La noche del 22 de noviembre de 1987, la transmisión del noticiero más popular de Chicago fue interrumpida por un hombre con máscara de goma que se balanceaba burlón frente a una cortina giratoria. Duró veinticinco segundos. Dos horas después, volvió a hacerlo —esta vez durante noventa segundos, con más caos, más absurdo, y terminó mostrando sus nalgas en cadena nacional.
Para hackear la señal de dos canales en una misma noche, alguien necesitaba equipamiento sofisticado, conocimiento técnico de élite y acceso a puntos estratégicos sobre los tejados de Chicago. La FCC desplegó agentes, revisó antecedentes, interrogó ingenieros. No encontró nada. Casi cuatro décadas después, el pirata de Max Headroom sigue sin nombre, sin motivo y sin explicación.