Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Juan David Betancur Fernandez

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Juan David Betancur Fernandez
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Todas las tardes al salir de la escuela tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y bello, con suave hierba verde. Acá y allá sobre la hierba brotaban hermosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de flores delicadas rosa y perla y en otoño daban sabroso fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.-¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros. Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños que estaban jugando en el jardín.-¿Qué estáis haciendo aquí? -gritó con voz muy bronca. Y los niños se escaparon corriendo.-Mi jardín es mi jardín -dijo el gigante-; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él. Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero: PROHIBIDA LA ENTRADA BAJO PENA DE LEY Era un gigante muy egoísta. Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro lado.-¡Qué felices éramos allí! -se decían. Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos. Sólo en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.-La primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaron-, así que viviremos aquí todo el año. La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas hasta que las tiraba.-Este es un lugar delicioso -dijo-. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita. Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su aliento era como el hielo.-No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar -decía el gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco-. Espero que cambie el tiempo. Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.-Es demasiado egoísta -decía. Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles. Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían de ser los músicos del rey que pasaban. En realidad era sólo un pequeño pardillo que cantaba delante de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso a través de la ventana abierta.-Creo que la primavera ha llegado por fin -dijo el gigante. Y saltó del lecho y se asomó. ¿Y qué es lo que vio? Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena. Sólo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y bramaba sobre su copa.-Trepa, niño -decía el árbol-, e inclinaba las ramas lo más que podía. Pero el niñó era demasiado pequeño. Y el corazón del gigante se enterneció mientras miraba.-¡Qué egoísta he sido! -se dijo-; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí. Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín será el campo de recreo de los niños para siempre jamás. Realmente sentía mucho lo que había hecho. Así que bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy suavemente y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que se escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Sólo el niño pequeño no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al gigante. Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y le cogió con suavidad en su mano y le subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello del gigante, y le besó. Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.-El jardín es vuestro ahora, niños -dijo el gigante. Y tomó un hacha grande y derribó la tapia. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Siguiendo su viaje su barco tuvo que cruzar un angosto paso marino custodiado por dos monstruos temibles la criatura de seis cabezas Escila y el remolino Caribdis. Escila era Un monstruo horrendo de seis cabezas y doce patas oculto en una cueva en la pared del acantilado. Y Caribdis era Un torbellino marino gigantesco que tragaba y escupía el agua tres veces al día, destruyendo cualquier barco entero.
Circes le habia advertido sobre estos monstruos y le habia dicho que que era imposible luchar contra Escila y que debía elegir el mal menor: acercarse más a la cueva de Escila que al torbellino de Caribdis, sacrificando a seis hombres en lugar de perder el barco entero.
Odiseo siguió el consejo con el corazón destrozado: mientras los marineros miraban aterrorizados el remolino de Caribdis, Escila bajó sus seis cuellos desde las rocas y atrapó a seis marineros, devorándolos en la entrada de su cueva
Llegaron a la isla de Trinacia, donde pastaban los rebaños sagrados de Helios (el dios del Sol). Recordando las profecías de Tiresias y Circe, Odiseo insistió en ni siquiera desembarcar. Sin embargo, Euríloco y la tripulación, exhaustos y amotinados, lo obligaron a atracar para descansar solo una noche, jurando solemnemente que no tocarían a los animales.
Sin embargo la desesperación por la falta de alimento llevó a los marineros —durante el sueño de Odiseo— a sacrificar y devorar las vacas sagradas de Helios. : Helios, furioso, amenazó a Zeus con bajar al Inframundo e iluminar a los muertos si no castigaba a los culpables. Debido a esta amenaza de Helios Zeus desencadenó un rayo devastador en medio de una tormenta feroz.
El barco de Odiseo saltó en pedazos y toda la tripulación murió ahogada en las aguas oscuras y Solo Odiseo sobrevivió. Agarrado al mástil y a la quilla del barco destrozado, a la deriva durante nueve días, fue arrastrado de vuelta hacia Caribdis (donde logró salvarse colgándose de la rama de una higuera silvestre) y finalmente las corrientes lo llevaron a las playas de la isla de Ogigia.
En Ogigia habitaba la bella ninfa Calipso, quien se enamoró perdidamente de Odiseo. Lo acogió en su cueva y lo retuvo como su amante durante siete largos años, ofreciéndole la inmortalidad y la juventud eterna si se quedaba con ella.
