«Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé.»
Con este libro se abre la segunda mitad de las Confesiones: ya no cuenta quién fue, sino quién es el obispo Agustín cuando escribe, hacia el año 400, a los 46 años, siendo ya pastor de Hipona. Es el corazón filosófico y espiritual de la obra, y uno de los textos más audaces jamás escritos sobre el alma humana.
Agustín explica primero por qué sigue confesándose: no para revelar a Dios lo que ya sabe, sino para que sus hermanos —los que le conocieron y los que no— «respiren en mis bienes y suspiren en mis males». Se sabe todavía enfermo y pide ser mirado por el único Médico capaz de sanarle.
Luego emprende la gran aventura interior: buscar a Dios subiendo por sí mismo. Interroga a la tierra, al mar, al aire, al cielo, al sol, a los astros: todos responden lo mismo: «No somos tu Dios; Él nos ha hecho.» Entra entonces en los «campos y anchos palacios de la memoria», un santuario inmenso donde guarda imágenes de los sentidos, las ciencias, los números, los sentimientos, el recuerdo del olvido mismo. Allí descubre que también el alma se excede a sí misma: «Es angosta el alma para contenerse a sí misma.»
Y, sobre todo, busca allí la vida feliz: ¿dónde la hemos conocido, si todos la deseamos sin haberla poseído nunca? Agustín llega a su célebre definición: la vida feliz es gaudium de veritate, «gozo de la verdad» —gozar de Dios, para Dios y por Dios. Por eso muchos aman la verdad cuando brilla y la odian cuando les reprende.
Tras rebasar incluso la memoria, encuentra por fin el lugar donde Dios habita: no un lugar, sino Él mismo sobre el alma. Y entonces estalla el grito más famoso de toda la literatura espiritual: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! Tú estabas dentro de mí y yo fuera… Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera… exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz.»
Pero no se queda en el éxtasis. Con una honestidad rarísima, hace ahora un examen de su vida presente a la luz de las tres concupiscencias de 1 Jn 2,16: concupiscencia de la carne (sueños impuros, los placeres de la mesa, los perfumes, el canto litúrgico —«fluctúo entre el peligro del deleite y la experiencia del provecho»—, la belleza visible); concupiscencia de los ojos, entendida como curiositas, hambre vana de saber y de ver; y soberbia de la vida, el afán de ser amado y temido, la tentación de complacerse en la alabanza humana y aun de vanagloriarse del propio desprecio de la vanagloria. De cada frente confiesa todavía heridas abiertas, y de todas ellas repite la oración que irritaría a Pelagio: «Da lo que mandas y manda lo que quieras» (da quod iubes et iube quod vis).
Se sabe enfermo, se sabe pequeño, se sabe hecho quaestio para sí mismo. Por eso el libro termina allí donde toda la obra va a culminar: en la única salida posible: Cristo, Mediador entre Dios y los hombres. No los ángeles, no los falsos mediadores de los neoplatónicos, sino el Verbo hecho carne, «sacerdote por ser víctima, vencedor por ser víctima», que redimió a Agustín con su sangre y al que Agustín come, bebe y distribuye como obispo.
Traducción de Ángel Custodio Vega Rodríguez, OSA, revisada por José Rodríguez Díez, OAR.
Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, en favor de las obras de caridad del Papa León XIV.