Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Juan David Betancur Fernandez

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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez en un pueblo en las montañas rodeado de colinas verdes, un sendero secreto que había sido olvidado hace muchos cientos de años y que se encontraba cubierto de musgo. Este sendero llevaba al Bosque de Cristal. Este sendero No era un lugar común y solo unos pocos lo conocían. Se decía que solo los seres de alma buena y pura podían encontrarlo y aventurarse a recorrerlos. El sendero se decía recorría robles centenarios donde no solo cantaban los mirlos, sino que las sombras brillaban con destellos dorados y azulados. Decían los viejos que sus abuelos les habían contado alguna vez que en ese bosque encantado de cristal vivían las mariposas mágicas, guardianas de la luz del amanecer.
Cerca de una de las salidas de aquel pueblo vivía Elena, una niña curiosa de ojos despiertos que siempre llevaba en el bolsillo una libreta pequeña y un lápiz de madera para dibujar las formas de las nubes y las hojas que encontraba a su paso. Elena había escuchado hablar de las mariposas mágicas, pero los mayores decían que solo se dejaban ver por quienes sabían escuchar con el corazón en silencio.
Una tarde de brisa suave, mientras seguía el rastro de una pluma tornasolada que había visto caer desde lo alto de una de las nubes que ella quería pintar, Elena se fue alejando de su pueblo y se vio sin saber cómo en aquel sendero de musgo que casi todos desconocían. Después de recorrerlo lentamente Elena cruzó el arco natural de sauces que marcaba el inicio del bosque encantado de cristal. El aire olía a menta fresca y a jazmín silvestre. De pronto, la luz del sol pareció romperse en mil fragmentos diminutos como si millones de diamantes la rodearan y de pronto comenzó a oír un sonido extraño. Como si una brisa de la montaña se hubiera partido en mil pedasos. Y allí las vio. A su alrededor comenzaron a revolotear cientos de mariposas, cada una con alas que parecían hechas de cristal pulido. Unas brillaban con el resplandor de las brasas cálidas, otras tenían destellos de cielo estrellado, y al batir sus alas dejaban una estela de suave polvillo luminoso que hacía sonar campanillas en el aire.
En el centro de aquel bosque elena vio un claro que tenía en el centro una fuente de agua saltarina. Y allí junto a la fuente había descansaba el Árbol Madre, cuyas raíces abrazaban la fuente de agua clara. Sin embargo, en una de sus ramas más altas, Elena vio a una mariposa diferente: era diminuta, con alas plateadas que apenas emitían un tímido titileo. Sus alas pesaban tanto que no podía alzar el vuelo, y una sombra gris comenzaba a extenderse por las hojas del gran árbol.
Elena se acercó despacio, cuidando de no quebrar una sola ramita seca. Se sentó sobre las raíces y extendió su mano abierta.
—No tengas miedo —susurró con calma—. ¿Qué te apaga la luz?
La pequeña mariposa plateada, llamada Luma, descendió temblorosa hasta posarse sobre la palma de Elena. Con un murmullo que sonaba como el roce del viento en la hierba, Luma le explicó que el bosque florecía gracias a las canciones y risas de los niños, pero hacía mucho tiempo que nadie entraba a compartir una historia, y el peso del olvido estaba enfriando sus alas.
Elena comprendió de inmediato. Abrió su libreta donde dibujaba y escribía los cuentos que su abuelo le contaba y comenzó a buscar frenéticamente una historia para narrar. Y la encontró y comenzó a dibujar en voz alta una historia sobre valientes navegantes que surcaban los mares buscando seres extraños que nadie había visto pero que vivían más allá del límite del mundo. Así describió lo que su abuelo le contó que en ese límite había ríos que cantaban y montañas que tocaban el cielo. Su voz llenó el claro de calidez y los árboles se sentaron a escuchar aquella niña mientras que cada una de las mariposas se asentaban en las ramas enamoradas de la voz dulce de aquella narradora que les ofrecía la emoción sincera de quien ama imaginar.
A medida que las palabras fluían, el polvillo plateado de Luma cobró un brillo intenso y vivo. Las demás mariposas rodearon a Elena formando una espiral de colores que iluminó cada rincón del follaje. Luma extendió sus alas renovadas y se elevó, trazando un lazo de luz pura sobre la copa del Árbol Madre, cuyas hojas volvieron a resplandecer con un verde esmeralda deslumbrante.