Pero Odiseo, sumido en la nostalgia, pasaba los días sentado en las rocas de la orilla mirando al mar y llorando por su esposa Penélope y su patria Ítaca.
Finalmente, la diosa Atenea intervino en el Olimpo y Zeus envió al dios Hermes para ordenar a Calipso que liberara al héroe y esta finalmente acepto.
Odiseo construyó una balsa con sus propias manos y zarpó. Tras sufrir un último ataque de Poseidón en el mar que aún lo acechaba, naufragó en la isla de los feacios (Esqueria) hoy conocida como corfu. y despues de nadar hasta la playa donde se acosto a dormir para recuperar el cansancio. Al otro dia vio a una joven con dos doncellas jugando. Era Nausicaa la hija del rey Alcino.
Allí fue socorrido por la princesa Nausícaa y recibido en la corte del rey Alcínoo, a quien relató toda su travesía.
Tras escuchar conmovido toda la historia de las travesías de Odiseo, el rey Alcínoo y los nobles feacios le otorgaron valiosos regalos de despedida: túnicas, mantos, lingotes de oro de fino acabado y grandes calderos de bronce.
Al día siguiente, organizaron un banquete de despedida y sacrificaron un buey a Zeus.
Los feacios eran famosos por ser navegantes míticos cuyos barcos no necesitaban timón ni piloto, pues las propias naves leían la mente de sus tripulantes y cortaban las olas a una velocidad inalcanzable. A la caída de la tarde, acomodaron a Odiseo en la popa de la nave sobre una alfombra de lino y un grueso cobertor. En cuanto los remeros soltaron las amarras, un sueño dulce, profundo e insensible como la muerte cayó sobre el héroe, liberándolo por fin del trauma acumulado durante diez años de guerras y diez años de naufragios. Los marineros feacios no quisieron despertar a Odiseo: La nave feacia voló sobre las aguas "más rápida que un halcón", cruzando el mar Ionio en una sola noche.
Al despuntar la aurora, la nave llegó a la costa de Ítaca, desembarcando en el tranquilo puerto natural de Forcis, custodiado por una cueva sagrada dedicada a las Ninfas. Con sumo cuidado, lo levantaron en brazos mientras seguía profundamente dormido en su sábana. Lo depositaron suavemente sobre la arena de la playa. Colocaron junto a él todos los tesoros de oro, bronce y telas que le habían regalafo, apilándolos al pie de un olivo para que ningún caminante los robara antes de que él despertara. Y Hecho esto, emprendieron el viaje de regreso a su isla.
Poseidón, indignado al ver que los feacios habían llevado a Odiseo a su patria sano, salvo y cargado de riquezas, acudió a Zeus a quejarse. Con el permiso del rey de los dioses, Poseidón esperó a que la nave feacia estuviera llegando a su puerto de origen y, de un solo golpe de su mano, transformó el barco y a su tripulación en una masa de piedra, fijándolo para siempre al fondo del mar a la vista de toda la ciudad y que aun se conserva a la vista de los visitantes de Corfu.
Cuando Odiseo despertó en la playa, no reconoció su propia patria. Había estado ausente durante 20 años y, además, la diosa Atenea había cubierto toda la isla con una densa niebla para protegerlo y planear la venganza contra los pretendientes.
Odiseo pensó amargamente que los feacios lo habían engañado y abandonado en una tierra extraña. Comenzó a contar angustiado sus tesoros para ver si le habían robado algo, hasta que la propia Atenea se le apareció disfrazada de un joven pastor.
Cuando Odiseo le preguntó dónde estaba, la diosa sonrió y le reveló la verdad: por fin estaba en Ítaca después de 10 años de viaje.
Atenea se mostró en su forma divina, disipó la niebla y ayudó a Odiseo a esconder el tesoro de los feacios dentro de la cueva de las Ninfas. A partir de ese momento, la diosa tocó a Odiseo con su vara, transformándolo en un viejo mendigo arrugado, harapiento y sucio para que pudiera entrar en su palacio de incógnito e iniciar la reconquista de su hogar. Su palacio se hallaba profanado por más de un centenar de codiciosos pretendientes que devoraban sus riquezas e intentaban forzar un matrimonio con Penélope. La reina había logrado contener la situación con astucia, prometiendo elegir esposo al concluir la elaboración de la mortaja para Laertes, tela que destejía a ocultas de noche hasta ser descubierta.
