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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
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  • Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

    742. El pueblo

    04/2/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez un pueblo que estaba en el medio de una valle creado por altas cumbres que siempre siempre se encontraban blancas por la nieve perpetua. El pueblo no tenía recuerdos de quien lo había fundado o de donde venían todos sus habitantes pero el pueblo estaba allí. Su nombre era San Judas Tadeo y el valle era llamado la eterna pausa. 
    Todos decían y era verdad que la vida en aquel pueblo era de un predecible lineal que desafiaba la naturaleza. San Judas Tadeo tenía una característica, siempre tenía el mismo clima y siempre tenía el mismo cielo azul que nunca cambiaba. Todo era igual en San Tadeo y sus habitantes se habían acostumbrado a la inmutabilidad de su entorno y su clima. 
    La estructura física del pueblo también era predecible. Todas las casas estaban asentadas sobre calles de piedra pulida y todos los tejados de todas las casas era rojos e igualmente las casas tenían sus paredes blancas. Todo pues era bastante monótono y repetitivo. 
    Lo anterior llevaba a que todos los habitantes se sintieran muy orgullosos de su pueblo y de su estilo de vida. 
    Todos repetían una frase que resumía la naturaleza de su pueblo. En San Judas nadie se pierde ya que sin importar la dirección que tomaran siempre aparecían en el origen. Esto no era simple retorica era la verdad absoluta. 
    Esto era así porque si caminaban lo suficiente hacia el norte, terminaba entrando al pueblo por la plaza del sur. Se había comprobado que si alguien salida de la casa y giraba hacia la derecha tres veces se llegaba a la propia casa sin saber como había sucedido. 
    Dentro del pueblo siempre se había explicado esto como que los que crearon el pueblo tuvieron la precaución de evitar extravíos. 
    Un día uno de los habitantes llamado mateo decidio probar y entender que era lo que sucedía y una mañana antes que todos hubieran despertado salió de su casa con un gran tarro de pintura roja y comenzó a caminar dejando caer un pequeño hilo de pintura que acompañaba su caminar. 
    Después de una hora comenzó a notar algunos detalles que lo hacían preguntarse realmente donde vivía. Encontró que las escalinatas que subían a lo alto de la montaña finalmente lo llevaba a la plaza del pueblo, Encontró que cuando llegaba a la última de las casas estas se desdoblaban y se veía entrando por las casas del otro lado del pueblo. Pero lo más extraño es que en un momento alcanzo a ver la espalda de alguien que el juraría era su propia espalda y que inmediatamente desapareció en una esquina. Todo esto sucedía mientras el hilo de color rojo seguia marcando las calles mostrando que muchas veces había pasado por el mismo sitio sin haber nunca desviado su camino. 
    Finalmente entendió lo que sucedía en su pueblo. El era uno de los habitantes de una burbuja de tiempo y espacio que se torcía en si misma formando la versión gigante de un nudo gorgiano. 
    Preocupado decidio correr a la plaza del pueblo y grito. 
    Nuestro pueblo es un laberinto, no hay salida y nunca podremos encontrar el mundo exterior. Nuestro pueblo es una serpiente que se muerde a si misma.
    La gente que salia a trabajar como cada día paro y lo miro extrañada. Nunca nadie había oído tal teoría. Nunca nadie los había hecho pensar en que no podrían salir del pueblo y que nunca entenderían que era el mundo exterior
    De pronto el cartero que conocía cada una de las casas y calles del pueblo se acercó y le dijo. 
