Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Juan David Betancur Fernandez

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en el corazón de Samarcanda, un hombre que era temido en todas las comarcas por su crueldad.: el gran emir Tamerlán. Una noche de vientos helados, el monarca se despertó bañado en un sudor frío y con el corazón martilleándole el pecho. Había soñado que yacía en su lecho de muerte, consumido por las sombras, y que de inmediato era arrastrado sin piedad por los siete niveles que llevan al Yahanam. Como se conoce el infierno.
Aterrado por la pesadilla y obsesionado con postergar aquel destino fatal, convocó antes del amanecer a los astrólogos más renombrados del imperio. Formados ante el trono de oro y marfil, los sabios temblaban mientras el emir, con mirada sombría, les exigía saber con certeza cuánto tiempo de vida le restaba.
El primer astrólogo dio un paso al frente, consultó sus cartas celestes y dijo con reverencia: —Gran emir, los astros indican que viviréis veinte años más.
El segundo, intentando complacerlo con mayor generosidad, proclamó: —Los planetas se alinean a vuestro favor; viviréis cincuenta años.
El tercero, viendo la sombra de insatisfacción en el rostro del soberano, dobló la apuesta: —¡Cien años más de gloria os aguardan sobre la tierra!
El cuarto, desesperado por superar a todos y ganar el favor del tirano, se postró y exclamó: —¡Oh, señor del mundo, vos sois inmortal! ¡No moriréis nunca!
Tamerlán apretó los puños, con los ojos inyectados en cólera. —¡Verdugo! —rugió con voz de trueno—. Decapita a estos embusteros todos han venido aquí a mentirme. Tres de ellos me han otorgado demasiado poco tiempo para saciar mi sed de victorias, y el cuarto miente descaradamente para salvar su miserable cuello.
Los guardias arrastraron a los cuatro hombres fuera del salón, dejando tras de sí un silencio espeso y sobrecogedor. En un rincón de la corte permanecía el mulá Nasrudín, envuelto en su modesta túnica y observando con calma como la corte iba y venia tratando de aliviar las penas de aquel emir obedeciendo las más crueles ordenes.
Tamerlán clavó en él sus ojos penetrantes y le dijo: —Tú, Nasrudín, que a veces has leído los misterios del porvenir y conoces los secretos del cielo... ¿qué tienes que decirme?
El mulá no vaciló. Inclinó la cabeza con humildad, acarició su barba y respondió con una serenidad pasmosa: —Gran emperador, da la casualidad de que también yo tuve un sueño la noche pasada. En él, un ángel luminoso descendió ante mí y me comunicó el día exacto de tu fallecimiento y con toda tranquilidad puedo confirmarte que el sueño tiene todo de realidad.
El emir contuvo el aliento, devorado por la inquietud y la esperanza. —¿Y qué te dijo? —preguntó Tamerlán, inclinándose hacia adelante, temiendo y deseando a la vez escuchar la profecía.ya que el mulá era conocido tanto por su inteligencia como por su astucia, así que su respuesta debería ser tenida en cuenta por el.
Nasrudín alzó la mirada, esbozó una leve sonrisa y sentenció: —Que morirás el mismo día que yo.
Desde aquella mañana, no hubo hombre en todo el imperio cuya salud, bienestar y seguridad fueran custodiados con tanto desvelo por los guardias del emir como los del astuto mulá. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez una pareja de esposos que llevaban mas de 50 años de feliz matrimonio.. Sin embargo bajo la paz y la tranquilidad de aquel hogar algo turbio se presentía. Como todos los días El reloj de péndulo del vestíbulo daba las cinco con una puntualidad insultante, propia de un hogar donde nada, absolutamente nada, se había salido jamás de su cauce.
Mary Smith sirvió el té con pulso de cirujano. El sonido del chorro contra la porcelana de la taza fue la única perturbación en aquel salón victoriano de cortinas aterciopeladas. Frente a ella, como si fuera un conejo frente a un perro cazador.
Hacía exactamente tres semanas desde aquella conversación que Tomas recordaba claramente..
Mientras el se encotraba plácidamente leyendo el periódico en su butaca preferida Mary le había preguntado sin ninguna razón aparente como le gustaría morir si el pudiera escoger. Tomas extrañado le respondió que nunca lo había pensado pero que eran temas que no quería discutir.