Disfrazado de mendigo, Odiseo se dirigió primero a la cabaña de Eumeo, el fiel porquerizo del palacio. Eumeo, sin reconocer a su rey, lo acogió con ejemplar hospitalidad (xenia), compartiendo su modesta comida y lamentando la ausencia de su amo.
Poco después llegó a la cabaña Telémaco, el hijo de Odiseo, quien acababa de regresar de un peligroso viaje por Esparta y Pilos buscando noticias de su padre
Cuando Eumeo salió de la choza, Atenea le devolvió temporalmente a Odiseo su aspecto majestuoso. Tras un emotivo abrazo entre lágrimas, padre e hijo se reencontraron después de 20 años y diseñaron el plan para erradicar a los usurpadores.
Odiseo volvió a vestir sus trapos de mendigo y entró al palacio para probar la lealtad de los siervos y la actitud de los pretendien A la entrada de la casa, el anciano perro de Odiseo, Argos, echado sobre un montón de estiércol y muy viejo, reconoció a su dueño tras dos décadas. Movió la cola, bajó las orejas y, tras ver a su amo una última vez, murió en paz. tes:
Líderes de los pretendientes como se burlaron del falso mendigo, lo insultaron e incluso Antínoo le arrojó un taburete a la espalda. Odiseo soportó los humillaciones guardando su rabia para el momento oportuno.
La anciana nodriza de la casa, Euriclea, lavó los pies del viajero por orden de Penélope. Al hacerlo, reconoció a Odiseo de inmediato al tocar una cicatriz en su pierna (causada por el ataque de un jabalí en su juventud). Odiseo le tapó la boca rápidamente y le exigió guardar el secreto.
Penélope, desesperada y presionada para elegir un nuevo esposo, anunció una competencia final ideada bajo la inspiración indirecta de Atenea:
Se casaría con aquel pretendiente capaz de tensar el enorme arco de Odiseo (que solo el héroe podía manejar) y hacer pasar una flecha limpiamente a través del ojo de doce hachas alineadas.
Uno a uno, los pretendientes lo intentaron. Ni con la fuerza combinada de todos ni calentando la madera con grasa lograron siquiera doblar el arco.
En ese momento, el "mendigo" pidió su turno. A pesar de las protestas temerosas y burlonas de los pretendientes, Telémaco ordenó que le entregaran el arma, mientras Eumeo y el boyero Filetio cerraban y atrancaban con cadenas todas las puertas del gran salón.
Odiseo tomó el arco, lo examinó con calma y lo tensó con la misma facilidad con que un músico afina las cuerdas de una lira. Disparó la flecha y la hizo pasar limpiamente por las doce hachas.
Inmediatamente, se despojó de sus harapos, saltó sobre el umbral de la puerta y le gritó a la multitud horrorizada:
"¡Perros! Pensabais que nunca volvería de Troya... ¡ahora la muerte os ha atrapado a todos!"
Odiseo disparó la segunda flecha directamente a la garganta de Antínoo mientras este levanta - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Después de navegar un largo trayecto sin rumbo fijo llegaron a la isla de Eolo, soberano de los vientos. Esta era una isla flotante que estaba protegida por un muralla de bronce indestructible. Eolo era quien comandaba los vientos y las tormentas acogió a Odiseo y sus hombres y le permitió vivir allí por un mes entero, fascinado por los relatos sobre la guerra de troya de aquel héroe. Cuando Odiseo decidio continuar su viaje Eolo que deseaba ayudar al héroe a regresa a casa le entrego un odre de buey que encerraba los vientos tempestuosos, dejando libre solo la brisa del oeste para guiar las naves a Ítaca.
Tras nueve días de navegación constante, cuando las costas de su hogar eran visibles , la tripulación sospechó por codicia que el zurrón guardaba oro, Cansado tras no haber soltado el timón en nueve días, Odiseo se rindió al sueño. En ese momento, sus hombres, dominados por la envidia y la desconfianza, empezaron a murmurar entre ellos pensando que Odiseo guardaba en la bolsa de piel grandes tesoros de oro y plata regalados por Éolo que no quería compartir.
Desataron el nudo del odre y todos los vientos huracanados escaparon de golpe. La tormenta desatada arrastró inmediatamente los barcos de vuelta mar adentro, lejos de Ítaca y de regreso a la Isla de Eolia.
Cuando Odiseo volvió a suplicar la ayuda de Éolo, este, indignado, lo expulsó de la isla diciéndole que debía estar maldito por los dioses y que no ayudaría a alguien a quien las divinidades aborrecían.
