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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

Juan David Betancur Fernandez
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Último episodio

826 episodios

  • 808. Cosiaca y la Muerte

    24/10/2026 | 7 min
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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez en las montañas de Antioquia un campesino llamado Cosiaca.  Este muérgano estaba 
    tirado en un pretil, rascándose la barriga y espantando moscas con el sombrero de paja, cuando de repente se le plantó al frente la mismísima Pelona con su manto oscuro y una guadaña más brillante que machete nuevo.
    —¡Cosiaca! Así te quería ver sinvergüenza —rugió la Huesuda con voz de ventarrón—. Aliste el carriel y deje la pereza, que se le acabó la cuerda en este valle de lágrimas. ¡apure pues que Nos fuimos!
    Al pobre pícaro se le cayó el tabaco de la boca. El susto lo dejó más desteñido que costal viejo y las canillas le repicaban como castañuelas en fiesta de pueblo. Pero como a Cosiaca la astucia nunca se le iba de viaje, en menos de un segundo inventó el modo de torear a la intrusa.
    Puso cara de ternero degollado, juntó las manos temblorosas y suplicó con tono compungido:
    —¡Ay, doña Muerte, reina de los camposantos! Vea que yo he sido un montañero andariego, toma trago y sinvergüenza, pero cristiano de corazón. ¿Cómo me va a cargar con este tierrero de pecados encima? Deme siquiera un tiempito pa' ponerme a paz y salvo con el de Arriba. Yo le prometo que yo le cumplo todo lo que su merce ordene pero permítame organizarme antes de irme.
    La Muerte, extrañada de ver a semejante vagabundo pidiendo perdón, bajó un poco la guadaña:
    —A ver, lagarto, ¿y con qué cuenta va a salir pues?
    —Regáleme un campito nomás para rezar mis cinco oraciones completicas antes de estirar la pata —rogó el hombre con un suspiro que casi tumba la tapia—. Le juro por las benditas ánimas del purgatorio que, apenas termine los cinco rezos, me voy con usted mansito y sin chistar. Y además puede estar segura que yo le cumplo sin faltar.
    La Huesuda, confiando en el apuro del pecador, soltó una carcajada que sonó a tarro lleno de tuercas:
    —Está bien, zángano. Veinticuatro horas le doy. Vuelvo mañana a esta mismita hora, apenas haya rezado las cinco. ¡Pilas pues!
    Al día siguiente, puntual como campanada de iglesia, la flaca se apareció relamiéndose los dientes pelados:
    —Bueno, Cosiaca. Ya tuvo su día extra de vida pa' despedirse del aguardiente. Ahora sí, camine ligero pal hoyo.
    Pero allí estaba el socarrón campesino, recostado contra un horcón, mascando una brizna de pasto y con una serenidad que espantaba. Miró a la Muerte con una sonrisa socarrona y le soltó:
    —Vea qué doña tan apurada... ¿Acaso usted no me empeñó su palabra de que me dejaba rezar mis cinco oraciones antes de arrastrarme pal otro barrio?
    —Así fue, embustero —bramó la Muerte—. ¿O es que no ha rezado?
    —¡Claro que sí, doñita! Pero es que el arrepentimiento sincero toma su buen tiempo ya que uno tiene que hacer un acto de contrición muy profundo y debe uno de recordarse de todos los detalles de cuando uno estaba pecando y la verdad es que el proceso debe hacerse con arto jundamento para que mi dios padre se sienta bien con uno. Y haciendo cuentas le cuento apenas llevo dos.
    La Muerte abrió esas cuencas vacías, echando chispas de rabia:
    —¿Cómo que dos, pedazo de holgazán? ¿Y cuándo carajos piensa rezar las tres que le faltan?