Mary simplemente se sonrio y siguió haciendo los deberes de la casa. Tres semanas en que el señor Tomas Smith no había vuelto a respirar con los pulmones llenos
—¿Te apetece una galleta de jengibre, querido? —preguntó Mary con una dulzura cristalina, empujando el plato de plata—. Tienen un toque picante exquisito. Canela, clavo... y una pizca de almendra amarga.
A Tomas se le heló la saliva. Almendra amarga. El que era un asiduo lector de novelas de mistrerio algo le recordaba ese supuesto sabor. Era el sabor del ácido cianhídrico mejor conocido en sus novelas como Cianuro.
—No tengo apetito, Mary. Gracias. Respondió en ese momento con una voz Temblorosa.
—Qué lástima. Esta muy sabroso. Tomas.
Mary dio un sorbo minucioso a su té, levantando el meñique con la distinción que correspondía a una dama de Kensington. Luego, con total parsimonia, se levantó a ajustar las cortinas. Al pasar por detrás del sillón de su marido, su mano rozó con delicadeza la nuca de Tomas.
El hombre se encogió de golpe, como si una víbora le hubiese rozado la piel. Las palpitaciones le martillaban las sienes. Cada fibra de su espalda esperaba el golpe seco de un pisapapeles de bronce, o el frío de una navaja de afeitar deslizándose entre las vértebras.
—Tienes tensión en las cervicales, pobre mío —murmuró ella desde la penumbra del cortinaje—. Deberías darte un buen baño caliente antes de la cena. He dejado todo listo en el piso de arriba.
El baño.
La mente de Tomas proyectó de inmediato la bañera de patas de león, el agua humeante, y aquel viejo calentador eléctrico cuyo cableado siempre había chisporroteado un poco junto a los azulejos húmedos. Podía verla a ella: envuelta en su bata de seda, empujando suavemente el aparato con la punta de una zapatilla acolchada mientras él flotaba indefenso entre la espuma.
—Prefiero no ducharme hoy —balbuceó Tomas con la voz agrietada—. El médico dijo que el agua muy caliente no conviene a mi presión.
—Como gustes, tesoro. Solo procuro tu bienestar.
Los días siguientes se transformaron para Tomas en un tablero de ajedrez infernal donde las piezas eran invisibles. Vivir se convirtió en una tortura constante esperando el desenlace final. Bien preparado estaba debido a todas las novelas que entretenían sus días y noches de retirado.
Si Mary le servía sopa de verduras, él se quedaba mirando los guisantes flotar, convencido de que uno de ellos portaba la dosis microscópica de estricnina calculada para desgarrarle las tripas a medianoche. Si le ofrecía un vaso de agua, él esperaba a que ella se girara para disimuladamente volcarlo en la maceta del helecho (que, para mayor tortura de sus nervios, comenzó a secarse a los cuatro días).
El coche nunca más fue utilizado. La sola idea de presionar el freno y sentir el pedal hundirse blando y vacío en la bajada de High Street le provocaba sudores fríos que empapaban sus sábanas. Subir al dormitorio era una odisea alpina: se aferraba al pasamanos con ambas manos, tanteando cada escalón de roble con la punta del zapato, convencido de que Mary había untado con jabón la madera o encerado a traición la penúltima curva. Eso también había sucedido en una de las novelas de la autora de misterio que tanto le gustaba.
Y Mary, mientras tanto, no hacía nada.
Absolutamente nada.
Se limitaba a bordar pájaros en bastidores de lino, a leer los obiturarios del periódico buscando el nombre de algún conocido y a mirarlo atentamente con una sonrisa en sus labios. Era la mirada de quien observa germinar una semilla particularmente lenta. Cuando sus ojos se cruzaban con los de él sobre el periódico matutino, Mary le dedicaba una leve inclinación de cabeza, serena, cómplice, casi compasiva, como diciéndole: «Aún no, querido. Pero pronto».
Al tercer mes, Tomas ya no dormía. Pasaba las noches sentado en el borde del colchón, de espaldas a la pared, con los párpados pegados por el insomnio y una vela consumiéndose en la mesilla. Si cerraba los ojos, podía sentir que cada sonido correspondía a algún acto sospechoso de Mary. Posiblemente estaría tomando el candelabro de plata del recibidor; o ese silbido podía ser que ella estaria abriendo y dejando escapar el gas de la cocina. Tambien lo había leído en algún libro.
