En el corazón de Jesús hay una especial predilección por los pobres, hasta el punto de que él mismo dice que quien les da de comer, de beber, les hospeda, les viste y va a visitarles, lo hace también con él. Jesús mismo se hace pobre, se despoja de su rango, y nos invita a hacer lo mismo cuando dice: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos».