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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
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    745. El Daguerrotipo

    11/2/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez un hombre llamado Elías que era desde muy pequeño aficionado a la fotografía, con los años Elias se volvió el fotógrafo del pueblo y monto un pequeño estudio para atender a sus clientes. Pero un día Elias se vio frente a una cámara extraña. Era una de aquellas cámaras de mediados de siglo  xix que tenía una gran caja de madera y una tela negra que cubria la placa que recibía las images. Elias alguna vez había observado una en un museo, pero ahora estaba allí junto a una de ellas. Elias no compró la cámara en una tienda de antigüedades, ni la heredó de un abuelo olvidado. La cámara simplemente apareció en su estudio una mañana de martes, montada sobre su trípode de madera negra, oliendo a ozono y polvo antiguo.
    No tenía marca, ni número de serie. Su lente era un ojo de cristal demasiado profundo, casi líquido, que parecía palpitar si lo mirabas fijamente y que parecía no tener fondo.
    La curiosidad de Elías, fotógrafo de profesión, pudo más que su prudencia. Decidió probarla en el parque frente a su casa. Quería capturar el viejo roble centenario que dominaba la plaza, ese árbol bajo el cual generaciones enteras se habían besado o resguardado de la lluvia.
    Era un día radiante. Los niños jugaban y las palomas revoloteaban alrededor del árbol. Elías niveló las patas de madera en la acera. Sintió un frío extraño en las manos al tocar los controles de latón.
    Entonces, sucedió lo que nunca se habría podido describir
    Bajo la tela negra, el mundo se veía invertido, como en cualquier cámara de gran formato, pero había algo más. La imagen en el cristal esmerilado no estaba estática. Vibraba. El roble parecía estar hecho de humo denso, y los niños eran manchas de luz frenética. Elías sintió una atracción magnética, un hambre voraz que no venía de su estómago, sino de la máquina.
    Estaba a punto de tocar el disparador cuando recordó a su abuela quien alguna vez le había dicho. Ten cuidado con las cámaras porque se dice que esos aparatos son capaces de robar el alma de las personas y que todo lo retratado habrá perdido gran parte de su ser. 
    Elias que en ese momento tendría poco más de 15 anos pensó que su abuela posiblemente ya llevaba mucho tiempo sufriendo de vejez, por lo que simplemente ignoro el comentario y siguió con sus pasión por la fotografía.
    Así que con aquel recuerdo presente en su mente , su dedo comenzó a temblar sobre el disparador. No sabía porque pero el comentario de su  abuela no abandonaba su mente. 
    Cerrando los ojos hizo un gran esfuerzo y apretó conscientemente el disparador. No hubo un "clic". Hubo un sonido similar al de una sábana rasgándose violentamente, un grito de la física quebrándose.
    Fue instantáneo y aterrador. Elías vio a través de la lente cómo el roble, los bancos, los niños, las palomas y la luz misma se estiraban como chicle, succionados por un vórtice invisible que convergía en el diafragma de la cámara. En decimas de segundos que se movían muy lentamente Elias pudo ver como toda la realidad que existía en aquella lente se discipaba y se abalanzaba hacia el .  No fue una explosión, fue una implosión de realidad. La materia se convirtió en líneas, luego en puntos, y finalmente desapareció dentro de la caja oscura.
    Elías levantó la cabeza, pálido, y se quitó la manga negra. Miró hacia el parque.
    Donde antes estaba el roble y la vida, ahora no había nada.  Y no me era que hubiera un espacio vacío lleno de aire. No. Había una ausencia absoluta de materia,  la realidad había dejado de ser dando paso a una "no-existencia" con bordes dentados. La luz del sol no atravesaba ese lugar; se detenía en seco en sus bordes y comenzaba a saltar hacia el otro bord
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    744. La curiosidad

    09/2/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez, en lo más profundo y sombrío de un bosque, una pareja de carboneros. Sus rostros siempre estaban manchados de hollín y sus manos callosas de tanto cargar leña. Pero lo peor no era el trabajo, sino el hambre. Aquel año, el frío había sido cruel y nadie tenía monedas para comprar carbón.