Al quinto mes, el doctor Moris acudió a la residencia de la pareja alertado por el aspecto fantasmal de Tomas. El había perdido veintidós kilos ya que no se atrevia a comer casi nada. Su piel tenía el tinte grisáceo y sus manos temblaban con tal furia que no lograba sostener una cuchara.
—Tiene el pulso en un hilo—diagnosticó el médico en el pasillo, bajando la voz—. Una taquicardia galopante, delirio persecutorio y un agotamiento nervioso absoluto. Me temo que su corazón no resistirá otro mes. Es un caso insólito de colapso vegetativo.
—Es terrible, doctor —suspiró Mary secándose una lágrima invisible con un pañuelo de encaje—. Ha sido tan repentino... Si supiera cuánto rezo todas las noches a los pies de su cama.
Y era cierto. Rezaba con devoción ejemplar. Siempre pidiéndole algo a su Dios.
La última semana, Tomas yacía en la cama del dormitorio principal, consumido, con la mirada fija en el techo de molduras blancas. Mary se sentó a su lado, tomó su mano esquelética entre las suyas y le acarició los nudillos con ternura infinita.
—Tranquilo, Tomas —le susurró con voz aterciopelada, acercándose a su oído—. Descansa. Ya casi termina.
Tomas la miró. Buscó el veneno en su vaso, el cable en el suelo, el arma bajo su cama. No había nada. La habitación estaba impecable, limpia, ventilada, desprovista de cualquier peligro físico. Solo estaba ella, mirándolo morir sin haber movido un solo dedo.
El corazón de Tomas, exhausto de batirse contra un enemigo que nunca dio un golpe, dio tres latidos arrítmicos, un chasquido sordo en el pecho, y se detuvo para siempre.
El entierro en el cementerio de St. Judas fue sobrio y concurrido. Todos los vecinos de la parroquia elogiaron la entereza admirable de la viuda, quien, de riguroso luto y con velo de gasa negra, depositó una solitaria rosa blanca sobre la lápida de mármol.
Aquella noche, de regreso a la solitaria casa de Kensington, Mary subió la escalera sin prisa, pisando con firmeza el centro de cada peldaño. Entró en el cuarto de baño, encendió las luces, llenó la bañera hasta el borde con sales aromáticas y se sumergió en el agua caliente, dejando que el vapor disipara cincuenta años de tedio conyugal.
Antes de cerrar los ojos para disfrutar del silencio absoluto de la casa, Mary unió las manos sobre el pecho, miró hacia el cielo raso y murmuró con sincera y humilde gratitud:
—Gracias, Señor misericordioso. Bien sabes que una dama jamás debería ensuciarse las manos. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un hombre llamado Julián que habia decidido recorrer el mundo con la mirada clavada en la línea distante del horizonte. Desde muy joven se había convencido de que todo lo que valía la pena en la existencia habitaba en las alturas: en el fulgor inalcanzable de las estrellas de invierno, en el vuelo solitario de las águilas que desafían los riscos y en las cumbres nevadas donde el aire es tan fino que quema los pulmones. Para Julián, el amor y la verdad eran dones celestes, misterios que exigían la elevación del espíritu y el desdén por lo mundano.
Caminaba siempre erguido, con el mentón alzado, devorando leguas sin detenerse. En su marcha apresurada, sus botas de cuero gastado aplastaban sin piedad la hierba silvestre, las diminutas violetas que nacían entre las grietas de los caminos y los insectos laboriosos que acarreaban briznas de trigo. Javier Despreciaba el polvo del camino que se le adhería a los tobillos; y consideraba la tierra vulgar,ya que no le permitía saltar hasta las nubes
En cada aldea que cruzaba, las muchachas del valle le ofrecían cantimploras de agua fresca o panes de centeno recién horneados, pero Julián apenas agradecía con una inclinación distante de cabeza y seguía caminando como si ninguna de ellas existiera. ¿Cómo iba a detenerse en un callejon de aquel pueblo si en la próxima cordillera lo aguardaba un destino más luminoso?