Antes de que cayera la noche, las mariposas guiaron a Elena suavemente de regreso al sendero de musgo, y Luma rozó su mejilla con una caricia tibia y dejó sobre su libreta una diminuta estrella de luz plateada que jamás se apagó.
Desde aquel día, Elena volvía cada semana al Bosque de Cristal, sabiendo que mientras existieran historias para contar y oídos atentos para escuchar, la magia de las mariposas nunca dejaría de brillar. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un Viejo que vivia en una casa a la salida del pueblo. El viejo había vivido allí desde la infancia y ahora que la vida llegaba al ocaso apreciaba aún más su vieja casa. Era una casa muy vieja construida por su abuelo y plantada en lo alto de una colina donde el viento soplaba con voz de flauta rota. La casa no era de ladrillo cocido ni de piedra dura, sino de bareque y cubierta de una cal antigua y porosa que parecía respirar con las estaciones. En ella vivía Mateo, un relojero retirado que entendía bien el silencio de los objetos sabía que su entorno tenía un deje mágico que nadie podía entender, algunas veces algunos amigos lo visitaban pero todos ignoraban el secreto que guardaba cada una de las paredes de su casa.
En esa casa, la oscuridad era un manto que lo dormía todo. Mientras las bombillas permanecían apagadas, los muros descansaban en un sueño ciego, frío y mineral. No eran más que límites verticales que sostenían el techo y detenían el frío.
Pero todo cambiaba con un chasquido.
Bastaba con que la mano de Mateo buscara en la penumbra el viejo interruptor para que de un de click seco todo cambiara en aquellas paredes. La corriente no solo encendía el filamento ámbar suspendido en el techo sino que por entre las paredes una chispa viajaba por las venas de cobre embutidas en el revoque y comenzara a obrar el milagro que solo Mateo conocía.
Con aquel golpe de energía proveniente de aquel viejo interruptor las paredes salían de su retargo y comenzaban a despertar.
No abrían ojos de carne, claro está, sino ojos de sombra, relieve y memoria. Primero se desperezaban con un rumor leve similar a aquel que produce la madera cuando el sol sale después de una noche helada. Luego, la cal blanquecina comenzaba a tomar colores que algunos piensan que es sintoma de vejez pero que en realidad es la forma como las paredes responden a las situaciones cambiantes de la vida. En el muro oriental, la grieta que cruzaba desde el zócalo hasta la moldura dejaba de ser una herida seca: se estiraba, bostezaba y comenzaba a proyectar el eco de las risas de los niños que habían corrido por allí setenta años atrás.
En la pared del fondo, donde el yeso guardaba la sombra de los viejos marcos de retratos ya desaparecidos, la luz cálida revelaba siluetas que se acomodaban despacio, como si adecuaran sus posturas para descansar después de un largo letargo en las sombras. Las paredes de la casa de mateo se volvían así atentas, tibias y preparadas para el. Basicamente eran complices de las historia de aquel viejo relojero. . Si Mateo suspiraba al llegar cansado, el estuco parecía combarse apenas un milímetro, amortiguando sus penas para así darle más espacio donde descansar. Todo pues se confabulaba para ofrecerle un abrigo silencioso que ningún fuego de chimenea podría igualar. Durante las horas de luz artificial, la casa no estaba realmente vacía: y además había algo que muchos repetían en frases en los bares del pueblo. Cuidado que las paredes tienen oídos. La realidad es que no solamente los muros recordaban cada palabra que habían absorbido a lo largo de un siglo largo, sique que además las comunicaban por medio de un polvillo dorado en el aire que tarde o temprano era llevado por el viento hasta algúna otra casa Así era el proceso de polinización de ideas entre las casas de aquel pueblo.
Mateo aprendió a convivir con ese despertar. No leía en la cama sin antes desearles buenas noches con la mirada, ni dejaba la bombilla encendida más de lo necesario, pues sentía que exigirle demasiada vigilia a la cal terminaría por fatigar los cimientos y los pensamientos de sus paredes rusticas.
Una noche de invierno sin embargo todo se convirtió en una crisis , una tormenta derribó los cables del tendido eléctrico. La casa quedó sumida en una penumbra densa y los muros callaron de golpe, volviéndose otra vez inerte, fría y ajena. Mateo, desorientado, tanteó la pared buscando el interruptor. Lo accionó por puro reflejo, pero nada ocurrió. La oscuridad seguía intacta y los muros continuaban dormidos.
