Saltar al contenido
PodcastsCultura y sociedadHabía una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Último episodio

812 episodios

  • Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

    794. Guayas y Quil (Leyenda Ecuador)

    14/09/2026 | 6 min
    Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, en los tiempos en que las riberas del litoral ecuatoriano aún no conocían el roce del hierro ya que los españoles conquistadores no habían hecho presencia. Unas tierras donde  una confederación de guerreros orgullosos y libres dominaban toda la región era: la nación Huancavilca. Entre ellos no había figura más imponente que el cacique Guayas, un hombre alto como los ceibos, de músculos curtidos por la boga en canoa y una puntería infalible con la cerbatana y el arco. Pero el verdadero corazón de su fuerza no yacía solo en sus brazos, sino en su compañera, la princesa Quil. Ella no era una simple espectadora de las cortes tribales; dominaba la lanza, conocía los secretos curativos de la espesura del manglar y poseía una mirada tan aguda que los ancianos decían que podía predecir las mareas y el curso de los combates. Juntos no solo gobernaban: defendían palmo a palmo el equilibrio de su tierra fértil.
    La paz se quebró con el estruendo del trueno y el relincho de bestias desconocidas. Desde el sur llegaron los hombres de Castilla, enfundados en corazas de acero que reverberaban con el calor sofocante del trópico. Traían cruces, arcabuces y una sed insaciable de metales brillantes. Los huancavilcas, fieles a su estirpe indómita, no se arrodillaron. Durante semanas, la selva y los esteros se convirtieron en un laberinto mortal para las tropas españolas; Guayas y Quil lideraron emboscadas feroces, apareciendo como sombras entre las ramas para luego desvanecerse en las corrientes del gran río.
    Pero el desgaste de la guerra fue implacable. En una tarde sofocante, tras una refriega encarnizada en la que el humo de la pólvora cegó los senderos, una partida española logró cercar a los caudillos. Quil, que peleaba espalda contra espalda con Guayas para cubrir la retirada de los suyos, fue herida por una pica. Al verla caer, Guayas soltó su maza de chonta para protegerla con su cuerpo, siendo finalmente reducido por una decena de soldados que ataron sus muñecas con gruesas cuerdas.
    Sabiendo que la resistencia de la región dependía de aquel líder, el capitán invasor le propuso un pacto: a cambio de sus vidas y de una relativa paz para los sobrevivientes, Guayas debía revelar la ubicación exacta de los tesoros de la confederación, las ofrendas ceremoniales y los yacimientos de oro que, según decían, se escondían cerca de las colinas.
    Guayas guardó un largo silencio, mirando el rostro ensangrentado de Quil. Con un gesto de amarga sumisión fingida, asintió. Exigió únicamente que los desataran para guiarlos personalmente a una gruta en lo alto del cerro Santa Ana, un mirador escarpado que caía vertical sobre el abismo del caudaloso río.
    La comitiva ascendió la colina bajo el sol ardiente de la tarde. Al llegar a la cumbre, junto al borde de la peña donde el viento soplaba furioso, Guayas se detuvo frente a un manto espeso de enredaderas y raíces. Pidió a sus guardias un puñal para despejar la entrada del escondite. Confiados en que el cacique estaba quebrado por el cansancio, los soldados le alcanzaron un acero.
    En una fracción de segundo, la sumisión se transformó en fuego. Guayas cruzó una última y elocuente mirada con Quil; ambos entendían que el cautiverio, las cadenas y los ultrajes de la servidumbre eran un destino infinitamente peor que el fin de la vida. Con lágrimas en los ojos pero pulso de hierro, el cacique clavó la daga en el pecho de su amada, liberando su alma antes de que una sola mano enemiga pudiera mancillarla de nuevo.
    Los soldados, paralizados por el horror, apenas alcanzaron a desenvainar sus espadas. Antes de que pudieran tocarlo, Guayas se irguió sobre el filo del despeñadero, alzó los brazos ensangrentados hacia el cielo y juró que aquel río y aquellas laderas jamás pertenecerían a nadie que no estuviera dispuesto a morir por su libertad. Sin vacilar, se arrojó al vacío, desapareciendo en el remolino profundo del agua que tantas veces lo había visto navegar.
    Las aguas se tragaron el cuerpo del cacique, pero la corriente no apagó su eco. Cuando los colonizadores finalmente levantaron su asentamiento en la falda de aquel mismo cerro, bautizaron a la ciudad uniendo los nombres de los dos amantes rebeldes: Guayaquil, un monumento eterno al amor indómito y a la libertad que ningún imperio pudo quebrar.
  • Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