Pasaron los veranos y los otoños con la velocidad de un cuando pasa por los pueblos. Julián escaló desfiladeros temibles, cruzó mesetas barridas por vientos cortantes y durmió a la intemperie en cimas solitarias, abrazado a su propia manta para no morir congelado. Sin embargo, en ninguna de aquellas cumbres halló lo que buscaba. Allí arriba no había revelaciones sublimes, sino un silencio gélido, pétreo y desolador. Con cada nuevo pico conquistado, el pecho se le volvía más hueco ya nadie le daba el saludo y en las noches estrelladas no había nadie que le sostuviera su mano.
Una tarde, mientras intentaba alcanzar una cresta escarpada envuelta en neblina, una ventisca feroz lo sorprendió en la ladera. El viento rugió con furia de tormenta, arrancándole el bastón con el cual caminabay esto llevo a que desestabilizara su andar. Julián resbaló por una pendiente de piedras sueltas ya que no las vio en el camino por mirar siempre hacia arriba. Finalmente rodó barranco abajo hasta terminar en un claro escondido de un valle espeso, cubierto de sombra y helechos gigantes.
Aquel hombre altivo que siempre miraba hacia arriba se encontra allí en el fondo de un cañon totalmente magullado, exhausto y quebrantado en su orgullo. Ya no le quedaban fuerzas para mirar al cielo ni ánimo para ponerse en pie. Cayó de bruces, rindiéndose por fin al peso de la gravedad, y hundió el rostro en el musgo tibio del suelo del bosque. Olía a lluvia reciente, a hojas en descomposición y a madera vieja. Por primera vez en la vida, no intentó huir de la tierra que pisaba.
Al abrir los ojos, manchados de polvo y lágrimas, la vio.
Estaba arrodillada a escasos palmos de él, entre dos raíces añosas cubiertas de musgo aterciopelado. Tenía las manos hundidas en la tierra fértil, cuidando el brote diminuto de una enredadera que apenas asomaba dos hojas tiernas. Sus cabellos eran del color de la corteza de los arboles y en su rostro había pequeñas pecas como semillas esparcidas por el viento. Vestía una túnica de lino basto, teñida con los tonos del color de la arcilla y el ocre de las hojas secas.
No era una ninfa del aire ni una criatura celestial forjada en luz de estrellas. Era una mujer de carne, y mirada profunda. La cual transmitía una paciencia infinita. Sus ojos, profundos y serenos como un pozo de agua limpia, lo miraban sin reproche, con la calma de quien ha visto a la semilla romperse en la oscuridad antes de regalar una sola flor. El creyó reconocerla pero ella entendiendo la confusión le explico.
Si me has visto en el pueblo cercano, pero siempre pasabas tan rápido que nunca dejabas que nadie te saludara o se acercara a ti. Su voz sonaba al rumor producido por el agua corriendo entre guijarros—. Ella le dijo entre dulcemente. Tus botas hacían vibrar la tierra mucho antes de que tus sombras cruzaran las huellas de nuestro lugar camino. Así nunca podrías saber que existiamos
Julián intentó hablar, pero se sintió ahogado. Se dio cuenta de que no había sido el terreno lo que le impedía verla, sino su propia ceguera. Se arrastró con dificultad hacia ella y posó las palmas de sus manos abiertas sobre su regazo. a. El frío de su orgullo empezó a derretirse en ese instante, dejando al descubierto una soledad acumulada durante años de búsquedas vacías. Era una sencilla mujer pero su mirada y su voz le recordaban el calor suave de la naturaleza.
Comprendió de golpe que para encontrarla no había necesidad de cruzar continentes ni escalar cordilleras inaccesibles. La distancia que los separaba en ese momento no se podía medir en pasos sino en sentimientos, se había alejado del amor por los prejuicios que había edificado, en la vanidad de sus certezas y en la dura coraza con que había protegido sus propias inseguridades.
Julián la miró a los ojos y murmuró con el corazón desarmado:
—Lo siento mucho ignore que estabas sobre la superficie de la tierra y ahora que te tengo junto a mi se que tuve que cavar en lo más profundo de mi alma para finalmente verte y amarte
Ella sonrió con la ternura de la primavera que descongela los ríos y le cubrió las manos con las suyas. En ese contacto, Julián aprendió que el amor verdadero no consiste en perseguir el viento en las alturas desiertas, sino en echar raíces hondas, aceptar el peso sagrado de realidad y florecer juntos, con los pies firmes y bendecidos sobre la tierra que pisa.
