les decía  "ya es tarde". Y en silencio se sentaba a ver la reacción de pavor que estas palabras producían en los últimos momentos de la vida. 
    Por su parte la pareja de la habitación 402  tenian un relación igualmente particular. Su relación era la de un viejo matrimonio que ya no se ama, pero que no sabe existir por separado. Eran dos lados de una misma moneda que siempre giraba y parecía una sola. Su rutina diaria les daba el alimento y la satisfacción para continuar allí día a día. 
    Por las mañanas ambos se levantaban y dirigiéndose a las habitaciones de los otros habitantes   Desayunaban los remordimientos de los enfermeros que robaban medicinas, sabiendo que uno lo hacían por ella y otros sufrían el peso impuesto por el. 
    Por las tardes: se dedicaban a escuchar cuales eran los pronósticos de vida de los inquilinos para el siguiente día y se sentaban juiciosamente a preparar los planes de trabajo para la noche. 
    Por las noches: Salían a trabajar muy atentos a cada una de las señales de los aparatos de monitoreo. 
    Aquella tarde en particular la tentación dijo . Mira "Ayer casi convenzo al viejo del 305 de maldecir a su hija," presumía la Tentación, limándose las uñas. Yo creo que si le hubiera hecho un poco más de esfuerzo hubiera sucedido. Pero no importa porque se de fuente confiable que todavía tiene varios días más aquí. 
    El pecado simplemente se sonrió y con voz aquella voz suave que solo el pecado tiene le dijo "Llegas tarde,". "Yo ya me instalé en su pecho hace una semana. Y he de decirte que  No necesita maldecir a nadie ya que yo estoy allí presente y no le deja dormir desde entonces. No te preocupes por el. 
    Y así transcurrían los días en aquel hospicio. Pero algo inesperado sucedió un martes. 
    Un martes, llegó un hombre llamado J
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    762. Simón de Cirene

    01/04/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre de hombros anchos y manos ásperas llamado Simón. Simon Venía de las tierras de Cirene, donde el sol quema la arena y el viento huele a sal. Aquel día, Simón solo tenía un deseo en el corazón: atravesar las murallas de aquella ciudad, comprar algo de grano y regresar a su posada para sacudirse el polvo del camino.
    Pero el aire en la ciudad era distinto; pesaba como el plomo y en el ambiente de la ciudad se sentía que algo enorme estaba sucediento. Pero el venia solo a comprar algunas cosas y marcharse lo antes posible..
    Simón caminaba con paso firme estaba obviamente  ajeno a las intrigas de los palacios y a los gritos de los templos, no pretendía ni siquiera pasar por la plaza principal de aquella ciudad, estaba siguiendo un grupo de personas aunque no sabía hacia donde se dirigían, . De pronto, el flujo de la gente que iban delante de el se detuvo. Un muro de escudos romanos le impidió el paso. Parado allí en el borde mismo de aquella angosta calle de la ciudad el podía sentir que algunos de los presentes producían un estruendo de insultos, pero luego pudo escuchar que algunas mujeres lloraban con una tristeza que era difícil de ignorar. Su mirada se dirigió hacia donde provenían los llantos y finalmente lo vio. vio aparecer a un hombre semi desnudo. Un hombre que caminaba lentamente cargando un madero  como si llevara el peso del mundo sobre el. 
    Aquel hombre no parecía un rey, aunque llevaba una corona de espinas que le hería la frente. Sus rodillas flaquearon frente a Simon y, con un estruendo seco, el pesado madero que cargaba golpeó las piedras de la calle. El condenado ya no podía más.
    De prono Simon vio como Un centurión de mirada fría comenzó a recorrer con sus ojos la multitud que se encontraban en el borde de aquella callejuela. El Centurion No buscaba piedad ni compasión. El buscaba fuerza. Sus ojos se clavaron en los hombros y la contextura de Simón.
    —¡Tú! —rugió el soldado, señalándolo con el guantelete de hierro—. Levanta el madero y ayuda a este hombre. Carga con esto.
    Simón sintió una punzada de rabia. ¿Por qué yo?, pensó. Él era un forastero, un hombre libre que nada debía a los romanos ni a aquel reo. Pero el brillo de las lanzas que rodeaban aquel centurión y aquel hombre en el suelo  no admitía réplicas. Con un gruñido de resignación, Simón se acercó y metió su hombro bajo la madera astillada.
    En el momento en que el peso de la cruz se transfirió a su espalda, ocurrió algo extraño. Simón esperaba el dolor físico, pero lo que sintió fue un vuelco en el alma. Como si una fuerza especial lo hubiera tocado desde lo más profundo de su ser. Al levantar la mirada, sus ojos se cruzaron con los de Jesús. No encontró quejas  en esa mirada, solo había  una gratitud tan profunda que Simón olvidó su cansancio su rabia inicial ya no importaba  su propósito de estar allí en la ciudad su destino estaba ligado a aquel hombre y a aquella cruz
    Y con el peso de aquel madero comenzó a ayudar a aquel hombre a caminar. A medida que subían la cuesta del Gólgota, el mundo alrededor pareció desvanecerse. Ya no escuchaba los insultos de la turba. Solo escuchaba el ritmo de sus propios pasos y la respiración fatigada del hombre que caminaba a su lado. Y algo profundo había sucedido en su interior. Simón, que al principio sentía que debía cargar  el madero por obligación, ahora lo sujetaba con fuerza, como si quisiera llevarse él solo todo el dolor para que el otro pudiera caminar un poco más erguido. Su sacrificio ya no era algo insoportable era algo que  sentía glorioso.
    Cuando finalmente llegaron a la cima de la colina, los soldados le ordenaron retirarse. Simón soltó la cruz, per
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    761. La caña (India)