    Mateo no digas más. El mundo exterior es una leyenda urbana solo vives para el pueblo y dentro del pueblo. Nadie es un prisionero solamente debes seguir viviendo dentro del pueblo y ser feliz. Y Mateo entendio que el estaba equivocado y que todo el pueblo merecía vivir
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    741. El dragón de Wawel (Leyenda Polonia)

    02/2/2026 | 7 min
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    uan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez Príncipe  que vivia en lo que hoy conocemos como polonia. Su nombre era urante Krakus  y durante anos su reino era lo más cercano al paraíso. Pero la prosperidad es un aroma que atrae a las sombras según dicen los viejos. La desgracia llegó sin aviso: primero fueron los rebaños los que mermaron; luego, los pastores comenzaron a desaparecer y en la región decían que se los había llevado el silencio y luego se fue filtrando poco a poco en las tabernas de lo que hoy es Cracovia la idea que  pues nadie regresaba de las brumas del río vistula . Así con estos sucesos lo que antes era un reino de esplendor paso a ser oscuro y triste
    Por muchos anos todo esto que sucedia era un enigma  que nadie podía resolver hasta que un joven herbolario, buscando plantas medicinales en las riberas del Vístula, se aventuró a los pies de la imponente Colina de Wawel. Allí mientras trataba de recoger algunas de las hojas que necesitaba vio algo que lo lleno de horror. Frente a el había una colección de huesos humanos blanqueados por el agua y, sobre la roca viva, una cueva que exhalaba muerte. A su entrada, bañado por un sol que solo se filtraba timidamente por la bruma, descansaba el terror. Tenía el cuerpo blindado por escamas de un amarillo verdoso brillante y sus patas eran gruesas como troncos de robles centenarios. Era un dragón que se había instalado en aquellos parajes y que era el causante de las penurias de sus habitantes.
    La noticia corrió como fuego en paja seca. El Príncipe Krak, tras escuchar el relato del joven, convocó a sus caballeros y sabios. Los valientes partieron con espadas de acero templado, pero ninguno regresó. El acero se derretía y la valentía se convertía en ceniza ante el aliento de la bestia.
    Desesperado, Krak lanzó su proclama final al viento:
    "Aquel que libere al pueblo, sea noble o plebeyo, recibirá la mano de la princesa Wanda y la mitad de mi reino".
    Príncipes de tierras lejanas fracasaron. Justo cuando el propio Krak se ajustaba la armadura para enfrentar un destino suicida, un humilde aprendiz de zapatero llamado Skuba cruzó las puertas del castillo. No llevaba lanza, sino una idea.
    "Dadme una oveja y grasa y yo acabare con ese dragon", pidió el joven. Al inicio los grandes caballeros del reino simplemente se burlaron del joven, pero este insistia en que el tenía la solución. Fue tanto lo que insistió que finalmente el príncipe con la sola intención de salir de el ordeno que le dieran la oveja y la grasa que el solicitaba. 
    Bajo el amparo de la noche, Skuba trabajó como un alquimista. Sacrificó al animal y, con la precisión de quien cose el calzado de un rey, rellenó la carcasa con una mezcla letal de azufre y alquitrán que tenía en su pobro vivienda,  sellándola con grasa para que el olor engañara al monstruo.
    Al día siguiente el joven Skuba monto la oveja llena de azufre y alquitran en su carromato y lentamente se dirigió a la base de la colina Wawel, donde habían reportado la presencia del dragón . Allí efectivamente encontro una gran caverna con rastros de huesos animales y humanos. Era claro que en aquel lugar el dragón pasaba sus días. 
    Entrando sigiloso vio como el dragón dormía en su guarida de roca, Skuba se deslizó como una sombra y depositó la falsa ofrenda en el umbral de la cueva.
    Al amanecer, el dragón emergió y, cegado por el hambre y vio como una gran oveja se encontraba a la entrada de su guarida. Hambriento no lo pensó dos veces y abalanzándose sobre ella  engulló la trampa de un bocado. Casi al instante, la mezcla comenzó a arder en su vientre y aquel azufre que estaba en el cuerpo de la oveja come
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    740. El Sapo Conchudo (Infantil)

    28/1/2026 | 8 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Había una vez, Hace muchos, muchísimos años, cuando los animales hablaban y compartían secretos con el viento, una selva en latinoamerica donde un un rumor estaba corriendo  por toda la selva Dicho rumor decía que: ¡Habría una gran fiesta en el cielo!