    Cosiaca se caló el sombrero hasta las cejas, soltó una risotada pícara y le contestó:
    —¡Ah, mija!... como entre usted y yo no arreglamos específicamente cuando seria y como yo consulte con un tinterillo que hace de abogado aquí en el pueblo le cuento que todo se debe hacer cunando me dé la regalada gana! Y hoy amanecí con una flojera que no me alcanza ni pa' persignarme. Si quiere se sienta a esperar, o váyase a dar una vuelta por las fondas de Jericó, que de pronto pal próximo siglo me da por rezar la tercera.
    La Huesuda, lejos de enfurecerse o desenvainar la guadaña para quebrar el pacto, se quedó completamente quieta. Luego, un crujido seco resonó en el patio: era la Muerte soltando una carcajada muda que le desencajó la mandíbula de hueso. Con pasmosa calma, clavó el filo de su guadaña en la tierra, se despojó del manto negro y lo dobló con primor sobre el pretil.
    Bajo la capucha no había furia, sino un alivio milenario.
    Miró a Cosiaca de hito en hito, le guiñó una cuenca vacía y, cruzándose de piernas sobre la hierba, sacó de entre sus costillas un mazo de barajas gastadas y un frasco de aguardiente que nadie supo de dónde salió.
    —¡Alabado sea el Santísimo! —exclamó la Muerte con una voz de pura parranda montañera—. Llevaba diez milenios esperando a un flojo redomado como vos. Si no rezás, el contrato queda suspendido... y mientras el contrato esté abierto, el Patrón de Arriba no puede mandarme más turnos de recogida ni exigir cuentas de nadie en este pueblo.
    El pícaro abrió los ojos como platos de peltre mientras la Pelona le servía un trago generoso en una totuma y repartía los naipes sobre una piedra.
    —Baraje ligero, Cosiaca —dijo la Muerte, relamiéndose los dientes con una sonrisa triunfal—. Gracias a su pereza, hoy entramos los dos a vacaciones indefinidas. Y pobre de usté donde se le ocurra rezar la tercera, mijo, porque el que le mocha la lengua... ¡soy yo!
    Y dicen que el bueno de Cosiaca vivió hasta más de cien anos y que la muerte se quedo con el acompañándolo y en el mundo nadie más murió por más de un siglo.
  • 807. La utilidad de lo inutil (China)

    21/10/2026 | 8 min
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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Habia una vez un filósofo chino llamado  Zhuangzi quien era uno de los fundadores de el taoísmo clásico del siglo IV antes de cristo. Zhuangzi  estaba sentado sobre una roca tibia, con las piernas cruzadas y una caña de bambú en la mano, observando cómo la corriente arrastraba los pétalos caídos.
    A unos pasos, su discípulo se paseaba de un lado a otro, con el ceño fruncido y las mangas de su túnica apretadas en puños nerviosos. Había pasado meses estudiando los ritos de la corte, memorizando las ordenanzas y afinando su elocuencia para servir al magistrado del distrito, pero esa mañana había sido rechazado por carecer de «agudeza práctica y obediencia servil».
    —Maestro —dijo el discípulo, deteniéndose frente a él con la voz quebrada por la humillación—. El intendente me ha despedido diciendo que mis pensamientos son vagos, que mis modales no encajan en el protocolo y que soy tan inservible para el gobierno como una vasija agujereada. ¿Para qué me ha servido cultivar el espíritu, si no tengo utilidad alguna en el mundo de los hombres?
    Zhuangzi no apartó los ojos del agua. Dio un suave tirón a su caña y, tras una pausa donde solo se oyó el zumbido de las libélulas, sonrió.
    —Siéntate y limpia el polvo de tus sandalias —dijo el viejo maestro, palmeando la hierba a su lado—. Te afliges porque los hombres no han encontrado la manera de desgastarte. Escucha.
    El joven obedeció, respirando con dificultad.
