Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Juan David Betancur Fernandez

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en un pueblo costero donde los inviernos duraban demasiado, un relojero solitario llamado Mateo y una viajera llamada Clara. Mateo vivía obsesionado con medir lo que no se detiene; en su taller, cientos de péndulos, engranajes y manecillas marcaban el paso implacable del tiempo. Para él, las horas eran cuentas frías que solo servían para recordarle al mundo su propia finitud.
Clara, en cambio, era una mujer de tránsito. Llegaba con el viento de primavera y partía con las primeras lluvias de otoño, llevando consigo apenas un cuaderno de bocetos y acuarelas. Su arte consistía en pintar cosas destinadas a desvanecerse: el brillo de una ola al romper contra las rocas, el vaho que deja una taza de té caliente en la ventana, o el rubor de una mejilla en una tarde helada.
Se conocieron una tarde de mayo en el muelle. El cielo se había teñido de un violeta dorado, uno de esos atardeceres tan perfectos que casi duelen porque duran apenas cinco minutos. Clara pintaba con trazos rápidos y febriles, intentando atrapar la luz antes de que el mar se la tragara por completo. Mateo, que caminaba de regreso al taller, se detuvo a mirarla.
En ese instante, una ráfaga de aire revolvió el cabello de Clara y una gota de agua marina salpicó su mejilla, brillando bajo el último destello del sol que llamo la atención de Mateo que estaba absorto en pensamientos. Ella levantó la mirada hacia él y sonrió, con la respiración entrecortada y los ojos iluminados por el asombro del momento.
Fue solo un segundo. La luz cayó, la risa se apagó suavemente y el viento se llevó el calor del día. Cualquier persona sensata habría seguido su camino comprendiendo que el instante había muerto, pero Mateo sintió una sacudida profunda y desesperada en el pecho: un impulso voraz e incontenible de arrancar ese segundo exacto de las garras del olvido. Quiso atrapar la curva de esa sonrisa, el brillo de esa gota y el temblor de su propio corazón para que no desaparecieran jamás y para que al igual que contaba todo en su vida esto pudiera mantenerlo para repetirlo una y otra vez. Así que se acercó y se sentó simplemente junto a ella.
En ese deseo repentino de hacer eterno lo que apenas duró un suspiro, nació el amor.
Durante semanas, Mateo olvidó la rigidez de sus relojes. Dejó que las manecillas se detuvieran mientras caminaba junto a Clara por los acantilados. Aprendió a través de sus ojos que la belleza del mundo reside en su fragilidad: en la flor silvestre que solo abre al mediodía, en la risa compartida que se esfuma al instante, en el roce tibio de sus manos mientras compartían una manta frente a la tormenta. Sin embargo, cuanto más efímero era cada encuentro, más intensa era su necesidad de resguardarlo para siempre.
Llegó el final de septiembre y, con él, la última noche antes de la partida de Clara. Sentados frente a la chimenea del taller silencioso, ella observaba los relojes mudos.
—Mañana debo subir al tren —dijo Clara en voz baja, con una tristeza serena—. El viaje continúa, Mateo. Todo lo hermoso es pasajero.
Mateo extendió la mano y puso sobre la palma de Clara un pequeño adorno de plata y cristal. Dentro no había engranajes mecánicos, sino una diminuta gota de resina transparente que atrapaba un grano de arena del muelle y una brizna seca de la flor que ella llevaba en el pelo la primera tarde que se vieron.
—Sé que las horas corren y los caminos cambian —respondió él, mirándola a los ojos con la certeza tranquila de quien ha comprendido el misterio—. Pero he descubierto que amar no es congelar el tiempo para que no avance, sino guardar un instante tan profundamente en el alma que ni toda la distancia del mundo logre apagarlo.
Clara cerró los dedos alrededor del cristal, sintiendo el calor que la plata había absorbido de la mano de Mateo. Se dio cuenta entonces de que ella, que siempre había sido un espíritu fugitivo y esquivo, deseaba por primera vez quedarse allí para siempre. Comprendió que ella también había caído en la misma trampa dulce y luminosa: el afán obstinado de transformar un encuentro casual en un refugio sin fin.