Tras ser expulsados con desprecio por Éolo, la moral de los hombres estaba por los suelos. Ya no tenían vientos favorables, por lo que tuvieron que remar sin descanso día y noche durante seis días.
Al séptimo día, llegaron a la tierra de los Lestrigones
Odiseo envió a tres exploradores para averiguar qué clase de gente habitaba la zona. En las afueras de la ciudad, se encontraron con una joven que sacaba agua de un manantial, la hija del rey Antífates. Ella los guió hacia el palacio de su padre.
Al entrar, los exploradores quedaron horrorizados: la reina era tan gigantesca como la cumbre de una montaña. Inmediatamente llamó a su esposo, Antífates, quien atacó a los griegos sin mediar palabra. Atrapó a uno de los exploradores y se lo comió vivo allí mismo. Los otros dos echaron a correr aterrorizados de vuelta a la playa.
El rey Antífates dio la alarma por toda la ciudad y miles de lestrigones —que no eran hombres, sino gigantes monstruosos y caníbales— corrieron hacia los acantilados que rodeaban el puerto.
Desde lo alto de los peñascos, empezaron a arrojar inmensas rocas contra los barcos atrapados en la bahía.
Las naves griegas se destruían en mil pedazos y los hombres morían aplastados.
Los lestrigones bajaron a las aguas, ensartaron a los marineros sobrevivientes como si fueran peces con sus lanzas y se los llevaron para devorárselos.
Este sería, con diferencia, el desastre militar más sangriento y devastador de todo el viaje de Odiseo.
Desde fuera de la bahía, Odiseo escuchó el crujir de los barcos y los gritos desesperados de sus hombres, pero comprendió que el puerto era una trampa mortal y no había forma de salvarlos.
Sacó su espada, cortó rápidamente el amarradero de su barco y ordenó a sus remeros que remaran con todas sus fuerzas para alejarse de los acantilados.
El barco de Odiseo fue el único que logró escapar. Los otros 11 barcos quedaron completamente destruidos y toda su tripulación fue masacrada y devorada. De una flota de 12 naves y más de 500 hombres, ahora solo quedaba una sola nave con un puñado de sobrevivientes traumatizados.
Después de esto Odiseo y los pocos hombres que le quedaban en su barco llegaron a la isla Eea.
Tras descansar un par de días, Odiseo vio a lo lejos una columna de humo que salía de un denso bosque. Dividió a los sobrevivientes en dos grupos: uno bajo su mando y otro guiado por su cuñado y capitán de confianza, Euríloco.
Sortearon quién iría a explorar y le tocó al grupo de Euríloco con22 hombres. Al internarse en el bosque, encontraron el palacio de piedra pulida. Era el palacio de una bruja llamada Circe. Alrededor de la casa vagaban leones y lobos, pero en lugar de atacar, se comportaban de forma extraña: se acercaban mansos, moviendo la cola como perros domésticos (
Desde dentro del palacio se oía a Circe cantar con una voz celestial mientras tejía un gran telar. Los hombres la llamaron y ella salió a abrirles la puerta, invitándolos a entrar.
Todos entraron fascinados excepto Euríloco, que presintió una trampa y se quedó afuera vigilando desde las ventanas. Circe sirvió a los griegos un manjar de queso, cebada, miel y vino tinto... pero mezcló en la comida un pálido veneno mágico. Tan pronto como comieron:
Circe los tocó con su vara mágica y los transformó al instante en cerdos.
Conservaron su mente y conciencia humanas, pero adquirieron cabeza, voz, cerdas y cuerpo de cerdo.
La hechicera los encerró brutalmente en las pocilgas y les tiró bellotas para comer.
Euríloco corrió aterrorizado de vuelta a la nave para contarle a Odiseo que sus hombres habían desaparecido dentro del palacio.
Odiseo no lo dudó: agarro su espada, tomó su arco y marchó solo hacia el palacio para rescatar a su tripulación. En el camino por el bosque se le apareció el dios Hermes (el mensajero de los dioses), disfrazado de un joven apuesto.