Se dice que en aquel pueblo cercano habita una pareja de esposos que nunca miran el cielo sino los ojos del otro para encontrar la belleza del mundo. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez en un pueblo en las montañas rodeado de colinas verdes, un sendero secreto que había sido olvidado hace muchos cientos de años y que se encontraba cubierto de musgo. Este sendero llevaba al Bosque de Cristal. Este sendero No era un lugar común y solo unos pocos lo conocían. Se decía que solo los seres de alma buena y pura podían encontrarlo y aventurarse a recorrerlos. El sendero se decía recorría robles centenarios donde no solo cantaban los mirlos, sino que las sombras brillaban con destellos dorados y azulados. Decían los viejos que sus abuelos les habían contado alguna vez que en ese bosque encantado de cristal vivían las mariposas mágicas, guardianas de la luz del amanecer.
Cerca de una de las salidas de aquel pueblo vivía Elena, una niña curiosa de ojos despiertos que siempre llevaba en el bolsillo una libreta pequeña y un lápiz de madera para dibujar las formas de las nubes y las hojas que encontraba a su paso. Elena había escuchado hablar de las mariposas mágicas, pero los mayores decían que solo se dejaban ver por quienes sabían escuchar con el corazón en silencio.
Una tarde de brisa suave, mientras seguía el rastro de una pluma tornasolada que había visto caer desde lo alto de una de las nubes que ella quería pintar, Elena se fue alejando de su pueblo y se vio sin saber cómo en aquel sendero de musgo que casi todos desconocían. Después de recorrerlo lentamente Elena cruzó el arco natural de sauces que marcaba el inicio del bosque encantado de cristal. El aire olía a menta fresca y a jazmín silvestre. De pronto, la luz del sol pareció romperse en mil fragmentos diminutos como si millones de diamantes la rodearan y de pronto comenzó a oír un sonido extraño. Como si una brisa de la montaña se hubiera partido en mil pedasos. Y allí las vio. A su alrededor comenzaron a revolotear cientos de mariposas, cada una con alas que parecían hechas de cristal pulido. Unas brillaban con el resplandor de las brasas cálidas, otras tenían destellos de cielo estrellado, y al batir sus alas dejaban una estela de suave polvillo luminoso que hacía sonar campanillas en el aire.
En el centro de aquel bosque elena vio un claro que tenía en el centro una fuente de agua saltarina. Y allí junto a la fuente había descansaba el Árbol Madre, cuyas raíces abrazaban la fuente de agua clara. Sin embargo, en una de sus ramas más altas, Elena vio a una mariposa diferente: era diminuta, con alas plateadas que apenas emitían un tímido titileo. Sus alas pesaban tanto que no podía alzar el vuelo, y una sombra gris comenzaba a extenderse por las hojas del gran árbol.
Elena se acercó despacio, cuidando de no quebrar una sola ramita seca. Se sentó sobre las raíces y extendió su mano abierta.
—No tengas miedo —susurró con calma—. ¿Qué te apaga la luz?
La pequeña mariposa plateada, llamada Luma, descendió temblorosa hasta posarse sobre la palma de Elena. Con un murmullo que sonaba como el roce del viento en la hierba, Luma le explicó que el bosque florecía gracias a las canciones y risas de los niños, pero hacía mucho tiempo que nadie entraba a compartir una historia, y el peso del olvido estaba enfriando sus alas.
Elena comprendió de inmediato. Abrió su libreta donde dibujaba y escribía los cuentos que su abuelo le contaba y comenzó a buscar frenéticamente una historia para narrar. Y la encontró y comenzó a dibujar en voz alta una historia sobre valientes navegantes que surcaban los mares buscando seres extraños que nadie había visto pero que vivían más allá del límite del mundo. Así describió lo que su abuelo le contó que en ese límite había ríos que cantaban y montañas que tocaban el cielo. Su voz llenó el claro de calidez y los árboles se sentaron a escuchar aquella niña mientras que cada una de las mariposas se asentaban en las ramas enamoradas de la voz dulce de aquella narradora que les ofrecía la emoción sincera de quien ama imaginar.