Los muros de la casa comenzaron a crujir como nunca antes y un sentimiento de soledad comenzó a invadir cada cuarto hasta que el alma de Mateo se fue llenando de tristeza. No entendía que sucedia pero si sabía que su casa estaba sufriendo ya que la luz eléctrica había parado de funcionar
Sintiendo la soledad más honda que nunca el anciano se acercó a tantas hasta una mesita que estaba localizada en el pasillo central de la casa. Allí encontró un cajita con la cara de un indio pielrojoa y el anciano encendió una cerilla. La llama tembló, tímida y minúscula, pero su destello acarició el yeso áspero junto a la puerta.
La cal de aquella pared no despertó de golpe como con la electricidad, pero la grieta más cercana tembló suavemente, reconociendo el calor y . Mateo sonrió, comprendiendo que a veces las paredes solo necesitan una pequeña chispa, propia o ajena, para recordar que están vivas y no dejarte jamás a solas con tus sombras.
El fósforo se consumió hasta rozarle las yemas de los dedos, pero Mateo no volvió a quedar a oscuras. Había buscado anes en la alacena un cabo de vela de cera de abeja, lo encendió y lo colocó sobre un pequeño plato de cerámica que tenía.
Lo curioso es que comprendió que Caminar con esa llama viva por el pasillo era como abrir un libro de páginas amarillentas de vejez. Con la bombilla eléctrica, el despertar de las paredes era nítido, casi reverente, como una fotografía multicolor que cobra foco al instante. Pero con la vela, el despertar era una danza lenta y unicolor.
Al moverse el fuego, las sombras temblaban y las paredes empezaron a recordar y contar secretos más antiguos, de esos que no caben bajo la luz de un único bombillo.
En la esquina del salón, donde la humedad había dejado un mapa caprichoso, el revoque comenzó a exhalar una melodía sorda: Más allá, junto a la ventana, la cal comenzaba a recordar las risas de niños que antes vivieron allí y hacían eco de dos voces jóvenes despidiéndose antes de un viaje sin retorno Eran los hijos de Mateo que se fueron y nunca más volvieron. Las paredes no solo guardaban la dicha de la casa; también custodiaban sus despedidas, arropadas en capas de pintura vieja que nadie se había atrevido a raspar.
Mateo apoyó la palma abierta sobre el muro del pasillo. Ya no sentía el yeso áspero, sino una vibración suave, como el pulso lento de un animal bondadoso hibernando.
—Están cansadas, ¿verdad? —murmuró al aire.
La pared le respondió con un crujido dulce, desprendiendo un fino olor a cal viva y a ropa planchada de domingo. Habían sostenido demasiadas vidas, demasiados inviernos, demasiadas miradas solitarias que buscaban en ellas una respuesta que el silencio del pueblo no daba.
Comprendió entonces que la electricidad las obligaba a despertar de golpe, en guardia, listas para dar compañía a quien accionara la llave. Pero el fuego de aquella pequeña lumbre las dejaba soñar despiertas, hablar bajito y recordar a su propio ritmo.
Afuera, la tormenta arreció, aullando contra los cristales y sacudiendo las vigas del techo. Sin embargo, en el interior no había frío ni desamparo. Mateo se sentó en su sillón, con la vela titilando en la mesilla auxiliar, y cerró los ojos. A su alrededor, los cuatro costados de la habitación velaban su descanso, respirando al unísono con él, proyectando en la penumbra una guardia paciente que mantendría el mundo a salvo hasta que llegara el alba, pero aquella noche el alba nunca llego y Mateo se fue con el corazón feliz de sentirse rodeado de las paredes que realmente lo amaban y el adoraba. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un hombre llamado Tomás que, tras setenta y cuatro años de lidiar con el mundo, los achaques de la espalda cerró los ojos por última vez un martes de otoño. No hubo agonía ni drama; simplemente suspiró con alivio, entregó el equipaje de este mundo y partió a otro lugar más allá de lo conocido.