Hermes le advirtió del peligro y le dio la clave para no caer bajo la magia de Circe:
Hermes se agacho y arrancó del suelo una misteriosa planta de raíz negra y flor blanca como la leche, esta planta se llamada Moly, y solo los dioses la pueden desenterrar. Hermes le dijo a Odiseo que la ingiriera para ser inmune a las pócimas y luego le dio las instrucciones precisas
"Cuando Circe te vierta la pócima y te toque con la vara, desenvaina tu espada y lánzate contra ella como si fueras a matarla. Ella se asustará y te ofrecerá su cama. No la rechaces, pero exígele antes un gran juramento por los dioses de que no tramará ninguna otra treta contra ti".
Odiseo entonces llegó al palacio para recuperar a sus amigos. Circe lo recibió con amabilidad, le dio a beber la copa envenenada y luego lo golpeó con la vara diciendo: "¡Vete ahora a la pocilga a tumbarte con tus amigos!".
Pero el brebaje no le hizo ningún efecto gracias al Moly. De inmediato, Odiseo desenvainó su espada brillante y se abalanzó sobre ella. Circe, aterrorizada y sorprendida de que alguien resistiera su magia, cayó de rodillas, le abrazó las piernas y adivinó de inmediato su identidad: "¡Tú debes ser el astuto Odiseo, el hombre del que Hermes me predijo que vendría algún día!".
Siguiendo las instrucciones de Hermes Odiseo le hizo jurar a la bruja Circe que no trataría de hacerle daño y la obligó a liberar a sus hombres. Circe los sacó de la pocilga, los ungió con un nuevo bálsamo y los devolvió a su forma humana, volviéndolos incluso más jóvenes y apuestos que antes.
Lo que comenzó como un enfrentamiento hostil entre Odiseo y Circe se convirtió en una estancia de confort y placer. Circe acogió a Odiseo como su amante y a la tripulación como huéspedes de honor. Así que por un año entero Odiseo y sus hombres vivieron y comieron a sus anchas en la isla de la bruja.
Al cabo de un año, los marineros le rogaron a Odiseo que recordara su patria. Cuando Odiseo le pidió permiso a Circe para marcharse, ella aceptó, pero le advirtió que no podría volver directo a Ítaca ya que todavia tiene encima la maldicion de Poseidón.
Para superar la ira del Dios del mar debera descender al Inframundo (el Hades) para consultar el fantasma del mas famoso adivino y profeta ciego Tiresias, quien le diría cómo superar la venganza de Poseidón y asi poder llegar finalmente a su hogar.
Siguiendo las instrucciones de Circe, Odiseo y sus hombres navegaron hasta los confines del Océano, a la tierra de los cimerios, una región sumida en la niebla y la noche eterna donde el sol nunca brilla.
Al desembarcar, Odiseo realizó el rito funerario: cavó un foso, vertió ofrendas de miel, leche, vino y agua, y sacrificó dos ovejas negras. La sangre brotó en la fosa y, atraídas por el olor, las almas (sombras) de los muertos salieron en masa desde las profundidades del Hades, entre gritos estremecedores.
Con la espada desenvainada, Odiseo tuvo que mantener a raya a las sombras para que solo bebieran la sangre aquellas con las que necesitaba hablar en particular el fantasma del adivino Tiresias.
Este profeta le confirma que el dios del mar lo esta persiguiendo por haber cegado a su hijo Polifemo y que su viaje aun tendría muchos mas incertidumbres. Le pronostico que algun dia llegarían a la isla del dios sol (helios) pero que le advertía que si tocaban o se comían los bueyes sagrados del Dios toda su tripulación moriría y su nave seria destruida. Además, le advirtió que si lograba él escapar de este designio llegaría solo y en una nave ajena a su tierra y que allí encontraría su casa invadida por hombres que pretenden a su esposa Penelope.
Preocupado Odiseo se preparó para continuar salir del Hades pero antes identifico entre los fantasmas que lo visitaban a su madre Anticlea y su dolor fue enorme ya que no sabía que su madre había& - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Habia una vez un guerrero rey de Itaca llamado Odiseo que había llegado a Troya para luchar junto a los aqueos en la liberación de la bella helena de manos de los troyanos. Habían transcurrido diez años desde que el victorioso Odiseo, contemplara por última vez a su abnegada esposa Penélope y a su hijo Telémaco para marchar a la guerra más allá de los confines de su bella tierra. Tras la caída de la ciudadela troyana gracias a su hábil ardid del caballo de madera que el mismo diseño y creo decidio finalmente embarcarse en sus naves junto a sus hombres rumbo a su tierra natal , sin imaginar lo que el destino le depararía en su largo periplo.