    793. El Kaggen y la Luna (Leyenda Kalahari Africa)

    09/09/2026 | 6 min
    Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, en lo que hoy llamamos la sabana de Kalahari en el sur del África un dios embaucador y sabio llamado Kaggen. Este dios tenía la forma de una mantis religiosa y caminaba por la tierra en las épocas iniciales cuando todavía el mundo no se había terminado de formar completamente y los animales caminaban como hombres. En aquellos días remotos, la noche no era como la conocemos hoy ya que no existía la luna por lo que no se podía ver la luz de plata que apacigua las sombras, sino que todo era una penumbra espesa, gélida y absoluta que devoraba cualquier intento de ver más allá de la propia respiración cuando el sol desaparecia.
    |Kaggen era básicamente un dios creador y en su interior guardaba un secreto que colmaba su corazón de orgullo: El había modelado y creado  con sus propias manos al primer antílope de proporciones majestuosas llamado el eland, Este antílope tiene un lomo suave y ojos profundos que semejan a pozos de agua en las épocas de sequía. Pero el dios Kaggen también conocía el alma de los habitantes de aquellas tierras y en especial los suricatos que vivían con una codicia que podría llegar a poner en riesgo a su Eland. Por lo que decidio esconderlo en un oasis rodeado de cañaverales altos y espinosos. Así que en cada amanecer, la Mantis recolectaba miel silvestre y cera dorada de las colmenas que encontraba escondidas entre las rocas, y recogiéndolas con mucho cuidado se las llevaba al Elan en secreto. Con ternura, frotaba la miel perfumada sobre el pelaje de la criatura y dejaba que bebiera agua clara, hasta que la piel del animal brillaba tanto que parecía hecha de sol puro.
    Sin embargo, los ojos pequeños y curiosos de los suricatos nunca dormían. Estos pequeños seres que eran capaces de estar  observando atentamente la sabana durante días y días detectaron como Kaggen regresaba cada tarde de la espesura con manchas doradas en los dedos y una sonrisa radiante. Así que  Una mañana, los cazadores siguieron sigilosamente el rastro de perfume a cera y polen que la Mantis dejaba a su paso y la siguieron en total silencio.  Cuando llegaron a los cañaverales y contemplaron la deslumbrante silueta del eland, la codicia nubló su juicio. Sin dudarlo, afilaron sus flechas de hueso, rodearon al noble antílope y, con certera puntería, apagaron la vida de la más amada creación de |Kaggen.
    Cuando la Mantis regresó tarareando, con un nuevo panal rebosante de miel en las manos, se topó con el suelo empapado de rocío rojo. No había cantos, ni aliento, ni la mirada cálida de su criatura; solo quedaban huellas apuradas que se alejaban hacia el campamento de los cazadores suricatos. El llanto de |Kaggen fue un lamento seco que quebró la tranquilidad de la tarde. Furioso, siguió el rastro de los cazadores hasta encontrarlos junto al fuego, ya desollando la carne y repartiendo la grasa del eland.
    Ciego de ira, |Kaggen intentó luchar contra ellos, pero los cazadores eran muchos y estaban armados con el poder del animal que habían consumido. Burlándose del dolor de la Mantis, lo empujaron contra la bilis del eland, un fluido amargo y oscuro que salpicó sobre las rocas. En ese instante de humillación, el sol se desplomó detrás de las dunas rojas y la nada se cerró sobre la llanura. La oscuridad se volvió tan asfixiante que los mismos cazadores gritaron de miedo, incapaces de distinguir a sus hermanos de los depredadores que acechaban en las sombras.
    A tientas, humillado y desconsolado en medio de la negrura absoluta, |Kaggen tanteó el polvo con sus largas patas hasta encontrar algo familiar: una de sus viejas sandalias de piel, empapada con el polvo rojizo de la tierra y la esencia de su querido animal. La sostuvo contra su pecho y, comprendiendo que ni siquiera los culpables merecían morir congelados en una noche sin fin, tomó impulso con todo el dolor y la magia que le quedaban en el alma.
    Lanzó la sandalia con fuerza descomunal hacia lo más alto de la bóveda celeste. Al romper el aire helado, el cuero reseco no cayó; se infló de resplandor blanco y comenzó a destilar una luz fría, suave y compasiva sobre la tierra. Así nació la Luna. Y dicen los ancianos que si la miras con atención cuando está llena, todavía puedes distinguir la silueta oscura y polvorienta de la suela de la sandalia de |Kaggen, velando para que las criaturas del mundo encuentren siempre el camino de regreso a casa.
  • Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