Al día siguiente el tren partió vacío, perdiéndose en el horizonte brumoso. En el muelle, dos siluetas contemplaron el atardecer sin prisa, sabiendo que mientras existiera el deseo de cuidar ese instante, su amor permanecería para siempre intocable ante el paso de los años. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, arrullado por el espejo quieto del lago de Pátzcuaro y el murmullo de los pinares de Michoacán, un pueblo de calles empedradas llamado Tzintzuntzan. Allí vivía Don Mateo, un hombre de setenta y siete inviernos, curtido por el sol de mil cosechas de maíz y con las manos agrietadas como la corteza del roble. Cuando el décimo mes del año tocaba a su fin, el viento del norte no traía frío de escarcha, sino un perfume inconfundible: la resina dulce del copal recién encendido, el humo de leña de encino y el aroma penetrante, casi mineral, del cempasúchil que ardía como oro sobre los surcos de la ladera.
Ese otoño, el primero de noviembre cayó sobre el pueblo con una quietud reverente. Hacía tres años que Mariana, su esposa y el compás de sus pasos, había emprendido el largo viaje hacia las llanuras del Mictlán. Y aunque la casa conservaba su risa en cada rincón, Mateo sentía en el pecho ese hueco que la memoria no termina de llenar.
Desde el alba, el anciano no descansó. Limpió el patio con ramas de romero fresco y comenzó a levantar la ofrenda en la sala de adobe, respetando con pulso devoto los siete niveles que marcan el tránsito del alma entre la tierra y el cielo.
Cubrió cada peldaño con manteles de lino hilado a mano, y sobre ellos tendió el papel picado, cuyos calados de esqueletos bailarines, guitarras y lunas ondeaban con la menor corriente de aire, sirviendo de aviso etéreo si un espíritu rozaba la estancia.
En el primer escalón, a ras del suelo, trazó una cruz con ceniza volcánica y sal pura en grano: la tierra de donde venimos y el condimento que preserva el alma de perderse entre las sombras del camino.
En el segundo, dispuso una vasija de barro negro con agua de manantial, clara y fría, para que el viajero calmara la sed atroz provocada por cruzar los desiertos y sortear las corrientes del gran río Apanohuayan.
En los siguientes niveles colocó las ofrendas que alimentan los sentidos. Había pan de muerto barnizado con mantequilla y agua de azahar, coronado por una bolita de masa que representaba el cráneo y cuatro canillas cruzadas en recuerdo de los huesos y los cuatro rumbos del universo náhuatl. Puso calaveritas de azúcar con el nombre Mariana escrito en betún vegetal sobre la frente; mandarinas maduras de cáscara tersa; cañas de azúcar rajadas en cruz y mazorcas de maíz morado.
En el corazón del altar, sobre un plato hondo vidriado, sirvió el mole negro espeso, aquel que Mariana solía preparar durante dos días enteros moliendo chiles pasilla, mulato y chipotle quemado en el metate, aromatizado con canela, plátano macho y chocolate amargo. El vapor que desprendía el plato subía denso y oscuro, perfumado con la grasa tierna del guajolote. A su lado, un jarro humeante de atole de guayaba, su rebozo de lana negra doblado sobre una silla de tule y una cajita de latón con su peine de carey y su espejo de azogue, para que pudiera arreglar su cabello tras la fatiga del cruce.
En el peldaño más alto, enmarcada en madera dorada, reposaba la fotografía de Mariana tomada el día de su fiesta patronal: joven, con la trenza cruzada sobre la frente, una sonrisa tímida y los ojos vivos devorando la cámara.
Cuando la tarde cedió su lugar a un cielo de tinta azul salpicado de estrellas, Mateo salió al patio con tres canastos de carrizo repletos de botones apretados de cempasúchil. Se sentó en un banquito bajo el tejaban y comenzó la tarea más paciente de la noche: deshojar. Con sus dedos gruesos arrancó los pétalos encendidos, sintiendo el aceite vegetal que le impregnaba la piel de un amarillo brillante.
—Cempohualli xóchitl —murmuró en voz baja, recordando las palabras de sus abuelos—. Veinte flores, veinte soles para alumbrar la senda.