    Mientras compartían una costra de pan duro, la mujer, que tenía la lengua tan afilada como un hacha, se lamentaba: —¡Ay, qué desgracia! Y todo por culpa de esa mujer, nuestra madre Eva. Si no hubiera sido tan curiosa, si no hubiera mordido esa maldita manzana, hoy estaríamos en el Paraíso comiendo manjares en lugar de pasar penurias. ¡Qué tonta fue!
    El marido solo suspiraba, asintiendo con la cabeza baja, mientras su estómago rugía.
    De pronto, el estruendo de cascos de caballos y el brillo de metales preciosos rompió la calma del bosque. Una carroza de oro se detuvo ante su choza y de ella bajó el Rey.
    —He oído sus quejas —dijo el monarca con una sonrisa enigmática—. Vengan conmigo. Les daré una vida de ensueño donde el hambre será solo un mal recuerdo.
    Los carboneros, atónitos, subieron a la carroza. Al llegar al palacio, fueron bañados en aguas perfumadas, les quitaron el hollín de las uñas y los vistieron con sedas y terciopelos.
    Fueron conducidos a un comedor señorial. La mesa gemía bajo el peso de la comida: faisanes asados, pescados bañados en salsas de oro, frutas que parecían joyas y vinos que brillaban como rubíes. Los ojos de los carboneros casi se salen de sus órbitas.
    Pero antes de dejarlos solos, el Rey señaló una sopera de oro situada justo en el centro de la mesa. Estaba cerrada y era la pieza más hermosa de la vajilla.
    —Escuchen bien —advirtió el Rey—. Pueden comer todo lo que vean, disfrutar de las fiestas y vivir aquí como nobles. Pero jamás, bajo ninguna circunstancia, deben levantar la tapa de esta sopera. Si lo hacen, la desgracia caerá sobre ustedes y volverán a su miseria.
    —¡Jamás la tocaremos! —exclamó el hombre. —Para mí, esa sopera ni siquiera existe —añadió la mujer, ansiosa por hincarle el diente a un muslo de pollo.
    Pasaron las semanas. Al principio, la pareja vivía en un éxtasis constante. Engordaron, sus mejillas se pusieron rosadas y dormían en sábanas de hilo fino. Pero, como suele suceder, cuando el estómago está lleno, la mente empieza a divagar.
    La carbonera empezó a mirar la sopera con recelo. —¿Por qué estará ahí si no podemos usarla? —murmuraba. —Déjala en paz, mujer. Tenemos de todo —respondía el marido.
    Pero la curiosidad es como una rata que roe por dentro. La mujer empezó a perder el sueño. "¿Será un diamante gigante? ¿Será el secreto de la eterna juventud? ¿Por qué tanto misterio por una simple sopa?".
    Un día, mientras los criados descansaban y el silencio reinaba en el palacio, la mujer no pudo más. —Solo voy a levantarla un milímetro. Solo para ver si hay algo dentro —dijo acercándose a la mesa. —¡No lo hagas! ¡Nos arruinarás! —suplicó el marido, pero ella, llamándolo cobarde, lo apartó de un empujón.
    Con dedos temblorosos, la carbonera agarró el pomo de oro y levantó la tapa. No hubo luz, ni joyas, ni perfumes. De la sopera saltó una pequeña y veloz rata gris que chilló y se escabulló por el suelo del comedor.
    En ese preciso instante, las puertas se abrieron de par en par. El Rey entró con su guardia, y su rostro ya no era amable, sino severo como el mármol. —¡Lo han hecho! —rugió—. No han podido resistir la curiosidad, exactamente igual que aquellos a quienes tanto criticaban.