    792. El narrador griego

    08/09/2026 | 6 min
    Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, en los albores de la Grecia antigua , un ciego que recorría los caminos polvorientos de la antigua Grecia contando historias que nadie más podía contar. Vestía harapos de tela áspera, cargaba un báculo de olivo silvestre  que le servia de tercera pierna y apretaba contra el pecho una tosca lira de cuatro cuerdas. Nadie conocía su origen ni la tierra de la que procedía, pero su voz poseía una resonancia que parecía conmover las piedras mismas del camino y además tenía una cadencia que producia respeto en cada una de sus historia.
    Dondequiera que llegaba con su lira una multitud se congregaba —junto al fuego de una taberna de marineros, o en los olivares de las tierras o en los palacios de los señores micénicos—, el anciano callaba las risas de todos aquellos que tomaban vino  con solo rasguear una cuerda.
    De su memoria prodigiosa brotaban dos cantos monumentales que nadie en el mundo había oído jamás con semejante precisión. Primero iniciaba con la Ilíada: donde contaba la furia devastadora de Aquiles, o el retumbar de los carros de guerra contra las murallas de Ilión ,  o el duelo despiadado donde cayó Héctor a manos de Aquiles o el llanto del anciano Príamo suplicando el cadáver de su hijo en el campamento enemigo cubierto por la oscura noche. Luego, mudando con una cadencia de leyenda marina, entonaba la Odisea: donde los diez años de naufragios y astucias del rey de Ítaca era el tema cental, contaba con lujo de detalles el encuentro con el  Cíclope, o el el abismo de Escila y Caribdis, o como fue  el embrujo de Circe y como sucedia  la vigilia solitaria de Penélope tejiendo y destejiendo su manto ante la insolencia de los pretendientes que abusaban de su casa.
    Los oyentes lloraban sobrecogidos. Afirmaban que aquel contador de historias sin ojos debía de ser un emisario de los dioses olímpicos, ya que era capaz de describir cada herida, cada playa y cada plegaria como si las hubiera visto con su propia mirada.
    Cuando los príncipes le preguntaban cómo llamarlo en sus crónicas, el anciano esquivaba los honores y se limitaba a pronunciar una palabra griega que definía su condición de rehén de la oscuridad y del destino errante: Hómeros, «el que no ve» 
    Después de muchos deambulares finalmente Llegó el invierno definitivo en una cala pedregosa de la isla de Íos. Agotado por el peso de los años y el frío que le entumecía los dedos, el anciano se recostó contra una barca varada en una playa pedregosa a esperar la muerte. Un joven que lo había seguido en silencio a lo largo de la costa cuando se percato de las penurias que acompañaban a aquel viejo se arrodilló a su lado con lágrimas en los ojos.
    —Maestro —suplicó el muchacho, cubriéndolo con una piel de oveja—. Tu nombre retumbará hasta el fin de los siglos. Has llevado tus historias hasta lo más profundo de nuestras almas y haz colmado la memoria con el orgullo de nuestra tierra. Dime antes de partir: ¿qué dios te dictó tanta gloria? ¿Cómo pudiste recordar con tanta verdad la caída de Troya y el regreso de los héroes?
    El viejo soltó una risa seca, que se quebraba con el carraspeo que produce la sal del mar cuando llega a la garganta.  Levantó las manos temblorosas hacia su rostro marcado por las arrugas, acarició las viejas cicatrices de su piel y negó con la cabeza.
    —Te he de confesar que No he inventado nada, muchacho —susurró con su último aliento, mientras una sonrisa indescifrable asomaba a sus labios—. No soy ningún vidente engendrado por las Musas ni soy un adivino. Vengo de la misma Ítaca cuya sangre y lágrimas he narrado en mis historia. Los dioses me condenaron a no muy lentamente y me llevaron perder la vista y a vagar por la tierra con otro nombre, pagando mi última y más cruel penitencia: tener que contarle a los hombres mis propios dolores una y otra vez, habiéndome convertido en mi propio mito.
    El anciano cerró los párpados y exhaló el último suspiro. Cuando el joven levantó la mirada, vio la cicatriz imborrable del colmillo de jabalí la misma que alguna vez había sido descubierta por la criada Euriclea y que ahora era claramente visible en el muslo del aquel narrador de historias que todos conocían. Allí en aquel instante cuando moria el joven comprendió, petrificado, que el mendigo ciego al que Grecia llamaba Homero no era otro más que el mismísimo Odiseo.
  • Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

