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Juan David Betancur Fernandez
[email protected]Había una vez, en lo más profundo y sombrío de un bosque, una pareja de carboneros. Sus rostros siempre estaban manchados de hollín y sus manos callosas de tanto cargar leña. Pero lo peor no era el trabajo, sino el hambre. Aquel año, el frío había sido cruel y nadie tenía monedas para comprar carbón.
Mientras compartían una costra de pan duro, la mujer, que tenía la lengua tan afilada como un hacha, se lamentaba: —¡Ay, qué desgracia! Y todo por culpa de esa mujer, nuestra madre Eva. Si no hubiera sido tan curiosa, si no hubiera mordido esa maldita manzana, hoy estaríamos en el Paraíso comiendo manjares en lugar de pasar penurias. ¡Qué tonta fue!
El marido solo suspiraba, asintiendo con la cabeza baja, mientras su estómago rugía.
De pronto, el estruendo de cascos de caballos y el brillo de metales preciosos rompió la calma del bosque. Una carroza de oro se detuvo ante su choza y de ella bajó el Rey.
—He oído sus quejas —dijo el monarca con una sonrisa enigmática—. Vengan conmigo. Les daré una vida de ensueño donde el hambre será solo un mal recuerdo.
Los carboneros, atónitos, subieron a la carroza. Al llegar al palacio, fueron bañados en aguas perfumadas, les quitaron el hollín de las uñas y los vistieron con sedas y terciopelos.
Fueron conducidos a un comedor señorial. La mesa gemía bajo el peso de la comida: faisanes asados, pescados bañados en salsas de oro, frutas que parecían joyas y vinos que brillaban como rubíes. Los ojos de los carboneros casi se salen de sus órbitas.
Pero antes de dejarlos solos, el Rey señaló una sopera de oro situada justo en el centro de la mesa. Estaba cerrada y era la pieza más hermosa de la vajilla.
—Escuchen bien —advirtió el Rey—. Pueden comer todo lo que vean, disfrutar de las fiestas y vivir aquí como nobles. Pero jamás, bajo ninguna circunstancia, deben levantar la tapa de esta sopera. Si lo hacen, la desgracia caerá sobre ustedes y volverán a su miseria.
—¡Jamás la tocaremos! —exclamó el hombre. —Para mí, esa sopera ni siquiera existe —añadió la mujer, ansiosa por hincarle el diente a un muslo de pollo.
Pasaron las semanas. Al principio, la pareja vivía en un éxtasis constante. Engordaron, sus mejillas se pusieron rosadas y dormían en sábanas de hilo fino. Pero, como suele suceder, cuando el estómago está lleno, la mente empieza a divagar.
La carbonera empezó a mirar la sopera con recelo. —¿Por qué estará ahí si no podemos usarla? —murmuraba. —Déjala en paz, mujer. Tenemos de todo —respondía el marido.
Pero la curiosidad es como una rata que roe por dentro. La mujer empezó a perder el sueño. "¿Será un diamante gigante? ¿Será el secreto de la eterna juventud? ¿Por qué tanto misterio por una simple sopa?".
Un día, mientras los criados descansaban y el silencio reinaba en el palacio, la mujer no pudo más. —Solo voy a levantarla un milímetro. Solo para ver si hay algo dentro —dijo acercándose a la mesa. —¡No lo hagas! ¡Nos arruinarás! —suplicó el marido, pero ella, llamándolo cobarde, lo apartó de un empujón.
Con dedos temblorosos, la carbonera agarró el pomo de oro y levantó la tapa. No hubo luz, ni joyas, ni perfumes. De la sopera saltó una pequeña y veloz rata gris que chilló y se escabulló por el suelo del comedor.
En ese preciso instante, las puertas se abrieron de par en par. El Rey entró con su guardia, y su rostro ya no era amable, sino severo como el mármol. —¡Lo han hecho! —rugió—. No han podido resistir la curiosidad, exactamente igual que aquellos a quienes tanto criticaban.
Sin tiempo para súplicas, los soldados los despojaron de sus ricas vestiduras. En un abrir y cerrar de