Cuando abrio sus ojos se encontró flotando con una ligereza inaudita. Para su sorpresas ahora sus rodillas no crujían como usualmente lo hacían, además No le dolía la espalda y aquella molestia permanente en su estomago había desaparecido. Tomas se veía sentado plácidamente sobre una nube tibia que parecía de lana recién peinada, con los pies colgando sobre un horizonte de tonos dorados y violetas. Para adicionar a su placer no había tráfico de fondo, ni alarmas sonando a todas horas, tampoco había reproches sobre la tapa del inodoro, ni reclamos por no haber sacado la basura a tiempo o porque siempre estaba viendo futbol en la televisión. Había únicamente un silencio sagrado, limpio que realmente era un como un bálsamo para su alma.
Tomás dejó caer la cabeza hacia atrás, aspiró aquel perfume a lavanda celestial y soltó un suspiro hondo, monumental. Se cruzó de brazos, y curiosamente después de cuatro décadas de matrimonio comenzaba unas verdaderas vacaciones eternas.
Hasta que una brisa extraña agitó la neblina que cubria un poco sus alrededores y un rayo de luz ilumino una figura a lo lejos.
Efectivamente atravesando un arcoíris con la velocidad y la determinación de un proyectil divino, una silueta alada se abría paso. Tomás entrecerró los párpados, y siguiendo sus enseñanzas de catecismo en la tierra pensó saber de quien se trataba. Seguramente seria San Pedro o en su reemplazo algún ángel querubín con un arpa dispuesto a darle la bienvenida. Pero la figura se acercaba con un vigor demasiado conocido y que le recordaba su vida anterior. Era realmente curioso ver aquellas alas s no con gracia etérea, sino con la prisa de quien llega tarde a una cita muy importante.
De pronto lo oyo con un retumbar como de campana de bronce que además hacia eco en cada una de las nubes a su alrededor.
—¡Tomás! ¡Tomi, mi cielo! ¡Ay, por todos los santos, sabía que te encontraría por aquí en algún momento. Que felicidad tan grande siento ahora.
No había confusión posible: era Carmela. Llevaba una túnica de lino blanco resplandeciente, una aureola brillante perfectamente pulida e inclinada con coquetería mientras sus cristales de decoración dirigían la luz hacia arriba anunciando su aproximación. para colmo, venía batiendo las alas con una euforia desbordante como si fuera un colibrí multicolor. Cuando finalmente estaba cerca comenzó a agitar los brazos en el aire como si celebrara un reencuentro de telenovela.
A Tomás se le borró la sonrisa beatífica en una milésima de segundo. El alma se le cayó al fondo de la nube. Instintivamente se puso de pie, dio tres zancadas apresuradas hacia atrás y extendió las dos manos hacia el frente con los dedos bien abiertos, clavando los talones como un policía de tránsito deteniendo un camión sin frenos.
—¡Alto ahí! ¡Ni un aleteo más! —rugió Tomás, con el entrecejo fruncido de espanto—. ¡Ah, no, no, no! ¡Ni se te ocurra acercarte a saludarme con tanto entusiasmo!
Carmela frenó en seco en pleno vuelo, levantando una nubecita de polvo de estrellas. Se cruzó de brazos en el aire arrugando la túnica celestial y mirándolo con la misma expresión inquisidora que ponía los domingos por la mañana cuando él fingía estar dormido.
—¿Pero qué te pasa, descarado? —reclamó ella, con las alas vibrando de pura indignación—. ¡Llevo esperándote siete meses y tres días! Dejé apartada una pradera bien linda y hice reservar a un grupo de querubines para los dos y vengo directo a darte un abrazo de bienvenida a este paraíso, ¿y así me recibes? ¿Dónde está el cariño?
—¡El cariño se quedó en la parroquia de San Judas Tadeo en mil novecientos ochenta y dos! —replicó Tomás, apuntándola con un dedo tembloroso pero firme—.
Carmela bajó los brazos despacio, con la aureola tambaleándosele levemente sobre la cabeza, sin dar crédito a semejante audacia.
—O sea que según tú... ¿ahora somos dos extraños?
—¡Compañeros de galaxia, si acaso! —concluyó Tomás, volviendo a acomodarse en su nube con una serenidad recobrada y cruzándose de piernas—. Puedes ir a saludar a tus tías, buscarte un coro de ángeles o cantar alabanzas en el tercer cielo. Pero a mí me dejas en paz, Carmela, que si esto se llama paraíso, es porque aquí se viene a descansar.
Pero no te entiendo de que hablas si hemos sido esposos durante más de cuarenta años y hemos vivido juntos todos estos años, porque no quieres recibirme como un esposo fiel y dedicado.