    Sin tiempo para súplicas, los soldados los despojaron de sus ricas vestiduras. En un abrir y cerrar de
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    743. Los cuentos del bosque (infantil)

    07/2/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez una niña llamada Elsa, cuya hambre de historias era más grande que su apetito por el pan de miel. Elsa no buscaba juguetes ni dulces; buscaba palabras que pintaran mundos. Pero en su aldea, los adultos estaban siempre ocupados: las manos en la harina, los ojos en el arado o las espaldas encorvadas sobre la leña.
    —"¡Un cuento, por favor!", rogaba Elsa, tirando del delantal de su madre. —"Las historias no llenan la despensa, hija", le respondían siempre.
    Triste, pero con el corazón palpitante, Elsa decidió que si los humanos no tenían tiempo para la fantasía, el bosque —que es el libro más antiguo del mundo— seguramente tendría páginas abiertas para ella.
    Al entrar bajo la catedral de ramas, el aire cambió. Olía a musgo fresco y a tiempo detenido. En la rama más alta de un roble centenario, vio al Cuclillo, un pájaro de plumas grises como la niebla.
    —"¿Por qué cantas siempre esas dos notas, como si llamaras a alguien que no viene?", preguntó Elsa.
    El Cuclillo bajó el vuelo y, con ojos redondos y sabios, le contó la verdad de su linaje:
    "No es una canción, pequeña, es una deuda. Hace siglos, mis ancestros fueron soberbios y no quisieron construir nidos. El Espíritu del Bosque nos condenó a ser huéspedes eternos. Por eso pongo mis huevos en nidos ajenos, y mis hijos, al nacer, sienten el vacío de una cuna que no les pertenece. Expulsan a sus hermanos de nido buscando un espacio que nunca encuentran. Mi ¡cu-cú! es el nombre de la madre que nunca conocieron y el nido que nunca habitaron".
    Elsa sintió un escalofrío. ¿Era aquello un cuento para dormir o una triste ley de la vida? Antes de poder preguntar, el pájaro voló, dejando una pluma gris flotando en el aire.
    Caminó más profundo, donde los abetos eran tan altos que parecían sostener el cielo. Allí, en una zona de sombras perpetuas, encontró a tres abetos pequeños. Eran diferentes a los demás: no tenían el verde vibrante de la primavera, sino un color pardo, seco y marchito, como si el otoño se hubiera quedado a vivir en sus ramas.
    —"¿Por qué visten de luto mientras el resto del bosque celebra?", susurró Elsa.
    El mayor de los tres pequeños árboles crujió al hablar:
    "Nuestros hermanos mayores son gigantes egoístas. Extendieron sus ramas como mantos de hierro para atrapar cada rayo del Rey Sol. Nosotros estiramos nuestras raíces, suplicamos por una gota de luz, pero ellos solo ríeron: '¡El Sol es para los fuertes!', nos dijeron. Al darnos cuenta de que nunca veríamos el oro del día, dejamos caer nuestras agujas verdes y nos vestimos de tierra y olvido. Moriremos sin haber conocido el beso del calor".
    Elsa, conmovida, no se quedó de brazos cruzados. Usó sus pequeñas manos para cavar y, con un esfuerzo titánico, trasladó a los tres pequeños al borde del camino, donde el sol bañaba la tierra. Les dio agua de su propio cántaro y vio cómo los rayos del sol, asustados por tanta tristeza, empezaban a tejer hilos de luz sobre las ramas pardas.
    Siguió caminando hasta que el sol empezó a descender. Entonces, vio algo que le encogió el alma: una ardilla de pelaje rojizo yacía inmóvil en el sendero. Una herida en su cuello brillaba como un rubí bajo la luz del atardecer.