Desde la pesada puerta de madera que daba a la callejuela de tierra, Mateo comenzó a derramar los pétalos, trazando una alfombra espesa, mullida y luminosa que serpenteaba a lo largo del zaguán, cruzaba el patio y subía los escalones hasta el pie exacto del altar. No dejó un solo tramo sin cubrir; la senda dorada resplandecía en la penumbra como una brasa continua. Encendió hileras de cirios de cera de abeja, cuyas llamas amarillas proyectaban sombras alargadas contra las paredes encaladas, mientras en el sahumador de barro el copal chisporroteaba, soltando densas columnas de humo blanco que ascendían en espiral, llevando las plegarias al cielo.
A la medianoche, las campanas del templo comenzaron a doblar con ese sonido grave y espaciado que eriza la piel, anunciando que las puertas del inframundo se abrían para las ánimas adultas. Afuera, en el panteón del pueblo, miles de velas titilaban sobre las tumbas como un campo de luciérnagas terrenales.
Mateo se sentó en su mecedora de mimbre, envuelto en un sarape de Saltillo. El frío de la noche calaba los huesos, pero él no se movió. Tenía la mirada fija en la puerta entreabierta.
Pasaron las horas en un silencio que se espesaba con el olor a cera quemada. El sueño comenzó a pesarle sobre los párpados cansados; la cabeza se le venció sobre el pecho y sus ojos se cerraron.
Fue exactamente a las tres de la madrugada cuando ocurrió.
No hubo pisadas de botas ni roce de faldas sobre la tierra, pero de pronto, el aire de la habitación mudó por completo. La corriente fría que entraba por el zaguán cesó de golpe, sustituida por una calidez suave, idéntica a la que desprende un horno de leña al apagarse. Las llamas de las velas, que antes bailaban nerviosas con el viento nocturno, se enderezaron como lanzas doradas, inmóviles, ardiendo con una quietud sobrenatural.
El papel picado azul y morado crujió muy despacio, como si alguien lo apartara con la yema de los dedos para pasar. El humo del copal se dobló en el aire, envolviendo el plato de mole y el cántaro de atole en un remolino transparente. El perfume de las flores se volvió tan dulce, vivo y fresco que parecía recién cortado del rocío matutino.
Mateo no despertó del todo, pero en ese estado transparente entre la vigilia y el sueño, sintió un peso ligero sobre el respaldo de la mecedora. Unos dedos delgados, de una tibieza ingrávida, se posaron sobre su hombro derecho y acariciaron el borde de su cuello con la misma ternura con la que ella lo despertaba en las mañanas de siembra.
No había dolor, no había llanto, ni sombra alguna de espanto. Solo una paz inmensa que llenó la habitación entera, borrando de un soplo los tres años de silencio.
Al despuntar el alba, cuando los primeros rayos del sol tocaron la niebla del lago y las velas terminaron de consumirse en charquitos de cera derretida, Mateo abrió los ojos. La mecedora estaba quieta. El camino de cempasúchil mostraba una leve hendidura en el centro, como si una brisa continua hubiera caminado sobre los pétalos.
Mateo se levantó con paso firme, se acercó al altar y tomó un sorbo del vaso de agua: estaba templada y sabía a ausencia satisfecha. Miró el retrato de Mariana en lo alto, aspiró el aire cargado de copal y canela, y por primera vez en muchos meses sonrió con el alma en calma. Supo que la muerte no borraba el camino, que el amor tenía memoria de sangre y flor, y que mientras sus manos pudieran deshojar un cempasúchil, la mesa en noviembre jamás estaría vacía. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez en una vieja aldea de Irlanda un herrero astuto llamado Jack, a quien todos conocían como el Tacaño de lengua afilada y corazón mezquino, más amigo de la taberna y el engaño que del trabajo honesto. Su fama de embaucador cruzó valles y colinas hasta llegar a los oídos del mismísimo Diablo, quien, intrigado por semejante alma podrida, decidió subir al mundo de los vivos para reclamarlo lo antes posible ya que estaba listo para ser recibido en el infierno.
Lo encontró tambaleándose por un camino de tierra, con el aliento espeso a cerveza rancia. Al ver la figura encorvada y oscura que le cerraba el paso, Jack comprendió de inmediato quién venía a buscarlo. Sin embargo, siendo un hombre que había vivido grandes experiencias en su vida, no tembló.