    791. El Farero

    05/09/2026 | 6 min
    Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, en lo alto de un peñasco azotado por el viento del norte, un faro que había sido construido hace cientos de anos y si bien el faro estaba ubicado lejos de un pueblo todos en el pueblo sabían que ese faro servia para guiar a los barcos durante las noches oscura de niebla densa como era común en aquellas épocas. Todos en el pueblo también sabían que el encargado del faro era un hombre llamado Moreo. En el pueblo realmente no tenían mucho contacto con el farero pero todos reconocían que era un hombre amable en el trato. Pero nadie absolutamente nadie lo había ido a visitar al faro ya que estaba bastante lejos para ir allí y por que Moreo no le permitía a nadie entrar en la propiedad del faro. 
    Moreo como buen encargado del faro sabía que todas los días tenía que subir los ciento ochenta escalores en caracol para llegar al tope de aquel faro y encender la linterna que llevaría la luz a los barcos perdidos. 
    Su rutina era muy simple. Durante la mañana subia con un balde de vinagre y agua y un cepillo. Una vez allí tomaba el cepillo y mojandolo en el balde comenzaba a recorrer meticulosamente los vidrios del faro haciendo que después de unas 2 horas estos espejos brillaran como si fuera oro Luego bajaba a la base del faro y esperaba que se comenzara a oscurecer para subir presuroso y encender las bombillas que hacían de fuente para la luz del faro. Luego sonreía y se sentaba en el borde del faro a otear la oscuridad. 
    En las noches de niebla espesa, cuando las olas rugían contra los arrecifes con la fuerza de bestias ciegas, el haz dorado del faro cortaba la negrura y guiaba a los navíos perdidos de vuelta a casa. Todos en el pueblo sabían que Moreo esta allí siempre al frente de aquel faro y se sentían agradecidos de que el siempre estaba alerta. Pero realmente nadie conocía a Moreo y nadie recordaba desde hacia cuando este estaba encargado del faro. Pero si sabían algo Su devoción era absoluta: no bajaba al mercado, no recibía visitas y realmente no sabían de que se alimentaba pero nunca parecía necesitar nada.
    Una noche de tormenta atroz, con relámpagos que partían el cielo en dos, el viejo sintió esa noche era realmente especial. Decidido a presenciar una noche especial subio hasta lo alto y aferrado a la barandilla con dedos decididos comenzó a mirar el oscuro océano que tenía al frente. Sus ojos experimentados alcanzaban a ver una caravana de luces de barcos que seguramente se dirigían al sur y que el sabía que estarían observando la luz del faro para así orientarse sabiendo que los faron siempre son la guía de el buen camino. Mirando hacia abajo podía ver como el mar embravecido hacia mover las luces de aquellos barcos de arriba abajo, pero algo le llamo la atención. vio algo insólito: a lo lejos, entre la bruma marina se había disipado abruptamente  y la luna llena había aparecido de repente. Toda la oscuridad se habia vuelto luz y podía ver las siluetas de aquello barcos. No eran barcos mercantes ni goletas de pesca. Cuando se acercaron pudo ver que eran barcos semidestrozados y que realmente estaban surgiendo del mar y no navegando el mar. Eran Una inmensa flota de carabelas fantasmales, con cascos podridos y velas hechas jirones, que avanzaban  en fila hacia la orilla.
    Moreo comprendió finalmente que estaba pasando y recordó las palabras de su jefe en día que lo envió a cuidar aquel faro abandonado que nadie nunca recordaba quien lo había construido. Esto había sucedido hacia más de 500 anos y el había sido su cuidador desde el primer día. Su jefe le había dicho. Moreo te encargo de la más fantástica herramienta para mis propósitos. Cuidadala y usala constantemente . 
    Moreo sonrio de alivio por haber cumplido su misión . Giró el mecanismo para enfocar la luz directamente hacia las rocas más afiladas y traicioneras de la costa. Las naves espectrales no buscaban puerto: eran los restos de todos los barcos que él mismo había hundido siglo tras siglo atrayéndolos a la trampa que el diablo mismo había preparado y del cual Moreo había sido su ejecutor.  
    Las almas que el mar se había robado venían finalmente a castigar al naufragador, y la tripulación sin ojos trepaba los peldaños para relevarlo en la guardia eterna.
  • Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