    —En las colinas de Shang —comenzó Zhuangzi con voz pausada—, donde la tierra es dura y el viento corta como navaja, nacieron hace siglos dos retoños de roble. Uno de ellos brotó en la tierra blanda del sendero. Creció recto como una flecha disparada hacia las nubes; no tenía un solo nudo en su corteza ni una sola desviación en su médula. Todos los carreteros que pasaban lo señalaban con el dedo: «¡He aquí madera noble! ¡He aquí una viga digna del palacio del duque!». El árbol se sentía honrado por las miradas y se esforzaba cada primavera por erguirse aún más derecho, buscando la aprobación de los viajeros.
    »El otro brotó en la grieta de una roca escarpada. Para no ser despeñado por las tormentas, retorció sus raíces como garras de dragón. Para buscar la luz esquivando los peñascos, su tronco se quebró en tres ángulos imposibles, hinchándose de nudos, cicatrices y cavidades oscuras. Ninguna tabla plana podía sacarse de su lomo; ninguna cuchara podía tallarse sin que la madera se astillara en pedazos. Los leñadores pasaban a su lado, escupían en el suelo y decían: «Basura de monte. No sirve ni para atizar el fuego, pues su humo cegaría a cualquiera».
    El discípulo escuchaba con atención, reconociendo el reproche implícito.
    —Pasaron cincuenta años —continuó Zhuangzi, agitando suavemente la caña—. Llegó el carpintero Shi de camino al estado de Qi, seguido de cien aprendices con hachas relucientes. Al ver al roble recto, los ojos del maestro carpintero brillaron de codicia. «¡Derribadlo!», ordenó. Antes de que el sol cayera al horizonte, el árbol recto conoció el mordisco del hierro. Sus ramas fueron amputadas, su carne pulida, y su tronco transformado en el pilar central de un tribunal donde los jueces gritan y condenan a muerte a los reos. Ahora está seco, pintado de rojo bermellón, sosteniendo un techo pesado sobre su cabeza muerta, sin volver a sentir jamás el rocío ni el viento del este. Cumplió su destino: fue útil, y por serlo, fue destruido.
    Zhuangzi miró entonces fijamente a su discípulo, clavando en él sus ojos brillantes y llenos de ironía benévola.
    —Pero aquel roble torcido, el que no servía para mesas ni para vigas ni para leña, siguió en su peñasco. Nadie fue a medirlo con una cuerda. Nadie alzó un hacha contra su cuerpo. Con los siglos se volvió tan inmenso que su copa cobijaba a un millar de bueyes bajo el sol del mediodía. En los huecos de su corteza anidaron las lechuzas; en sus ramas curvas los pastores durmieron la siesta sin temor a caerse. Vivió la vida entera que el Cielo le concedió, intacto, soberano y en paz.
    El maestro apoyó la caña sobre sus rodillas y señaló el pecho del joven con un dedo nudoso:
    Yo soy tu maestro y como sabes mi doctrina busca resaltar la utilidad de lo inútil. De esta manera debo decirte que los objetos útiles son destruidos por su propio merito. El árbol recto es derribado porque sirve para las vigas y en cambio el árbol torcido no compite, no encaja en las medidas del carpintero y precisamente por eso, conserva su integridad y completa el cicla natural que el cielo le otorgo
    —Tú vienes a mí llorando porque no te han convertido en viga de palacio, porque ningún ministro ha querido usarte como tabla para asentar sus decretos. Te lamentas de tu «inutilidad», ciego al inmenso regalo que te han hecho. ¿Por qué quieres que te poden, te sierren y te barnicen para el provecho ajeno? Alégrate de ser torcido ante los ojos del mundo vulgar. Plántate en el páramo de la Nada, extiende tus ramas hacia el vacío y aprende a sestear en la quietud de quien no le debe nada a nadie.
    El discípulo guardó silencio. El viento del atardecer movió las hojas de los sauces a la orilla del río, y por primera vez en todo el día, sus puños se abrieron, descansando libres sobre su regazo.
  • 806. Los primeros

    19/10/2026 | 4 min
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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, mucho antes de que el tiempo aprendiera a contar los inviernos, un jardín suspendido entre la niebla primordial. Allí habitaban dos criaturas transparentes, talladas con arcilla tibia y rocío: el Hombre y la Mujer.