    Se decía que San Pedro había organizado un banquete con música de arpas y nubes de algodón dulce, pero había una regla estricta:  solo estaban invitados los animales que tuvieran alas.
    Claro que las aves estaban felices Todas inmediatamente se pusieron sus mejores plumajes. Las guacamayas se pintaron de rojo y azul, los tucanes pulieron sus picos  y sus plumas multicolores y las águilas ensayaron su vuelo más elegante con sus grandes alas.. Abajo, en la tierra, los animales sin alas miraban con envidia y veían como todas las que volaban se preparaban para ir a la fiesta
    Pero había un animal que no tenía alas pero  que no se resignaba: el Sapo. El Sapo, que era bocón,  y simpático era ademas muy terco, Así que le dijo a sus amigos: —No se preocupen, yo también voy a ir a esa fiesta. ¡No me perdería esa rumba por nada del mundo!  Cuando los animales terrestres oyeron esto soltaron la carcajada carcajadas. —¿Tú? ¿Un sapo gordo y pesado que ni siquiera puede correr rápido?  Vas a ir a la fiesta al que están invitados solo las aves. ¡No seas iluso! —le decían.
    Pero el Sapo que era muy testarudo no no les hizo caso. El sapo además sabía que Don Gallinazo (el buitre), que era el mejor guitarrista de la región, estaba invitado para tocar en la fiesta. Así que salto a salto el El Sapo fue sigilosamente hasta la casa de Don Gallinazo y cuando llego allí vio que este había dejado su guitarra descansando en el suelo mientras se arreglaba las plumas.
    Allí el sapo vio la oportunidad. Sin hacer ruido, el Sapo dio un salto y... ¡Zas!, se metió dentro de la guitarra por el agujero de la caja de resonancia. Se quedó muy quieto, aguantando la respiración y sin hacer ningun ruido.
    Al rato, salió Don Gallinazo, se colgó la guitarra al hombro y alzó el vuelo hacia las nubes. —¡Qué pesada está esta guitarra hoy! —se quejó el Gallinazo a mitad de camino—. Debe ser la humedad.  Y siguió volando sin saber que tenía un sapo en la guitarra.
    Cuando llegaron al cielo, Don Gallinazo dejó la guitarra en un rincón y se fue a buscar un refresco ya que el vuelo le había dado mucha sed. Cuando el Gallinazo se había marchado . El Sapo aprovechó, salió de la guitarra y se mezcló entre los invitados como si hubiera sido invitado.
    ¡Qué sorpresa se llevaron las aves! Veían al Sapo bailando salsa, contando chistes y comiendo moscas celestiales que sabían a miel. Algunas de las avies discretamente se fueron acercando y le decían  asombrados—¿Cómo subiste hasta aquí, Sapo?—¡Ah! —decía él haciéndose el misterioso—. Es que yo tengo mis secretos mágicos 
    Así que ya que estaba allí El Sapo comió, bebió y bailó hasta que el sol empezó a esconderse. Lo único que Sabía el Sapo era que tenía que volver a la guitarra de el Gallinazo antes de que este regresara así que eso hizo,  salto y salto hasta que llego y al guitarra y se metió de nuevo en la guitarra de Don Gallinazo.
    Terminada la fiesta, el Gallinazo regreso a donde había dejado la guitarra,  se colgó el instrumento y emprendió el vuelo de regreso a la tierra. Pero esta vez, el Sapo, que había comido y bebido demasiado, estaba feliz y un poco mareado. Sin darse cuenta, empezó a tararear una canción dentro de la guitarra: —¡Qué buena fiesta, croac, croac! ¡Qué bien comí, croac, croac!