    790. El Amor Sinfónico

    02/09/2026 | 7 min
    Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, bajo las luces doradas de un teatro solemne, dos almas atrapadas en una disciplina implacable que les impedía tocarse. Él siempre estaba en una fila más alta, un par de pasos por detrás de ella, condenado a contemplar cada noche la curvatura perfecta de su espalda, la noble caída de sus hombros y ese aire melancólico y reservado que la volvía irresistible. La adoraba  en silencio, soñando con romper el protocolo para acercarse y rozar su cuerpo.
    Ella, por su parte, tenía estrictamente prohibido girar la cabeza. La rigidez de la escena le exigía mantener la vista fija hacia el frente, atenta a las sombras del público y al maestro que gobernaba cada uno de sus movimientos. Y sin embargo, lo amaba con un fervor desesperado desde aquel primer momento. Lo había observado de reojo el primer día que había llegado, y le parecio apuesto aunque un poco alto para ella y muy delgado. A partir de aquel día no necesitaba mirarlo de frente para saber que estaba allí; sentía su cercanía en la nuca como una corriente tibia, un pulso secreto que le erizaba el cuerpo entero mucho antes de que el resto del recinto despertara. Se desvivía por su voz: un timbre penetrante, dulce y desgarrador que parecía cantar únicamente para consolar su soledad.
    Durante los ensayos más íntimos, cuando todos callaban para dejarlos a solas en los pasajes lentos, sus respiraciones se entrelazaban en el aire. Era un diálogo invisible, un idilio apasionado que ambos creían que jamás llegaría a consumarse.
    Llegó la noche de la gran gala. Un silencio sobrecogedor se adueñó de la sala, denso y cargado de expectación. Nadie en el escenario se atrevía a quebrar la quietud antes que él; Esa noche seria el el que tendría el privilegio sagrado dar la señal que despertara al resto del mundo. Y se sentía muy orgulloso y nervioso.
    Contuvo el aliento, reunió todo su anhelo y exhaló una nota limpia, pura y ardiente que atravesó la penumbra directa hacia la espalda de su amada, entregándole el alma en una súplica final en forma de una nota musical. 
    Ella sintió el impacto vibrar en su pecho. Sin necesidad de voltear, reconoció la declaración de amor que le llegaba de filas atrás,  sonrió en la sombra y respondió de inmediato con un suspiro grave y aterciopelado que se fundió con el suyo.
    Aquel primer unísono no fue el final, sino el pacto que desató el fuego.
    Apenas la batuta cayó con un golpe seco en el aire, la música se abalanzó como una tormenta. Violines impetuosos, timbales feroces y trompetas triunfales rugían reclamando la gloria de la sala. Pero en medio de esa marea ensordecedora, ellos que estaban allí también tejieron un mundo privado, impermeable al estruendo de los demás.