    Cuando Elsa se acercó para llorar, la sangre del animal, impregnada de la magia del bosque, le habló en un susurro carmesí:
    "Arriba, en la copa del árbol, hay cuatro hermanos esperando un alimento que no llegará. Mi madre nos advirtió: 'No salgan, el mundo es ancho y el peligro acecha'. Pero el viento me prometió historias secretas si lo seguía. Salí de casa buscando una aventura y encontré los colmillos del cazador. Dil
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    742. El pueblo

    04/2/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez un pueblo que estaba en el medio de una valle creado por altas cumbres que siempre siempre se encontraban blancas por la nieve perpetua. El pueblo no tenía recuerdos de quien lo había fundado o de donde venían todos sus habitantes pero el pueblo estaba allí. Su nombre era San Judas Tadeo y el valle era llamado la eterna pausa. 
    Todos decían y era verdad que la vida en aquel pueblo era de un predecible lineal que desafiaba la naturaleza. San Judas Tadeo tenía una característica, siempre tenía el mismo clima y siempre tenía el mismo cielo azul que nunca cambiaba. Todo era igual en San Tadeo y sus habitantes se habían acostumbrado a la inmutabilidad de su entorno y su clima. 
    La estructura física del pueblo también era predecible. Todas las casas estaban asentadas sobre calles de piedra pulida y todos los tejados de todas las casas era rojos e igualmente las casas tenían sus paredes blancas. Todo pues era bastante monótono y repetitivo. 
    Lo anterior llevaba a que todos los habitantes se sintieran muy orgullosos de su pueblo y de su estilo de vida. 
    Todos repetían una frase que resumía la naturaleza de su pueblo. En San Judas nadie se pierde ya que sin importar la dirección que tomaran siempre aparecían en el origen. Esto no era simple retorica era la verdad absoluta. 
    Esto era así porque si caminaban lo suficiente hacia el norte, terminaba entrando al pueblo por la plaza del sur. Se había comprobado que si alguien salida de la casa y giraba hacia la derecha tres veces se llegaba a la propia casa sin saber como había sucedido. 
    Dentro del pueblo siempre se había explicado esto como que los que crearon el pueblo tuvieron la precaución de evitar extravíos. 
    Un día uno de los habitantes llamado mateo decidio probar y entender que era lo que sucedía y una mañana antes que todos hubieran despertado salió de su casa con un gran tarro de pintura roja y comenzó a caminar dejando caer un pequeño hilo de pintura que acompañaba su caminar. 
    Después de una hora comenzó a notar algunos detalles que lo hacían preguntarse realmente donde vivía. Encontró que las escalinatas que subían a lo alto de la montaña finalmente lo llevaba a la plaza del pueblo, Encontró que cuando llegaba a la última de las casas estas se desdoblaban y se veía entrando por las casas del otro lado del pueblo. Pero lo más extraño es que en un momento alcanzo a ver la espalda de alguien que el juraría era su propia espalda y que inmediatamente desapareció en una esquina. Todo esto sucedía mientras el hilo de color rojo seguia marcando las calles mostrando que muchas veces había pasado por el mismo sitio sin haber nunca desviado su camino. 
    Finalmente entendió lo que sucedía en su pueblo. El era uno de los habitantes de una burbuja de tiempo y espacio que se torcía en si misma formando la versión gigante de un nudo gorgiano. 
    Preocupado decidio correr a la plaza del pueblo y grito. 
    Nuestro pueblo es un laberinto, no hay salida y nunca podremos encontrar el mundo exterior. Nuestro pueblo es una serpiente que se muerde a si misma.
    La gente que salia a trabajar como cada día paro y lo miro extrañada. Nunca nadie había oído tal teoría. Nunca nadie los había hecho pensar en que no podrían salir del pueblo y que nunca entenderían que era el mundo exterior
    De pronto el cartero que conocía cada una de las casas y calles del pueblo se acercó y le dijo. 