A medida que las palabras fluían, el polvillo plateado de Luma cobró un brillo intenso y vivo. Las demás mariposas rodearon a Elena formando una espiral de colores que iluminó cada rincón del follaje. Luma extendió sus alas renovadas y se elevó, trazando un lazo de luz pura sobre la copa del Árbol Madre, cuyas hojas volvieron a resplandecer con un verde esmeralda deslumbrante.
Antes de que cayera la noche, las mariposas guiaron a Elena suavemente de regreso al sendero de musgo, y Luma rozó su mejilla con una caricia tibia y dejó sobre su libreta una diminuta estrella de luz plateada que jamás se apagó.
Desde aquel día, Elena volvía cada semana al Bosque de Cristal, sabiendo que mientras existieran historias para contar y oídos atentos para escuchar, la magia de las mariposas nunca dejaría de brillar. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un Viejo que vivia en una casa a la salida del pueblo. El viejo había vivido allí desde la infancia y ahora que la vida llegaba al ocaso apreciaba aún más su vieja casa. Era una casa muy vieja construida por su abuelo y plantada en lo alto de una colina donde el viento soplaba con voz de flauta rota. La casa no era de ladrillo cocido ni de piedra dura, sino de bareque y cubierta de una cal antigua y porosa que parecía respirar con las estaciones. En ella vivía Mateo, un relojero retirado que entendía bien el silencio de los objetos sabía que su entorno tenía un deje mágico que nadie podía entender, algunas veces algunos amigos lo visitaban pero todos ignoraban el secreto que guardaba cada una de las paredes de su casa.
En esa casa, la oscuridad era un manto que lo dormía todo. Mientras las bombillas permanecían apagadas, los muros descansaban en un sueño ciego, frío y mineral. No eran más que límites verticales que sostenían el techo y detenían el frío.
Pero todo cambiaba con un chasquido.
Bastaba con que la mano de Mateo buscara en la penumbra el viejo interruptor para que de un de click seco todo cambiara en aquellas paredes. La corriente no solo encendía el filamento ámbar suspendido en el techo sino que por entre las paredes una chispa viajaba por las venas de cobre embutidas en el revoque y comenzara a obrar el milagro que solo Mateo conocía.
Con aquel golpe de energía proveniente de aquel viejo interruptor las paredes salían de su retargo y comenzaban a despertar.
No abrían ojos de carne, claro está, sino ojos de sombra, relieve y memoria. Primero se desperezaban con un rumor leve similar a aquel que produce la madera cuando el sol sale después de una noche helada. Luego, la cal blanquecina comenzaba a tomar colores que algunos piensan que es sintoma de vejez pero que en realidad es la forma como las paredes responden a las situaciones cambiantes de la vida. En el muro oriental, la grieta que cruzaba desde el zócalo hasta la moldura dejaba de ser una herida seca: se estiraba, bostezaba y comenzaba a proyectar el eco de las risas de los niños que habían corrido por allí setenta años atrás.
En la pared del fondo, donde el yeso guardaba la sombra de los viejos marcos de retratos ya desaparecidos, la luz cálida revelaba siluetas que se acomodaban despacio, como si adecuaran sus posturas para descansar después de un largo letargo en las sombras. Las paredes de la casa de mateo se volvían así atentas, tibias y preparadas para el. Basicamente eran complices de las historia de aquel viejo relojero. . Si Mateo suspiraba al llegar cansado, el estuco parecía combarse apenas un milímetro, amortiguando sus penas para así darle más espacio donde descansar. Todo pues se confabulaba para ofrecerle un abrigo silencioso que ningún fuego de chimenea podría igualar. Durante las horas de luz artificial, la casa no estaba realmente vacía: y además había algo que muchos repetían en frases en los bares del pueblo. Cuidado que las paredes tienen oídos. La realidad es que no solamente los muros recordaban cada palabra que habían absorbido a lo largo de un siglo largo, sique que además las comunicaban por medio de un polvillo dorado en el aire que tarde o temprano era llevado por el viento hasta algúna otra casa Así era el proceso de polinización de ideas entre las casas de aquel pueblo.