Saliendo de las costas de troya lo que hoy es Turquia se dirigieron hacia el oeste rumbo a lo que hoy se conoce como Grecia. Y en el camino pararon en la ciudad de Ismaro lugar de los cicones donde saquearon la ciudad. Allí un sacerdote llamado Maron es salvado por Odiseo ya que este era el sacerdote de el templo de Apolo y Odiseo no quería ofender a un Dios como el. Maron agradecido le regalo a Odiseo 12 anforas de un vino que era muy fuerte y concentrado y que se decía una copa tenía que ser diluida en 20 copas para poderse tomar. Así de fuerte y concentrado era.
Saliendo de Ismaro una tempestad que duro 10 dias con vientos en contra asoto sus barcos y les desvio el camino llegando a una tierra desconocida. Era la tierra de los lotófagos. Los lotófagos eran seres apacibles que se alimentaban de una dulce flor carnosa llamada loto, de ahí viene su nombre de comedores de loto, y cuya ingesta provocaba una amnesia inmediata sobre el pasado y la patria. Varios marineros de la tripulación sucumbieron a la flor y olvidaron su cometido, rápidamente se olvidaron de su Grecia y solo querían estar allí disfrutando de la fruta del loto. Comprendiendo que el olvido destruía la esencia de la persona y lo alejaba de su itaca y su esposa Penélope, Odiseo ordenó arrastrar a aquellos hombres a la fuerza, amarrándolos en los navíos para salvarlos de una existencia vacía.
Luego de un tiempo navegando tratando de llegar de nuevo a Grecia encontró Odiseo una isla que tenía cientos de cabras y allí desembarcaron. Durante un día cazaron cabras y se alimentaron tomando además del vino regalado a ellos en la tierra de los cicones. Al amanecer vieron que la isla de enfrente estaba habitada ya que tenia rebaños de ovejas. Odieseo decidió ir con algunos de sus hombres a explorar la isla de los dejando al resto esperando por ellos. Desde la costa vieron una gran cueva y cargando un odre de este vino subieron dispuestos a darse un gran banquete con las ovejas disponibles en la isla. La cueva pertenecía a un gigante de un solo ojo llamado Polifemo que era además hijo de Poseidón. Odiseo y sus hombres encontraron gran cantidad de quesos y corrales de ovejas y cabras y mientras estaban allí Polifemo que traía a sus ovejas entro a la cueva y cerro la cueva con una enorme roca que solo el podría mover, para que las ovejas no se escaparan durante la noche.
Para su sorpresa encontró allí a Odiseo y a sus hombres quienes estaban escondidos al final de la cueva.
Al descubrir a los griegos, lejos de ser un anfitrión hospitalario como lo manda la ley de zeus , el Cíclope mostró un desprecio absoluto por las leyes divinas de Zeus. Atrapó a dos marineros, los estrelló contra el suelo y se los comió crudos. A la mañana siguiente, devoró a dos más antes de salir a pastorear, dejando la cueva nuevamente sellada con los supervivientes dentro.
Sin dejarse llevar por la ira instintiva —sabiendo que solo el gigante podía mover la roca de la entrada —, el astuto héroe tramó una estratagema:
Cuando el gigante Polifemo regreso Odiseo hábilmente le ofrecio al gigante el vino que le había regalado Maron y que sabía que era tan potente que podía nublar la capacidad mental del gigante. Luego ante la pregunta del monstruo sobre su nombre Odiseo le respondió. Mi nombre es Nadie. Polifemo, ebrio, rió y dijo : "A Nadie me lo comeré al último, después de sus compañeros". Acto seguido, cayó rendido en un sueño profundo por el efecto del vino. Una vez dormido el gigante Odiseo y sus hombres tomaron una gran estaca y la pusieron al fuego. Luego saltando sobre el Gigante la clavaron en el único ojo del ciclope y este se despertó de dolor al sentir el fuego en su único ojo y se dio cuenta que estaba ya ciego.
El gigante lanzó un alarido monstruoso que hizo retumbar la cueva. Desesperado y a ciegas, empezó a gritar pidiendo ayuda a los otros Cíclopes de las montañas. Cuando sus vecinos corrieron a la entrada de la cueva y le preguntaron qué le pasaba y quién lo estaba atacando, Polifemo gritó desde adentro:
"¡Amigos, Nadie me mata con engaños! ¡Nadie me hace daño!"