    Mateo no digas más. El mundo exterior es una leyenda urbana solo vives para el pueblo y dentro del pueblo. Nadie es un prisionero solamente debes seguir viviendo dentro del pueblo y ser feliz. Y Mateo entendio que el estaba equivocado y que todo el pueblo merecía vivir
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    741. El dragón de Wawel (Leyenda Polonia)

    02/2/2026 | 7 min
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    uan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez Príncipe  que vivia en lo que hoy conocemos como polonia. Su nombre era urante Krakus  y durante anos su reino era lo más cercano al paraíso. Pero la prosperidad es un aroma que atrae a las sombras según dicen los viejos. La desgracia llegó sin aviso: primero fueron los rebaños los que mermaron; luego, los pastores comenzaron a desaparecer y en la región decían que se los había llevado el silencio y luego se fue filtrando poco a poco en las tabernas de lo que hoy es Cracovia la idea que  pues nadie regresaba de las brumas del río vistula . Así con estos sucesos lo que antes era un reino de esplendor paso a ser oscuro y triste
    Por muchos anos todo esto que sucedia era un enigma  que nadie podía resolver hasta que un joven herbolario, buscando plantas medicinales en las riberas del Vístula, se aventuró a los pies de la imponente Colina de Wawel. Allí mientras trataba de recoger algunas de las hojas que necesitaba vio algo que lo lleno de horror. Frente a el había una colección de huesos humanos blanqueados por el agua y, sobre la roca viva, una cueva que exhalaba muerte. A su entrada, bañado por un sol que solo se filtraba timidamente por la bruma, descansaba el terror. Tenía el cuerpo blindado por escamas de un amarillo verdoso brillante y sus patas eran gruesas como troncos de robles centenarios. Era un dragón que se había instalado en aquellos parajes y que era el causante de las penurias de sus habitantes.
    La noticia corrió como fuego en paja seca. El Príncipe Krak, tras escuchar el relato del joven, convocó a sus caballeros y sabios. Los valientes partieron con espadas de acero templado, pero ninguno regresó. El acero se derretía y la valentía se convertía en ceniza ante el aliento de la bestia.
    Desesperado, Krak lanzó su proclama final al viento:
    "Aquel que libere al pueblo, sea noble o plebeyo, recibirá la mano de la princesa Wanda y la mitad de mi reino".
    Príncipes de tierras lejanas fracasaron. Justo cuando el propio Krak se ajustaba la armadura para enfrentar un destino suicida, un humilde aprendiz de zapatero llamado Skuba cruzó las puertas del castillo. No llevaba lanza, sino una idea.
    "Dadme una oveja y grasa y yo acabare con ese dragon", pidió el joven. Al inicio los grandes caballeros del reino simplemente se burlaron del joven, pero este insistia en que el tenía la solución. Fue tanto lo que insistió que finalmente el príncipe con la sola intención de salir de el ordeno que le dieran la oveja y la grasa que el solicitaba. 
    Bajo el amparo de la noche, Skuba trabajó como un alquimista. Sacrificó al animal y, con la precisión de quien cose el calzado de un rey, rellenó la carcasa con una mezcla letal de azufre y alquitrán que tenía en su pobro vivienda,  sellándola con grasa para que el olor engañara al monstruo.
    Al día siguiente el joven Skuba monto la oveja llena de azufre y alquitran en su carromato y lentamente se dirigió a la base de la colina Wawel, donde habían reportado la presencia del dragón . Allí efectivamente encontro una gran caverna con rastros de huesos animales y humanos. Era claro que en aquel lugar el dragón pasaba sus días. 
    Entrando sigiloso vio como el dragón dormía en su guarida de roca, Skuba se deslizó como una sombra y depositó la falsa ofrenda en el umbral de la cueva.
    Al amanecer, el dragón emergió y, cegado por el hambre y vio como una gran oveja se encontraba a la entrada de su guarida. Hambriento no lo pensó dos veces y abalanzándose sobre ella  engulló la trampa de un bocado. Casi al instante, la mezcla comenzó a arder en su vientre y aquel azufre que estaba en el cuerpo de la oveja come

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Acerca de Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

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Generated: 2/14/2026 - 2:35:42 AM