    25/03/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un reino ubicado en un valle enmarcado por las cumbres nevadas del norte de la India. Este reino tenía una prosperidad inigualable. Sus mercados rebosaban de sedas finas, especias que perfumaban el aire a kilómetros de distancia y piedras preciosas que destellaban bajo el sol llevando la clara señal de riqueza. El monarca de aquellas tierras había gobernado con mano firme durante décadas, acumulando tesoros en bóvedas tan profundas que ni la luz del día las alcanzaba y las cuales el solamente podía ver y disfrutar. . Sin embargo, el tiempo es el único ladrón al que un rey no puede decapitar, y el soberano había alcanzado ya una edad muy avanzada. Su cuerpo estaba frágil y sus manos, otrora fuertes, ahora temblaban bajo el peso de sus anillos de oro.
    Un día, sintiendo el aliento de la mortalidad en la nuca, mandó llamar a un yogui. Este ermitaño vivía en lo más profundo del bosque, cubierto apenas por un taparrabos, alimentándose de raíces y dedicado a la meditación silenciosa cuando recibió el requerimiento de aquel monarca se alisto a visitarlo. Cuando el místico entró al deslumbrante salón del trono, el contraste era absoluto: la serenidad desnuda de su ser frente a la opulencia temerosa de aquel hombre sentado en aquellos ricos aposentos. 
    El rey, tosiendo levemente, tomó una larga caña de bambú pulida y se la extendió.
    —Hombre piadoso —dijo el monarca con voz ronca—, he odio que tu eres uno de los hombres más sabios y bondadosos de mi reino. Por eso te he mandado llamar.  tu soberano te impone una misión. Toma esta caña de bambú y recorre cada rincón de mis dominios. Viajarás sin descanso de ciudad en ciudad, cruzarás los desiertos, te adentrarás en las selvas y caminarás de aldea en aldea. Observa con atención a mis súbditos. Cuando encuentres a la persona que, a tus ojos, sea la más tonta y necia de este mundo, deberás entregarle esta caña como símbolo de su suprema estupidez así el resto del reino se podrá librar de aquel tonto y no habrá riesgo que por azares de la vida este tonto llegue a dirigir mi reino. 
    El yogui lo miró con ojos profundos y compasivos. Hizo una leve inclinación de cabeza y respondió con voz suave pero firme: —Aunque mi espíritu no reconoce a otro rey que a mi verdadero yo interior, mi señor, habré de hacer lo que me pides para complacerte. Me pondré en camino antes de que caiga el sol.
    El asceta tomó la caña y partió raudo. Durante meses, sus pies descalzos levantaron el polvo de todos los caminos de la India. Soportó los calores abrasadores y las lluvias torrenciales del monzón. En los bazares, vio a comerciantes engañando a sus clientes por unas pocas monedas de cobre; en las calles, vio a jóvenes apostando su futuro en juegos de dados; en los campos, vio a hombres peleando a muerte por un palmo de tierra estéril, todos ellos los consideraba seres que podrían ser considerados tonto, pero aún no había visto a todos así que no podría juzgar si alguien seria el más tonto de todos. 
    Conoció mucha ignorancia, avaricia y vanidad. Sin embargo, a los ojos del sabio, ninguno de ellos era el "más tonto". Sus errores nacían de la necesidad, del hambre o de pasiones pasajeras. Siempre había una chispa de humanidad en su torpeza. Así que el yogui conservó la caña.
    Casi un año después, decidió regresar a la capital. Al cruzar las imponentes puertas de la muralla, notó un silencio lúgubre. No había música en las calles. Al llegar al palacio, encontró un caos de cortesanos llorando y sirvientes corriendo despavoridos. El monarca había caído gravemente enfermo y el aire olía a incienso pesado y a medicinas inútiles.
    El yogui corrió hasta los aposentos reales. Los médicos más sabios del reino, derrot

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Generated: 4/10/2026 - 12:33:56 PM