Los otros Cíclopes, pensando que no sufría violencia humana y que era un mal enviado por los dioses, le dijeron que rezara a su padre Poseidón y se marcharon, dejando a Polifemo solo en su dolor.
A la mañana siguiente, un Polifemo ciego quitó la gran roca para dejar salir a su rebaño a pastar. Para evitar que los marineros escaparan, se apostó en la salida palpando con las manos el lomo de cada oveja y carnero que cruzaba. Previendo esto Odiseo unió a los gruesos carneros en grupos de tres usando mimbre. Colgó sus hombres en el vientre del carnero central, de modo que el gigante solo sentía las espaldas de las ovejas por encima. El propio Odiseo se aferró a la lana del vientre del carnero líder de la camada y asi cuando el gigante tocaba solo sentía la presencia de los carneros. Así, todos lograron salir de la cueva sin ser detectados. Y se dirigieron luego a sus barcos.
Una vez a salvo a bordo de sus barcos, a poca distancia de la orilla, la soberbia y el orgullo trágico (hubris) vencieron a Odiseo. No pudo resistir la tentación de burlarse y le gritó al gigante su verdadera identidad:
¡Cíclope! Si alguien te pregunta quién te cegó el ojo, dile que fue *Odiseo, el destructor de ciudades, el hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca!"
Polifemo, furioso, arrancó la cumbre de una montaña y la arrojó al mar, casi haciendo naufragar los barcos con la ola. Al saber el verdadero nombre de su verdugo —Polifemo extendió las manos hacia el océano y le rogó a su padre Poseidón:
Que Odiseo nunca llegara a su patria, o que si el destino decretaba que debía volver, lo hiciera tarde, mal, habiendo perdido a todos sus compañeros, en nave ajena y encontrando la ruina en su propia casa.
Esta maldición de Polifemo fue la que desató la ira desmedida de Poseidón, condenando a Odiseo a vagar errante durante diez difíciles años por el Mediterráneo antes de poder ver de nuevo su hogar. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez en el corazón de la Alemania medieval una iglesia llamada Sant jakobi en la población de Lubeck. Esta iglesia fue consagrada en 1334. Se decía entonces que el órgano de la iglesia era uno de los más bellos de la época y era el orgullo de todos los feligreses que asistían allí a misa. Sus tubos, forjados con el estaño más puro de las minas del norte, se alzaban como los árboles de un bosque celestial. Cuando el maestro organista soplaba vida en sus pulmones de cuero, la música era tan hermosa que los lugareños aseguraban que los mismos ángeles se asomaban por los vitrales para escuchar.
Tambien se decía que aquel lugar era un ejemplo de devoción y adoracion al santisimo. Por lo que cada una de las liturgias y eventos santos reunia a casi todos los pobladores muchas veces para orar por sus almas pero algunas veces simplemente para refugiarse del frio extremo que podían experimentar en los inviernos. .
Corría pues el ano 1467 cuando la ciudad se encontraba pasando por un doloroso invierno justo antes de la navidad. Se decía que era tanto que durante aquellos días el invierno no solo congelaba los ríos, sino también las almas. Pero para esto estaba el órgano de la iglesia para regresar el calor espiritual a los oyentes de sus misas.
Pero el orgullo de los hombres siempre atrae las miradas de lo oscuro.
Aquel invierno fue diferente. Un frío anormal, un viento negro que los viejos llamaban “el aliento del abismo”, se coló por las rendijas de la iglesia. La noche de Navidad, cuando el templo estaba abarrotado de fieles que buscaban el calor de las velas, el maestro organista posó sus dedos sobre el teclado para entonar el himno de los pastores.
Pero el órgano no cantó.
Lo que brotó de las entrañas de metal fue un alarido de agonía un sonido similar a un grito que provenia de las entrañas mismas del infierno.. Un sonido ronco, espectral, como el de un gigante herido de muerte. Los feligreses se miraron entre si sin entender que había sucedido y El pánico recorrió las naves de la iglesia. Aquel no era un sonido celestial era el sonido mismo de averno. Este era un sitio sagrado no entendían como se hubiera podido abrir paso los sonidos del dolor hasta allí.
El obispo, pálido como el lienzo de un sudario, ordenó encender las antorchas y subir al coro.
Lo que encontraron allí arriba heló la sangre de los primeros en llegar y luego de todos en la audiencia.