    El Gallinazo escuchó el ruido. Extrañado, miró dentro del agujero de la guitarra y vio los ojos saltones del
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    738. Maui el Pescador (Mito Nueva Zelandia)

    26/1/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez en los tiempos en que el océano era un manto infinito que cubría casi todo el mundo, un ser llamado Māui-tikitiki-a-Taranga. Este Maui No era un dios completo, ni un simple mortal; era un embaucador, un héroe de ingenio afilado y manos rápidas, despreciado por sus hermanos mayores, quienes solo veían en él a un pequeño alborotador.
    Pero Māui guardaba un secreto: poseía el Muri-ranga-whenua, un anzuelo tallado no en madera ni en piedra, sino en la mandíbula sagrada de su abuela ancestral. El hueso brillaba con una luz pálida y pulsaba con una magia antigua, capaz de atrapar más que simples peces.
    Una noche sin luna, los hermanos de Māui prepararon su gran canoa (waka) sigilosamente. Querían dejar atrás al "pequeño molesto". Pero Māui, usando su habilidad para cambiar de forma, se encogió y se ocultó en las tablas del suelo de la canoa, bajo las redes húmedas y el olor a salitre.
    Cuando la canoa estuvo tan lejos que la costa era solo una línea borrosa, Māui emergió. Sus hermanos, furiosos, intentaron dar la vuelta, pero Māui se irguió en la proa. Con un gesto de su mano y un encantamiento susurrado, estiró el horizonte. El mar se expandió mágicamente frente a ellos, haciendo que la costa desapareciera para siempre. Estaban atrapados en el Gran Océano de Kiwa.
    —Naveguen hasta que el agua se vuelva negra y fría —ordenó Māui—. Allí es donde duermen los verdaderos monstruos.
    Llegaron al corazón del océano, donde las olas no tenían espuma y el silencio era absoluto. Los hermanos lanzaron sus líneas y pescaron atunes gordos y tiburones, riendo satisfechos.
    —Eso es comida para niños —se burló Māui.
    Sacó su anzuelo ancestral, intrincadamente tallado y adornado con nácar y pelo de perro. Pero no tenía cebo. Sus hermanos, egoístas, le negaron un trozo de sus capturas. Sin dudarlo, Māui cerró el puño y se golpeó la nariz con fuerza. Una gota de su propia sangre divina, espesa y carmesí, cayó sobre el hueso de su abuela. El anzuelo siseó al contacto, hambriento.
    Māui lanzó la línea. El anzuelo no solo se hundió; atravesó el agua, descendió a las profundidades abisales, pasó las corrientes frías y se enganchó en los cimientos mismos del mundo sumergido.
    De repente, la línea se tensó como una cuerda de acero. La gran canoa crujió y la proa se hundió violentamente en el agua.
    —¡Corta la línea, nos hundiremos! —gritaron los hermanos, aterrorizados.
    Pero Māui comenzó a entonar un haka poderoso, un canto de fuerza y voluntad. Sus músculos se hincharon, su piel brillaba con sudor y magia. No estaba peleando contra un pez; estaba luchando contra el dios del mar, Tangaroa.
    El océano comenzó a hervir. Burbujas gigantescas de gas y vapor estallaron en la superficie. Con un rugido que hizo temblar el cielo, la captura emergió.
    No era una ballena. Era una casa de piedra y tierra. Era un gigante.
    El agua se escurrió en cascadas torrenciales revelando montañas verdes, acantilados de roca negra y valles profundos. Māui había pescado Te Ika-a-Māui (El Gran Pez de Māui), lo que hoy conocemos como la Isla Norte. La canoa quedó varada en la cima de lo que hoy es el Monte Hikurangi.
    Māui, exhausto pero victorioso, miró su creación. Era una tierra plana y suave, lista para ser habitada. —Quedaos aquí —advirtió a sus hermanos con voz de trueno—. Voy a agradecer a los dioses y a purificar esta tierra. No toquéis al Pez hasta que yo vuelva, o la magia se volverá inestable.