—Iré contigo —le dijo con fingida resignación al diablo—, pero antes concédeme un último trago en la posada. Una última jarra para despedirme del calor de los hombres.
El Diablo, confiado en su presa, aceptó y lo acompañó. Tras beber hasta el fondo del vaso, Jack se encogió de hombros y admitió que no tenía con qué pagar la cuenta.
—¿Por qué no demuestras tu poder y te transformas en una moneda de plata? —le sugirió Jack al maligno—. Así pagaré al posadero y, una vez que te dejen en el cajón, recuperarás tu forma y nos iremos al abismo.
Tentado por la vanidad, el espíritu oscuro dio un giro y cayó sobre el mostrador convertido en una reluciente moneda. Jack, rápido como una liebre, la atrapó y se la metió en el bolsillo, justo al lado de una pequeña cruz de plata que llevaba consigo. Atrapado por el poder del símbolo, el Diablo no pudo salir de su prisión metálica. Chilló y maldijo desde el forro del saco, hasta que Jack le arrancó una promesa:
Yo se que eres muy poderoso y que puedes tratar de llevarme en cualquier momento pero solo te soltaré si me dejas en paz diez años enteros.
Sin más remedio al estar atrapado en el bolsillo de Jack , el demonio aceptó a regañadientes y así Jack lo dejo salir y continuó con su vida mundana, riendo de su propia astucia.
Pasada una década, en una tarde fría de otoño donde las hojas secas crujían bajo los pies, el Diablo regresó. Apareció en una granja solitaria al borde de un maizal, señalando a Jack con un dedo renegrido.
—Se acabó el plazo, herrero. Ha llegado la hora de tu viaje y te he de decir que mis demonios te están esperando con un recibimiento muy caluroso. Si sabes a que me refiero..
Jack suspiró, frotándose las rodillas cansadas, y miró hacia lo alto de un manzano viejo que crecía en la orilla del campo.
—Iré, pero este camino es largo y árido. ¿Podrías subir a este manzano y bajarme una de esas frutas maduras de la copa? Me gustaría morder la fruta de la tierra una última vez.
Pensando que no había escape posible a mitad de un campo desierto, el Diablo trepó con agilidad felina. En cuanto sus pies dejaron el suelo, Jack sacó su navaja de herrero y talló cruces profundas en la corteza del tronco por los cuatro costados. El diablo sintió un poder más allá de su fortaleza que no lo dejaba bajar de las ramas. Otra vez vencido, el ser oscuro rugía entre las ramas, incapaz de descender rozando la madera bendita.
—Déjame bajar, Jack —gritó, mientras el viento de la tarde aullaba entre los campos.
—Mira yo se de nuevo que eres muy poderoso, pero te dejare bajar Solo si prometes, por los siglos de los siglos, que jamás volverás a buscarme y que las puertas de tu infierno permanecerán selladas para mí no importa lo que pase.
Derrotado y humillado, el Diablo juró cumplir. Jack borró las marcas de las cruces de la corteza y vio cómo la sombra se desvanecía entre el humo y el barro.
Pero la vida de los hombres es corta, y los años pasaron sin piedad. El cuerpo de Jack cedió al frío y un día cualquiera murió en su cama. Su alma errante ascendió hacia las puertas del cielo. Al llegar, San Pedro lo miró con severidad tras los cerrojos dorados:
—Un momento dijo el cuidador de las puertas del cielo . Lo siento mucho pero Aquí no entras, Jack. Aquí tengo tengo todo el registro de tus travesuras en la tierra y te dire que Tu vida fue avara, tramposa y llena de soberbia. No hay lugar para ti entre los justos. Así que a ahuecar el ala y a volar mijito.
Desamparado, Jack descendió hacia las cavernas oscuras de la tierra donde le habían dicho que quedaba el infierno. Pero al golpear las puertas ardientes, el Diablo entreabrió la reja con una mueca burlona:
—Ja …El que quería ver …Hicimos un trato, Jack. Juré que jamás recibiría tu alma, y no romperé mi palabra. Así que te dire que estás condenado a vagar por la nada ya que me llegaron noticias de que en el cielo no te recibieron.