    El no interpretaba las notas del papel pautado; elevaba promesas. Su voz atravesaba la marea de músicos como una saeta de fuego, incisiva y límpida, rozando los bordes de aquella amada secreta. Cada nota que él sostenía era una caricia desesperada sobre su silueta; cada vibrato, un temblor de deseo que le quemaba desde lo más profundo de su alma. No había vanidad en su canto, solo la urgencia de sostenerla en el aire para que ella lo sintiera cerca. 
    Y ella, que durante años había contenido la grandeza de su canto en la penumbra del acompañamiento, se rebeló con una dulzura sobrecogedora. Ya no le importaba no poder girar el rostro. La música le ofrecía un cuerpo incorpóreo, y con él se arqueaba hacia atrás, envolviendo el llamado de su amante en una atmósfera tibia, densa, de terciopelo y sombra. Respondía a cada una de sus frases con un contrapunto tan ceñido que parecía deslizarse por su cintura, besándole la raíz de cada sonido. Los dos ejecutantes, ajenos a la pasión clandestina que los consumia se sentían sin mirarse de frente y se asombraban s por la extraña electricidad que brotaba del centro del escenario.
    Llegó entonces el clímax del tercer movimiento: un pasaje donde la partitura exigía que ambos callaran de golpe, dejando que el eco muriera en la bóveda del teatro. La orquesta entera enmudeció.
    En esa fracción de segundo robada a las reglas del mundo, cuando los aplausos aún no tenían permiso para nacer y el silencio era absoluto, ocurrió el milagro. Sus cuerpos, cargados de la misma frecuencia exacta, continuaron resonando por la magia del amor. Sin aire ni arcos, vibraron juntas sin que nadie los pudiera detener bajo la mirada extravida del director , fundidas en una misma nota tibia que nadie más pudo oír, demostrando que dos prisioneros condenados a no mirarse podían amarse con la fuerza devoradora de un acorde eterno.
    Allí, bajo los aplausos que estallaron como el rugido de una tormenta  ninguno de los dos vestía de carne y hueso: el amante fiel no era otro que el oboe, y la doncella que por fin se entregaba a su llamada era la viola, unidos para siempre en la armonía perfecta.
Más podcasts de Cultura y sociedad
Acerca de Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Este podcast está dedicado a los cuentos, mitos y leyendas del mundo.
Sitio web del podcast

Escucha Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda, Yo documental y muchos más podcasts de todo el mundo con la aplicación de radio.es

Descarga la app gratuita: radio.es

  • Añadir radios y podcasts a favoritos
  • Transmisión por Wi-Fi y Bluetooth
  • Carplay & Android Auto compatible
  • Muchas otras funciones de la app