Tomás sacudió la cabeza, adoptando un tono de abogado sagaz:
—Tú te moriste primero, ¿sí o no? Sí. Yo me morí después, ¿cierto? Cierto.¡Yo no me pasé cuarenta años comiendo sopa sin sal para venir a renovar la hipoteca conyugal en la eternidad!
Y ahora ambos estamos muertos Por lo tanto se aplico la cláusula de rescisión y se ejecutó por causas de fuerza mayor y aquí cada quien es un alma libre y soberana. Pues Las reglas son las reglas, Carmela, y en el cielo no nos vamos a saltar la ley. El padre Jerónimo lo dijo bien clarito frente a Dios, ante la virgen de yeso y con cincuenta parientes de testigos: hasta que la muerte los separe. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en lo alto de una torre de piedra azotada por el viento, un rey sabio pero agobiado por el miedo a los asedios. En su corte vivía un filósofo de barba gris y ojos cansados, a quien el monarca acudía cada vez que la incertidumbre no lo dejaba dormir.
Una tarde de otoño, mientras los ejércitos rivales se enfrentaban en las montanas que se veían en el horizonte, el rey observó una silueta lejana en la colina: su figura contrastaba contra el azul de aquel cielo y se podía vislumbrar que era un arquero enemigo que estaba tensando la cuerda de su arco, y que además estaba apuntando directamente hacia el balcón real donde el se encontraba. El monarca, con el pulso tembloroso, se volvió hacia el anciano y le preguntó:
—Dime, maestro: ¿a qué distancia tiene que estar una flecha para que me empiece a preocupar?
El filósofo no se apresuró a mirar la colina ya que sabía lo que estaba ocurriendo entre los dos ejércitos, En su lugar, dio un sorbo a su copa de vino y respondió con calma:
—Si te preocupas cuando la flecha está a trescientos pasos, en el instante en que abandona la cuerda, malgastas tu ingenio y tu tiempo. A esa distancia, el viento puede desviarla, una rama puede interponerse a ella o la fuerza de la tierra puede hacerla caer inofensiva sobre la hierba. Preocuparse por lo que apenas es una mera probabilidad de que algo te hiera o mate es sufrir por fantasmas que no sabes si existen o no.
El rey frunció el ceño, impaciente:
—¿Entonces debemos alarmarnos si acaso determino que esta a cincuenta pasos y que aún se dirige a mi, cuando la puedo oír silbar en el aire y esta atravesando el espacio sin que nada la este desviando o deteniendo.
—Tampoco —dijo el anciano negando con la cabeza—. A cincuenta pasos, la flecha viaja más rápido que tus reacciones y posiblemente te llegara en un segundo. Si gastas ese segundo en sentir miedo, tus músculos se congelarán y tu cuerpo no podrá evitar el impacto. A esa distancia no hay tiempo para la preocupación; solo hay tiempo para actuar: levantar el escudo o apartarse del camino. La angustia ahí no detiene la punta de hierro; solo te vuelve un blanco inmóvil y presa fácil de el arquero.
El monarca, desconcertado, dio un paso atrás hacia la penumbra de la sala.
—¿Y a un palmo de mi pecho? ¿Cuando ya roza la tela de mi vestido.
—A un palmo ya no tiene sentido preocuparse, majestad. El destino con toda seguridad ya está sellado. O la herida es mortal y la preocupación muere contigo, o es leve y solo resta curarla con los buenos oficios de los doctores de tu corte.
El rey miró de nuevo hacia la colina, y vio que la silueta del arquero bajaba el arco posiblemente comprendiendo que el tiro no seria posible con aquel viento. Aliviado pero igualmente confundido, miró al filósofo:
—Si no debo temer a al flecha de una hábil arquero cuando esta esta lejos, ni cuando esta en pleno vuelo, ni cuando ya me llego al cuerpo... ¿cuándo me debo preocupar?