—Pero al menos digame ¿Hacia dónde voy? —preguntó Jack, aterrado ante la negrura absoluta que lo rodeaba, donde no existía camino ni estrellas—. No hay luz para guiar mis pasos.
Por toda respuesta, el Diablo tomo una pequeña brasa ardiente , que nunca se consumía, salida de los hornos del infierno y la tiro a los pies de Jack diciendole, Aquí tienes algo para que te alumbre.
Jack se arrodilló entre las tinieblas y recogió la brasa. Para protegerla del viento helado que soplaba en los confines del mundo, sacó un nabo crudo que llevaba en la alforja, le vació el centro con las uñas e introdujo el carbón incandescente. Y comenzó a caminar y caminar sin rumbo fijo.
Desde entonces, en las noches de Samhain, cuando el velo entre los mundos se hace delgado como una telaraña, cuentan los campesinos que se ve a Jack el de la Linterna vagar entre las sombras de las cosechas y los pantanos buscando algún sitio donde guarecerse.
Años después, cuando la leyenda cruzó el mar, los emigrantes reemplazaron aquel viejo nabo por la calabaza, de cáscara más ancha y fácil de tallar, dejándole una luz dentro y colocando la calabaza con agujeros en las puertas de las casas para recordar al caminante errante y advertir a las sombras que sigan de largo. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez En lo alto de una colina donde la niebla de otoño solía descansar como una manta vieja, una granja de un granjero muy amable llamado don Mateo. Era Octubre y siempre esta época transformaba aquel lugar, pero ese año parecía vibrar con un secreto propio que lo hacia más especial. El cultivo de calabazas había surgido más bello que nunca. Entre tallos retorcidos y hojas secas de tono ocre, crecían decenas de ellas: redondas, achatadas, gigantescas y diminutas.
En medio de todas destacaba una calabaza llamada Burlón. A diferencia de sus vecinas, que pasaban el día tomando el sol para inflar sus costados lisos y relucientes, Burlón había crecido con una hendidura chueca en la corteza y un tallo curvado hacia un lado, como un sombrero ladeado.
—No te esfuerzas por ser simétrico —le decía Casimiro, una calabaza enorme y pulida que aspiraba a presidir la entrada de la casa principal—. Recuerda que Las mejores calabazas para la Noche de Brujas deben ser perfectas. Si no, nadie querrá tallar una sonrisa en ti; terminarás en una olla ignorada por todos.
Burlón solo reía con un crujido sordo bajo su cáscara.
—La noche de Halloween no busca perfección, Casimiro. Busca misterio, sombras y un poco de picardía —respondía siempre, mirando cómo los cuervos hacían equilibrio sobre el espantapájaros de paja.
La tarde del 31 de octubre cayó de golpe, arrastrando un viento frío que desnudaba los robles. Los niños de el pueblo cercano llegaron corriendo con canastas y carretillas, buscando las calabazas más redondas para sacarles el interior, tallarlas con ojos, nariz y boca y colocarles velas para que parecieran fantasmagoricas. Uno tras otro, Casimiro y sus lustrosas compañeras fueron seleccionados y llevadas con orgullo.
Cuando todas fueron cargadas y llevadas el parche quedó en completo silencio.Y Burlón se encontró solo totalmente solo bajo la luz plateada de la luna llena.
Entonces, el bosque que bordeaba la colina empezó a despertar.
No eran monstruos temibles, sino las pequeñas criaturas de la noche que aguardaban su propio festejo: erizos con hojas pinchadas en el lomo, búhos de ojos dorados, un par de mapaches curiosos y un zorro de cola espesa. Se acercaron al claro donde aún vivía Burlon, pero la oscuridad era tan densa bajo los árboles que tropezaban entre las raíces secas y como la luna se había ocultado brevemente detrás de una nube no podían ver más allá de sus narices.
—Nos falta la linterna del bosque —susurró el búho desde una rama baja—. Sin una señal, los duendes y las sombras traviesas se perderán el baile del maíz.
Burlón pudo oír la queja e inmediatamente sintió un cosquilleo recorriéndole las entrañas de pulpa y semillas.
—¡Aquí abajo! —llamó con voz firme—. Yo soy una calabaza y puedo ser una linterna si me abren para colocar dentro alguna luz. Así lo hacen los niños en todas partes. Solo necesitan abrir una ventana para que salga la luz.