    No poseían secretos ni sombras. Cuando el viento soplaba del este, él cantaba con la voz de los minerales y ella danzaba al compás de las raíces; cuando caía la noche, dormían espalda con espalda, sabiéndose fragmentos dispersos de una misma estatua celestial que alguna vez había contemplado a los dioses sin pestañear. Eran hermosos en su soledad compartida, ligeros como hojas secas antes del fuego.
    Sin embargo, en el centro de su pecho ardía una memoria ajena, una nostalgia que no les pertenecía. Recordaban una vieja leyenda susurrada por las serpientes: en el origen de los orígenes no existían dos voluntades, sino una sola forma perfecta, el Arquetipo sagrado, una entidad total donde el pensamiento y la acción, el cielo y la tierra, habitaban indivisos en un equilibrio absoluto.
    —Si fuimos uno —dijo él un atardecer, mirándose las manos huecas—, vivir separados es una condena.
    —Si fuimos divinos —respondió ella, cerrando los ojos al temblor del aire—, debemos volver a unirnos para recuperar la gloria.
    Decidieron entonces dejar de ser dos. Se buscaron no con el roce tembloroso del afecto, sino con la furia devoradora de los alquimistas. Se apretaron pecho contra pecho, fundieron sus respiraciones hasta sofocarse y trenzaron sus voluntades con juramentos indisolubles. En su afán por suturar la herida cósmica, renunciaron al espacio que dejaba entrar la luz, confundieron la devoción con el asedio y cerraron los ojos a cualquier horizonte que no fuera el reflejo del otro.
    Creyeron que de esa amalgama renacería la armonía original, la criatura radiante que gobernaba los mitos. Pero la anatomía del alma no tolera injertos forzados. De la fusión no brotó la divinidad prometida, sino una criatura de cuatro ojos ciegos por la costumbre, cuatro brazos que se aferraban para no caer y dos voces discordantes que se disputaban el mismo aliento.
    Sin saberlo habían creado un monstruo que no se parecía en nada a cada uno de ellos y que además se proponía a consumir todo lo que ellos habían sido anteriormente. Este monstruo quería tener su propia vida y vivir su propia insistencia. Pero el monstruo necesitaba una nombre y finalmente se reconoció en lo que era. Se llamo pareja.
  • 805. La mujer del Rosal

    17/10/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, en una casona de muros agrietados oculta tras la bruma de un valle sin nombre, un rosal silvestre que florecía con una intensidad casi sobrenatural: sus flores eran de un carmesí tan oscuro que parecía absorber la luz de la tarde.
    Allí vivía Clara. Nadie en los alrededores recordaba cuándo había llegado, ni su voz se escuchaba jamás en los mercados del pueblo. Solo se sabía de ella por la silueta que recortaba el crepúsculo. Cada atardecer, con una puntualidad litúrgica, Clara salía al patio de piedra, arrancaba un único pétalo terso y se lo llevaba a los labios. Lo sostenía allí, cerrando los ojos mientras bebía de su savia fría y aromática. Había heredado la costumbre de una estirpe de mujeres olvidadas, portadoras de un antiguo proverbio: cuando una mujer besa  un pétalo de rosa, se da un beso a sí misma.
    Para Clara, aquel no era un simple gesto de consuelo; era un rito de pertenencia, un lazo que ataba su alma a su propia carne para que nada externo pudiera jamás quebrarla ni poseerla.
    Un otoño, el silencio de la colina se rompió con la llegada de Mateo, un restaurador de mapas antiguos fascinado por los parajes que no figuraban en las cartas oficiales. Se instaló en una cabaña cercana, buscando la quietud necesaria para descifrar pergaminos velados por el moho.
