‘War is like a football game. Whoever loses gives his opponent his hand, and everything is forgotten.’
La guerra es como un partido de fútbol. Quien pierde le da la mano a su oponente y todo queda olvidado.
Palabras de Hermann Goering, Reichsmarschall, tras haber perdido la guerra.
La guerra como un partido de fútbol. Salvo que el partido que había iniciado el Reichsmarschall Goering con el resto de su equipo, había provocado la muerte de más de 60 millones de personas.
El Tercer Reich, aquel que Adolf Hitler lideró y soñó que duraría mil años, estaba hecho pedazos. Hitler estaba muerto. Goebbels estaba muerto. Himmler estaba muerto.
Pero Goering vivía. Todavía. Tenía 52 años. Y entre muertos y fugitivos era la figura nazi de mayor relevancia para noviembre de 1945.
El pomposo y condecorado líder de la Fuerza Aérea alemana, se había entregado a las fuerzas vencedoras como prisionero de guerra.
Seguía luciendo su uniforme. Pero desprovisto de todo galardón. Había perdido peso. Y de vivir en su lujosa mansión de campo, ahora pasaba los días en una diminuta y austera celda en una cárcel de Nuremberg, la ciudad que vivió las horas más encendidas del fastuoso régimen nazi.
Goering estaba por enfrentar un juicio. Él y otros veinte nazis de distinta laya y calaña.
Un juicio sin precedentes. Un tribunal militar internacional, integrado por Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia, vencedores de la guerra, juzgaría acusando a los imputados por Crímenes contra La Paz y contra la humanidad.
Hoy en Blitzkrieg Pop, Nuremberg, los nazis al banquillo. Parte 1