El zorro se acercó intrigado. Con la uña afilada de su pata delantera, siguiendo las grietas naturales de Burlón, retiró con cuidado el tallo superior. Luego, un grupo de ratones de campo colaboró para limpiar el interior comiéndose el rico contenido que tenía Bufon por dentro, dejando la corteza limpia y delgada. En lugar de una sonrisa geométrica o dientes cuadrados de feria, aprovecharon la forma chueca de la cáscara para delinear ojos rasgados como medias lunas y una mueca ancha, torcida y cargada de misterio antiguo.
Para terminar, una bandada de luciérnagas tardías, que guardaban su último brillo antes del invierno, se deslizó por la abertura y se acomodó en el fondo de aquella calabaza.
El brillo que brotó de Burlón no parpadeaba como una vela común; emitía un resplandor verde esmeralda y ámbar que proyectaba sombras danzantes sobre la tierra arada. Su expresión torcida cobró vida propia, como si la mismísima noche de Halloween hubiera plantado su risa en la colina.
Guiados por aquella luz viva y desafiante, los animales que habían esperado con ansias la llegada de la noche mágica de Halloween comenzaron a salir del bosque y se dirigieron hacia aquel campo vacío de calabazas donde los primeros en llegar habían preparado todo para una gran celebración. Durante toda la noche alrededor de Bufon se reunieron cientos de animales danzando y contando historias de terror y escuchando como los grillos tocaban melodías muy antiguas. Todos finalmente celebraron su fiesta secreta entre las hileras de calabazas cosechadas, hasta que las estrellas empezaron a palidecer.
A la mañana siguiente, cuando el granjero subió a revisar el campo, encontró a Burlón con una sonrisa que nunca había visto anteriormente, con su tallo ladeado y una extraña luz tenue que aún parecía brotar de sus ojos rasgados y Don Mateo sin entender que había pasado sonrió de ver a Burlón tan feliz y con mucho cuidado lo llevo hasta la entrada principal de su granja donde lo colocó sobre el poste más alto de la cerca, justo donde los caminos del hombre y del bosque se cruzaban, para recordar a todos que la magia de la noche de Halloween siempre prefiere lo extraño y no simplemente a lo que se ve perfecto. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un lugar en el mundo donde los mapas se redibujaban con la punta de una lanza y donde los imperios luchaban para crecer y perdurar. En este lugar vivía un conquistador al que llamaban el Azote del Mundo: Tamerlán. Bajo sus pies temblaban las estepas, pero gobernar un imperio infinito tiene una debilidad matemática: basta que una brizna de paja se encienda para que el fuego se riegue por toda la región.
Llegó a la tienda dorada de Tamerlan un emisario jadeante trayendo un eco incómodo desde el rincón más polvoriento de sus dominios. En una aldea remota, los campesinos se habían amotinado y estos eran hombres cuya única ambición y esperanza solía ser que la lluvia no llegara tarde para que sus cosechas no se perdieran, Pero ahora estos campesinos se encontraban Hartos de castigos y látigos y como ultimo recurso habían degollado al terrateniente que los gobernaba.
Para un soberano que coleccionaba ciudades sometidas, la insolencia de unos labradores era una afrenta personal y no podía permitirla. Tamerlán, furioso al ver desafiado el orden de las cosas, convocó de inmediato a su consejo de guerra. Con ojos encendidos, trazó la solución que todo hombre armado cree infalible:
—Muevan la infantería. Preparen escalas para trepar sus murallas y lleven elefantes y camellos para que el mero retumbar del suelo quiebre la espina de cada hombre, mujer y niño. Lleven cañones y reduzcan toda casa de piedra a polvo y quemen todas las construcciones del pueblo. Si el miedo no les basta, les daremos cenizas.
Los generales asintieron con la severidad marcial de quien sabe ejecutar desastres. Pero entre la corte de estrategas y aduladores merodeaba Nasrudín, aquel sabio disfrazado de bufón que tenía el peligroso hábito de mirar las cosas al revés para verlas en su postura correcta.