    La primera vez que Mateo la vio a través de la penumbra del jardín, el tiempo pareció detenerse. Clara estaba inmóvil, con los ojos cerrados y el pétalo entre los labios, rodeada de una quietud tan honda que el viento parecía no atreverse a rozarla. No había en ella rastro de soledad ni de espera; desprendía la fascinante autosuficiencia de los mitos. Mateo, habituado a perseguir enigmas sobre el papel, sintió una devoción inmediata y desconcertante.
    Comenzaron a encontrarse en el linde de los terrenos. Al principio fueron miradas; luego, palabras escasas que flotaban en el aire como ceniza. Clara hablaba con una serenidad que a Mateo le erizaba la piel: nunca prometía nada, nunca pedía nada. Era entera, intocable.
    Una noche, cuando la niebla bajó hasta cubrir los rosales, Mateo no pudo contener la pregunta que llevaba semanas rondándole el pecho:
    —¿Por qué cada tarde tomas ese pétalo?
    Clara lo miró con unos ojos que parecían guardar memorias de otros siglos, y rozó con sus dedos el borde de sus propios labios.
    —Cuando una mujer chupa un pétalo de rosa, se da un beso a sí misma —susurró—. Quien no sabe besarse a solas, busca que otro lo habite como a una casa vacía. Yo nunca he estado vacía. Y nadie que no comprenda eso podrá jamás tocarme.
    Mateo dio un paso hacia ella, vencido por un amor que rozaba el fervor.
    —No quiero poseerte ni romper tu muralla, Clara. Solo quiero ser testigo de tu fuego.
    Clara lo contempló en silencio, con una extraña ternura teñida de despedida, y por primera vez sonrió. Desprendió un pétalo del rosal, lo colocó entre sus labios y luego, tomando el rostro de Mateo con manos sorprendentemente gélidas, lo besó.
    El beso fue tibio, embriagador, con un regusto metálico y dulce que le nubló los sentidos a Mateo. Sintió que caía en un pozo sin fondo donde el tiempo se disolvía.
    A la mañana siguiente, Mateo despertó sobre la hierba húmeda del jardín. El sol apenas despuntaba entre la niebla. La casona de Clara estaba silenciosa, con las puertas abiertas de par en par. Cuando entró a buscarla, no encontró muebles, ni ropas, ni huellas sobre el polvo fino del suelo; el lugar parecía deshabitado desde hacía más de un siglo.
    Clara no estaba. Nadie en el valle volvió a verla jamás.
    Sin embargo, Mateo nunca pudo marcharse. Se quedó a vivir en la casona vacía, cuidando el rosal silvestre con una devoción callada. Y los pocos viajeros que cruzaban el sendero al caer la tarde contaban una historia inquietante: aseguraban que, entre la bruma del crepúsculo, se veía a Mateo inmóvil junto a las ramas espinosas, con los ojos cerrados y un pétalo carmesí entre los labios, sonriendo con la misma paz inexplicable de quien ha descubierto el secreto, sin saber si Clara fue una mujer que lo enseñó a amarse, o si ella, al fin, había aprendido a existir dentro de él.
  • 804. Los Cangrejos

    14/10/2026 | 6 min
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    Juan David Betancur Fernandez
    elnarradororal@gmail.com
    Había una vez, a orillas de un viejo muelle de madera desgastada por la sal y el tiempo, un viejo pescador que descargaba su faena al caer la tarde. Entre redes húmedas y cabos enrollados, colocó sobre los tablones una cubeta metálica, honda y sin tapa, que resonaba con el rumor constante de pinzas y caparazones.
    Un caminante que pasaba por allí, curioso al ver la vasija repleta de cangrejos vivos que bullían unos sobre otros, se detuvo alarmado.
    —¡Buen hombre! —advirtió con prisa—. Debe tapar ese recipiente de inmediato. El borde está muy cerca; si no lo cubre, en cualquier descuido treparán y se le escapará toda la pesca.
    El pescador sonrió con la calma de quien conoce los secretos del agua y las flaquezas de la tierra. Negó despacio con la cabeza y señaló el interior del balde.