    Pero tan pronto como la silueta de Māui desapareció, la codicia consumió a los hermanos. —¡Esta parte e
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    737. El alma del Conde

    24/1/2026 | 9 min
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    Juan David Betancur Fernandez
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    Habia una vez en el medioevo un conde llamado Ludwid que para el horror de su hijo Judwid Jr había muerto en medio de fiebres delirantes y gritos de espanto. . El hijo crecio y recordaba a su padre en aquellos últimos momentos y deseaba entender que había pasado con su padre. Ludwig Jr vivía en su condado y al igual que su padre había conservado su fortuna a partir de maltrato a sus súbditos y a la utilización de su poder para imponerse sobre todos en todas las situaciones. atormentado por la curiosidad más que por la piedad, hizo una promesa solemne ante su corte de aduladores:
    "Aquel que tenga el valor de rasgar el velo de la muerte y traerme la verdad sobre el destino del alma de mi padre, será recompensado con una mansión y tierras propias. No quiero consuelos de clérigos, quiero la verdad." Y solo yo se como confirmar que es verdad
    La proclama viajó de taberna en taberna hasta llegar a los oídos de un caballero caído en desgracia. Su armadura estaba oxidada y su capa raída, pero su mente era una biblioteca de sombras. Versado en las artes prohibidas de la nigromancia, este hombre, cuyo nombre la historia ha decidido olvidar para proteger su descanso, vio en el desafío su última oportunidad para salir de la miseria.
    Una noche sin luna, el caballero trazó los círculos de protección con sal y mercurio en las ruinas de una capilla abandonada. Entonó palabras que hacían sangrar las encías y, tras un estruendo que olió a azufre y carne quemada, una entidad se materializó. No era una sombra deforme, sino un espíritu de maldad antigua, elegante y aterrador.
    El caballero, temblando pero firme, exigió saber el paradero del Conde Ludwig. El demonio, atado por las leyes inmutables del conjuro, hizo un juramento estremecedor: —Por el Nombre Innombrable del Supremo y por el Juicio Final que a todos nos aguarda, te llevaré al sitio, verás lo que debes ver, y te regresaré a este plano mortal con el aliento aún en tu pecho.
    El mundo se disolvió. El caballero sintió cómo la realidad se rasgaba y, de pronto, caminaba por senderos de ceniza caliente bajo un cielo de color púrpura enfermo. Vio ciudades de hierro incandescente y ríos de plomo derretido donde las almas se retorcían como gusanos en el fuego. Los gritos no eran humanos; eran la música de la desesperación eterna.
    Su guía, inmutable ante el horror, lo condujo a través de nueve círculos de agonía hasta llegar a un pozo que parecía no tener fondo. Allí, sentado sobre una losa de piedra negra que sellaba el agujero, aguardaba un diablo colosal, cuya piel escamosa brillaba con el sudor del inframundo.
    —Abre la boca del abismo —ordenó el guía—. Toca la llamada.
    El guardián levantó la tapa ardiente. Una columna de calor, tan intensa que secó las lágrimas de los ojos del caballero al instante, brotó del agujero. El diablo tomó una trompeta de bronce, larga y retorcida como el cuerno de una bestia primordial, e introdujo la boquilla en la oscuridad.
    Cuando sopló, el sonido no fue un viento, sino un terremoto. El caballero sintió que sus huesos vibraban y que el universo entero se estremecía ante aquel lamento metálico.
    Del agujero, como un volcán en erupción, el abismo escupió una llamarada de azufre azulado. Y en el centro de las chispas, flotando en agonía, apareció el viejo Conde Ludwig. No era más que una silueta de dolor, con los ojos convertidos en carbones encendidos.
    El caballero, armándose de un valor que no sabía que tenía, gritó sobre el estruendo: —¡Tu hijo me envía! ¡Quiere saber de tu estado y si existe alguna forma de aliviar tu condena!
    La voz del espectro sonó como madera rompiéndose: —¡Mi estado

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Acerca de Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

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Generated: 2/6/2026 - 10:08:05 PM