Hoy en día, nuestra cultura evangélica se ha vuelto colérica e intolerante. Con frecuencia nos herimos unos a otros y, en nuestro celo desmedido, caemos en discusiones infantiles cargadas de amargura y odio hacia nuestros semejantes. La realidad es que, si no somos capaces de escuchar una idea contraria sin ofendernos, sin juzgar, y sin recurrir a etiquetas fáciles para defendernos, es porque aún somos como niños inmaduros, incapaces de tener ideas y convicciones espirituales propias. Recordemos que Dios nos ha llamado a aborrecer el pecado, pero nunca a dejar de amar al pecador.