En el Valle de los Lobos, donde la nieve golpea como un presagio y la Torre se alza solitaria frente al destino, un muchacho de mirada helada llega acompañado por el miedo de su propio padre. Saevin, así lo llaman, atraviesa las verjas entre humo de dragón y destellos de magia antigua, como si conociera de antemano cada pasillo de la Torre que lo recibe. Allí, Dana, Señora de la Torre y Kin-Shannay, percibe desde el primer instante la anomalía: Saevin no solo posee un poder innato y sobrehumano, sino que parece estar ligado a fuerzas que anteceden incluso a la frontera entre la vida y la muerte. Y mientras los aprendices continúan su rutina entre hechizos y estudios, en lo alto del vacío, una profecía despierta.
Porque más allá del Valle, en la Ciudad Olvidada, el Oráculo del Templo Sin Nombre anuncia la inminencia del Momento, cuando la dimensión de los vivos y la de los muertos se aproximarán hasta casi tocarse. En ese instante, las almas errantes podrían regresar… y los vivos, tentar la inmortalidad. La propia Dana escucha horrorizada los versos proféticos que enumeran destinos sellados: traiciones, sacrificios, muertes terribles, un viaje sin retorno y un elegido que podría inclinar el equilibrio hacia la luz o hacia la sombra. Todo ello mientras los fantasmas se inquietan, los dragones callan bajo la nieve, y en la Torre se multiplican los signos de que algo antiguo ha comenzado a moverse.
Así se abre La llamada de los muertos, la culminación de una saga donde el pasado regresa con voz propia, los vivos se preparan para resistir el choque entre los mundos y cada personaje —desde Jonás hasta Iris, desde Fenris hasta la propia Dana— se ve empujado hacia un destino que tal vez no pueda evitarse. La tensión crece, el Momento se acerca, y once figuras trazan en silencio la red que decidirá el futuro de ambos planos. El desenlace aún permanece oculto entre brumas… pero la llamada ya ha comenzado. Y nadie puede ignorarla