Nasrudín se deslizó sin ruido entre los mantos de seda, se inclinó ante el trono y, con voz apenas más alta que el roce de una hoja al caer, susurró al oído del conquistador:
—Gran señor, en tu inventario de terrores has olvidado la única arma capaz de apagar el fuego sin quemar la casa. Es más certera que la pólvora y más temible para el desorden que el más feroz de tus ejércitos.
Tamerlán, intrigado por la promesa de un arma que no figuraba en sus arsenales, pregunto intrigado a ese insolente sabio
—¿Cuál es esa arma, Nasrudín?
El sabio sonrió con serenidad y calmadamente le respondió:
—Un hombre justo, su majestad Envíales a alguien con oídos limpios para escuchar sus agravios, con corazón para entender por qué la desesperación afiló sus hoces, y dale el poder de resolver los conflictos. Los cañones matan a los rebeldes, Majestad, pero solo la justicia mata a la rebelión.
El silencio que siguió a las palabras de Nasrudín fue tan denso que los generales contuvieron el aliento, temiendo que la espada del emperador cortara el cuello del insolente sabio antes de que cayera la siguiente arena del reloj.
Tamerlán, sin embargo, no desenvainó el acero. Miró a sus capitanes, cubiertos de cotas de malla y sedientos de gloria fácil, y luego miró las manos vacías de Nasrudín. Un déspota mediocre habría castigado la osadía; un conquistador de su talla comprendió de inmediato la fría aritmética del consejo: reducir la aldea a cenizas costaba oro, marchas y vidas, y solo dejaba tierra estéril que ya no pagaría tributos. La escucha, en cambio, era un arma extrañamente barata.
—Ponte en marcha, entonces —ordenó el soberano con un gesto seco de la mano—. Ve tú mismo a ese confín miserable. Si regresas con después de que ellos entren en razon, salvarás sus vidas. Si fracasas, tus huesos arderán junto con las casas y murallas de la población.
Días después, a lomos de su burro y sin escolta armada, Nasrudín cruzó las puertas maltrechas de la aldea rebelde. Los campesinos lo recibieron con antorchas encendidas y miradas desconfiadas, esperando emisarios de muerte y no a un hombre desarmado con turbante ladeado y ropa poco cuidada.
Nasrudín no leyó edictos ni exigió reverencias. Simplemente se sentó bajo la sombra de un nogal en el medio de la plaza del pueblo, abrió su cantimplora y les dijo:
—No he venido a juzgar la sangre que mancha sus manos, sino a entender cuánta sed la provocó. Hablen.
Durante horas, los hombres y mujeres del pueblo descargaron el peso de años de humillaciones: graneros saqueados por impuestos arbitrarios, hijos arrebatados para guerras innecesarias y el desprecio sistemático del señor al que habían tenido que degollar para no morir de hambre. Nasrudín escuchó cada palabra sin interrumpir, asintiendo con la gravedad de quien pesa vidas, no monedas.
Al caer la tarde, el sabio se puso de pie, tomó una vara de medir trigo y la partió en dos frente a la multitud.
—La mitad de lo que ese hombre les quitaba pertenecía al emperador; la otra mitad la robaba para engordar su propia vanidad. Paguen al trono lo justo para que no envíe sus cañones, quédense con el fruto de su sudor para que sus hijos no lloren, y yo mismo escribiré las leyes de esta comarca.
Los aldeanos, que esperaban el verdugo y hallaron un juez, bajaron las armas. La furia, privada del muro contra el cual chocar, se disolvió en alivio.
Cuando Nasrudín regresó a la corte imperial portando las llaves pacíficas de la ciudad y el primer pago del tributo restablecido, Tamerlán examinó el oro y contempló a su consejero con una mezcla de respeto e inquietud.
—Has sofocado la revuelta sin derramar una sola gota de sangre —admitió el conquistador—. Dime, Nasrudín, ¿te obedecieron por miedo a mi nombre o por respeto al tuyo?
Nasrudín sonrió con sutil reverencia y respondió:
—Ni por lo uno ni por lo otro, Majestad. Te obedecen porque comprendieron que, bajo un señor justo, la paz les resulta más barata que la rebelión. La verdadera victoria no consiste en lograr que ellos te teman y siembren resentimiento. La verdadera victoria es que ellos puedan contar con la paz de la aldea mientras confían en que tu los protegeras
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