Mateo aprendió a convivir con ese despertar. No leía en la cama sin antes desearles buenas noches con la mirada, ni dejaba la bombilla encendida más de lo necesario, pues sentía que exigirle demasiada vigilia a la cal terminaría por fatigar los cimientos y los pensamientos de sus paredes rusticas.
Una noche de invierno sin embargo todo se convirtió en una crisis , una tormenta derribó los cables del tendido eléctrico. La casa quedó sumida en una penumbra densa y los muros callaron de golpe, volviéndose otra vez inerte, fría y ajena. Mateo, desorientado, tanteó la pared buscando el interruptor. Lo accionó por puro reflejo, pero nada ocurrió. La oscuridad seguía intacta y los muros continuaban dormidos.
Los muros de la casa comenzaron a crujir como nunca antes y un sentimiento de soledad comenzó a invadir cada cuarto hasta que el alma de Mateo se fue llenando de tristeza. No entendía que sucedia pero si sabía que su casa estaba sufriendo ya que la luz eléctrica había parado de funcionar
Sintiendo la soledad más honda que nunca el anciano se acercó a tantas hasta una mesita que estaba localizada en el pasillo central de la casa. Allí encontró un cajita con la cara de un indio pielrojoa y el anciano encendió una cerilla. La llama tembló, tímida y minúscula, pero su destello acarició el yeso áspero junto a la puerta.
La cal de aquella pared no despertó de golpe como con la electricidad, pero la grieta más cercana tembló suavemente, reconociendo el calor y . Mateo sonrió, comprendiendo que a veces las paredes solo necesitan una pequeña chispa, propia o ajena, para recordar que están vivas y no dejarte jamás a solas con tus sombras.
El fósforo se consumió hasta rozarle las yemas de los dedos, pero Mateo no volvió a quedar a oscuras. Había buscado anes en la alacena un cabo de vela de cera de abeja, lo encendió y lo colocó sobre un pequeño plato de cerámica que tenía.
Lo curioso es que comprendió que Caminar con esa llama viva por el pasillo era como abrir un libro de páginas amarillentas de vejez. Con la bombilla eléctrica, el despertar de las paredes era nítido, casi reverente, como una fotografía multicolor que cobra foco al instante. Pero con la vela, el despertar era una danza lenta y unicolor.
Al moverse el fuego, las sombras temblaban y las paredes empezaron a recordar y contar secretos más antiguos, de esos que no caben bajo la luz de un único bombillo.
En la esquina del salón, donde la humedad había dejado un mapa caprichoso, el revoque comenzó a exhalar una melodía sorda: Más allá, junto a la ventana, la cal comenzaba a recordar las risas de niños que antes vivieron allí y hacían eco de dos voces jóvenes despidiéndose antes de un viaje sin retorno Eran los hijos de Mateo que se fueron y nunca más volvieron. Las paredes no solo guardaban la dicha de la casa; también custodiaban sus despedidas, arropadas en capas de pintura vieja que nadie se había atrevido a raspar.
Mateo apoyó la palma abierta sobre el muro del pasillo. Ya no sentía el yeso áspero, sino una vibración suave, como el pulso lento de un animal bondadoso hibernando.
—Están cansadas, ¿verdad? —murmuró al aire.
La pared le respondió con un crujido dulce, desprendiendo un fino olor a cal viva y a ropa planchada de domingo. Habían sostenido demasiadas vidas, demasiados inviernos, demasiadas miradas solitarias que buscaban en ellas una respuesta que el silencio del pueblo no daba.
Comprendió entonces que la electricidad las obligaba a despertar de golpe, en guardia, listas para dar compañía a quien accionara la llave. Pero el fuego de aquella pequeña lumbre las dejaba soñar despiertas, hablar bajito y recordar a su propio ritmo.
Afuera, la tormenta arreció, aullando contra los cristales y sacudiendo las vigas del techo. Sin embargo, en el interior no había frío ni desamparo. Mateo se sentó en su sillón, con la vela titilando en la mesilla auxiliar, y cerró los ojos. A su alrededor, los cuatro costados de la habitación velaban su descanso, respirando al unísono con él, proyectando en la penumbra una guardia paciente que mantendría el mundo a salvo hasta que llegara el alba, pero aquella noche el alba nunca llego y Mateo se fue con el corazón feliz de sentirse rodeado de las paredes que realmente lo amaban y el adoraba.
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