Los majestuosos tubos de estaño, que el día anterior brillaban como la luna llena, estaban cubiertos por unas extrañas ampollas oscuras, como si una lepra invisible los estuviera devorando. Alrededor del instrumento, un fino polvo de color ceniza cubría el suelo, semejante a los residuos de una pira funeraria.
—¡Es el Maligno! —gritó el sacristán, cayendo de rodillas—. ¡El diablo ha entrado de noche y ha soplado su aliento de azufre sobre la plata del Señor para silenciar nuestras alabanzas!
No había duda para la mente medieval. Lucifer, envidioso de la armonía celestial, había infectado el metal. Era su forma de desafiar el rito religioso en aquel pueblo tan piadoso. Era su manifestación para indicar que no habría lugar sagrado al que el no pudiera llegar. Si esto sucedía allí que no podría suceder en las casas de cada uno de los habitantes del pueblo.
Durante semanas, la catedral se convirtió en un campo de batalla espiritual. Trajeron reliquias de santos, vertieron ríos de agua bendita sobre los tubos y los sacerdotes pronunciaron los más severos exorcismos, ordenando al demonio que abandonara el metal. Pero todo fue en vano. Mientras más frío hacía, más se extendía la plaga. Si alguien osaba tocar los tubos enfermos, estos se desmoronaban entre los dedos, convertidos en una arena gris que no era de este mundo. El Gran Órgano murió, silenciado por el "mordisco de Satanás".
Pero no todo termino allí, Pasado el tiempo y luego de reportar esta abominable situación a otros lugares de Europa, muchos empezaron a prestar atención a sus propios órganos en sus iglesias y catedrales.
La leyenda de la peste del demonio en los órganos se extendió por todo el continente. Se decía que el diablo viajaba con las heladas, buscando los templos más hermosos para corromper su música y así evitar que los cantos celestiales se distribuyeran en las almas de los hombres.
Y efectivamente sucedió muchas iglesias vieron que durante los días más fríos de diciembre y enero sus órganos comenzaban a sufrir de la misma plaga. Que el demonio celoso se apoderaba del instrumento y lo destruía rápidamente.
Grandes catedrales como las de Almenno San Salvatore en 1558 y la Prato en la toscana Italiana en 1588 sufrieron la misma situación. Y así cada año durante muchos siglos los sacerdotes y obispos de cada iglesia vigilaban con atención el estado de salud de sus órganos esperando el menor indicio para iniciar un proceso de purificación con agua bendita, aunque esto finalmente no servía para nada ya que era un maleficio imposible de conjurar si iniciaba.
Tuvieron que pasar los siglos para que los hombres descubrieran que el demonio no habitaba en el abismo, sino en la naturaleza secreta de los elementos. Aquella "lepra" no era azufre infernal, sino la transformación de un metal noble que, al descender la temperatura por debajo de los trece grados, perdía su armadura brillante y se convertía en un polvo frágil y sin alma. Una transmutación de la materia que los sabios del futuro llamarían "la peste del estaño".
Se dice que ni siquiera el mismo Napoleon se libro de dicha peste. La historia cuenta que el ejército de Napoleón Bonaparte colapsó en el invierno ruso en parte porque los botones de estaño de sus abrigos se volvieron polvo por la peste del estaño.
Y en el brutal invierno de 1868, un cargamento entero de bloques de estaño puro guardado en un almacén aduanero de Rusia se desintegró por completo, quedando reducido a un montón de polvo gris inservible ante el asombro de los guardias.
Solo hasta el ano 1851 se descubrió la contra para este maleficio.El químico alemán Otto Erdmann observó con curiosidad cómo los tubos del órgano del castillo de Moritzburg (Sajonia) desarrollaban unas extrañas "pustulaciones" y se descascaraban. Publicó sus observaciones en una revista de química, abriendo el camino para que años más tarde, científicos como Frits Cohen de Rijst lograran demostrar formalmente la transformación alotrópica (el cambio de estructura molecular a nivel físico. Descubrieron que si mezclaban el estaño con una pizca de plomo o bismuto, el metal se volvía inmune al frío.
Los exorcismos cesaron y la música regresó a las catedrales. Pero aún hoy, cuando el invierno arrecia y los viejos órganos de tubos crujen en la penumbra de las iglesias vacías, hay quienes aseguran que el viejo enemigo sigue esperando, agazapado en el frío, a que el metal vuelva a olvidar su secreto para el volver a llevar los gritos del infierno hasta el interior de las iglesias
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