    —Mire con atención —le dijo con voz reposada—. En este balde no hace falta tapa ni cerrojo alguno.
    El caminante se asomó. En el fondo, entre la maraña de patas y miradas inquietas, un cangrejo vigoroso había encontrado un saliente en el metal. Con esfuerzo paciente comenzó a elevarse sobre los demás. Escaló paso a paso, dejando atrás la penumbra del fondo, hasta alcanzar casi el borde exterior, donde ya soplaba la brisa fresca del mar y se divisaba la libertad.
    Pero justo cuando estiraba una de sus tenazas para asomarse al mundo libre, los que estaban abajo advirtieron su ascenso. Ninguno intentó imitar su esfuerzo ni buscar una salida propia; en su lugar, varias pinzas se alzaron con furia ciega, aferraron sus patas traseras y tiraron con fuerza despiadada. El cangrejo resbaló y cayó de golpe al fondo, devuelto a la misma trampa colectiva.
    —¿Lo ve? —comentó el pescador—. No necesito gastar madera ni cuerda para retenerlos. Basta con que uno solo intente progresar para que los demás se unan en una sola labor: derribarlo. Nadie sube, nadie sale, todos se hunden juntos.
    Ese balde de pescador no es más que el espejo de un mal antiguo que camina entre las personas: la envidia.
    En la vida cotidiana, cuando alguien decide trepar con esfuerzo, aprender algo nuevo, emprender un camino distinto o asomarse a una vida más luminosa, rara vez encuentra la resistencia de los muros. El verdadero obstáculo suele ser el coro de quienes se quedaron abajo. El envidioso no sufre porque le falten fuerzas para subir; su tormento nace de ver que otro sí tiene la valentía de elevarse. No busca su propia libertad, sino la mediocridad compartida: prefiere que todos se queden atrapados en la cubeta antes que celebrar el triunfo ajeno.
    Quien comprende esta lección aprende dos cosas: a no gastar energía intentando apagar la luz de quien avanza, y sobre todo, a no permitir jamás que las pinzas de la amargura ajena lo jalen de vuelta al fondo cuando ya roza la orilla de su propio horizonte.
    El visitante guardó silencio durante un largo rato, mirando fijamente el fondo metálico donde el cangrejo caído yacía inmóvil, confundido entre las sombras de los demás. La brisa marina traía un olor a salitre y a viaje lejano, pero dentro de aquella cubeta el aire parecía espeso, viciado por el empeño inútil de retenerse mutuamente.
    Con las manos apoyadas en el borde de madera del muelle, el hombre suspiró y habló en voz baja, casi para sí mismo:
    —Qué ceguera tan triste, patrón... He pasado años creyendo que las jaulas más difíciles de romper son las que tienen barrotes de hierro o cerrojos pesados. Pero la peor prisión no necesita rejas; se sostiene sola cuando los prisioneros se convierten en sus propios carceleros.
    Apartó la mirada del balde y la clavó en el horizonte abierto del mar, donde las olas rompían libres contra los pilotes.
    —Pensaba en cuántas veces he visto esto lejos del agua. En cuántas familias, talleres o pueblos enteros la gente prefiere ahogarse en la queja antes que dejar que uno de los suyos prospere. Si tan solo uno lograra salir, marcaría el camino para todos. Pero la envidia no tiene visión de futuro; solo tiene rencor de presente. Prefiere la ruina compartida a la dicha ajena.
    El caminante se enderezó, miró una última vez la cubeta y luego al anciano pescador, asintiendo con una mezcla de amargura y determinación.
    —Me voy con una advertencia grabada en el pecho: cuando me toque escalar hacia la luz, tendré que subir rápido y sin mirar atrás. Y cuando me toque estar en el fondo, tendré que vigilar mis propias manos, no sea que en un descuido de amargura se me conviertan en pinzas y termine jalando hacia abajo a quien solo intenta encontrar la salida.
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