—El sabio señaló con el dedo el pecho del rey y dijo no ha salido del arco aun. La distancia peligrosa no se mide en pasos, sino en la distancia entre lo que conocemos y valoramos como cierto y lo que nos negamos a ver porque el orgullo no nos lo deja ver. Debiste preocuparte meses atrás, cuando rompiste los pactos, cuando descuidaste las murallas y cuando sembraste el rencor que hoy arma las manos del enemigo. Una vez que la flecha vuela, la preocupación por ella es simplemente inútil; por el contrario antes de que la preparen, apunten hacia usted y la disparen siempre será evitable. - Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en los tiempos en que las riberas del litoral ecuatoriano aún no conocían el roce del hierro ya que los españoles conquistadores no habían hecho presencia. Unas tierras donde una confederación de guerreros orgullosos y libres dominaban toda la región era: la nación Huancavilca. Entre ellos no había figura más imponente que el cacique Guayas, un hombre alto como los ceibos, de músculos curtidos por la boga en canoa y una puntería infalible con la cerbatana y el arco. Pero el verdadero corazón de su fuerza no yacía solo en sus brazos, sino en su compañera, la princesa Quil. Ella no era una simple espectadora de las cortes tribales; dominaba la lanza, conocía los secretos curativos de la espesura del manglar y poseía una mirada tan aguda que los ancianos decían que podía predecir las mareas y el curso de los combates. Juntos no solo gobernaban: defendían palmo a palmo el equilibrio de su tierra fértil.
La paz se quebró con el estruendo del trueno y el relincho de bestias desconocidas. Desde el sur llegaron los hombres de Castilla, enfundados en corazas de acero que reverberaban con el calor sofocante del trópico. Traían cruces, arcabuces y una sed insaciable de metales brillantes. Los huancavilcas, fieles a su estirpe indómita, no se arrodillaron. Durante semanas, la selva y los esteros se convirtieron en un laberinto mortal para las tropas españolas; Guayas y Quil lideraron emboscadas feroces, apareciendo como sombras entre las ramas para luego desvanecerse en las corrientes del gran río.
Pero el desgaste de la guerra fue implacable. En una tarde sofocante, tras una refriega encarnizada en la que el humo de la pólvora cegó los senderos, una partida española logró cercar a los caudillos. Quil, que peleaba espalda contra espalda con Guayas para cubrir la retirada de los suyos, fue herida por una pica. Al verla caer, Guayas soltó su maza de chonta para protegerla con su cuerpo, siendo finalmente reducido por una decena de soldados que ataron sus muñecas con gruesas cuerdas.
Sabiendo que la resistencia de la región dependía de aquel líder, el capitán invasor le propuso un pacto: a cambio de sus vidas y de una relativa paz para los sobrevivientes, Guayas debía revelar la ubicación exacta de los tesoros de la confederación, las ofrendas ceremoniales y los yacimientos de oro que, según decían, se escondían cerca de las colinas.
Guayas guardó un largo silencio, mirando el rostro ensangrentado de Quil. Con un gesto de amarga sumisión fingida, asintió. Exigió únicamente que los desataran para guiarlos personalmente a una gruta en lo alto del cerro Santa Ana, un mirador escarpado que caía vertical sobre el abismo del caudaloso río.
La comitiva ascendió la colina bajo el sol ardiente de la tarde. Al llegar a la cumbre, junto al borde de la peña donde el viento soplaba furioso, Guayas se detuvo frente a un manto espeso de enredaderas y raíces. Pidió a sus guardias un puñal para despejar la entrada del escondite. Confiados en que el cacique estaba quebrado por el cansancio, los soldados le alcanzaron un acero.
En una fracción de segundo, la sumisión se transformó en fuego. Guayas cruzó una última y elocuente mirada con Quil; ambos entendían que el cautiverio, las cadenas y los ultrajes de la servidumbre eran un destino infinitamente peor que el fin de la vida. Con lágrimas en los ojos pero pulso de hierro, el cacique clavó la daga en el pecho de su amada, liberando su alma antes de que una sola mano enemiga pudiera mancillarla de nuevo.
Los soldados, paralizados por el horror, apenas alcanzaron a desenvainar sus espadas. Antes de que pudieran tocarlo, Guayas se irguió sobre el filo del despeñadero, alzó los brazos ensangrentados hacia el cielo y juró que aquel río y aquellas laderas jamás pertenecerían a nadie que no estuviera dispuesto a morir por su libertad. Sin vacilar, se arrojó al vacío, desapareciendo en el remolino profundo del agua que tantas veces lo había visto navegar.
Las aguas se tragaron el cuerpo del cacique, pero la corriente no apagó su eco. Cuando los colonizadores finalmente levantaron su asentamiento en la falda de aquel mismo cerro, bautizaron a la ciudad uniendo los nombres de los dos amantes rebeldes: Guayaquil, un monumento eterno al amor indómito y a la libertad que ningún imperio pudo quebrar.
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