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Las confesiones de San Agustín por la Familia Agustiniana

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Las confesiones de San Agustín por la Familia Agustiniana
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  • Libro 13: Interpretación alegórica de la creación

    23/04/2026 | 1 h 44 min
    “Invoco, Dios mío, a tu misericordia, que me hizo a mí, a mí que no me olvidé de ti, aunque tú me olvidaras.”
    En este Libro XIII, último de las Confesiones, San Agustín corona la obra elevándose desde la memoria de su propia vida hasta una contemplación orante del misterio de la creación. Ya no narra: ora, canta, interpreta. Toma el relato del Génesis y lo lee como quien contempla un ícono —cada palabra se vuelve transparente al misterio de Dios, de la Iglesia y del alma que vuelve a Él.
    El libro se abre con una meditación sobre la pura gratuidad de la creación: Dios no creó porque le faltara nada, ni porque la criatura lo mereciera —la creación es puro don, pura misericordia que se adelanta incluso al ser del creado. “No merecía yo existir para que tú me hicieras.”
    A partir de ahí, Agustín descubre en las primeras palabras del Génesis la huella de la Trinidad: el Padre que crea “en el Principio” —que es el Hijo—, y el Espíritu que “se cernía sobre las aguas”. Y halla también en el alma humana, hecha a imagen de Dios, un vestigium Trinitatis: ser, conocer, querer —tres y uno en cada acto interior.
    El corazón del libro es la célebre sentencia:
    “Pondus meum, amor meus” — “Mi peso es mi amor; él me lleva adonde quiera que soy llevado.”
    El amor es la gravedad del alma. Como el fuego sube y la piedra cae, así el corazón humano busca su lugar: “nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.” Toda la obra desemboca aquí.
    Luego Agustín emprende una lectura alegórica de los seis días de la creación, leyéndolos como figura de la historia de la salvación y del itinerario del alma y de la Iglesia: las aguas que se separan son los pueblos que se apartan del mar de la amargura; el firmamento es la Escritura extendida como pergamino sobre nosotros; las lumbreras son los santos y doctores que alumbran en la noche del mundo; los peces y aves son los sacramentos y predicadores que nacen del bautismo; el alma viviente es el creyente que ha vencido las pasiones; y el hombre hecho a imagen de Dios es el espiritual que juzga todas las cosas a la luz del Espíritu.
    Y al final, el día séptimo —el sábado sin tarde, el descanso eterno en Dios—:
    “También nosotros, después de nuestras obras muy buenas… descansaremos en ti en el sábado de la vida eterna.”
    Así se cierran las Confesiones: no con una conclusión doctrinal, sino con una súplica —“a ti se te pide, en ti se busca, a ti se llama; así se recibe, así se encuentra, así se abre”— y con el Amén que devuelve toda la obra a las manos del que la inspiró.
    Traducción de P. Ángel Custodio Vega Rodríguez, OSA, revisada por P. José Rodríguez Díez, OAR.
    Producción conjunta de la Orden de San Agustín (OSA) y la Orden de Agustinos Recoletos (OAR). Todos los beneficios se destinan a la Limosnería Apostólica para las obras de caridad del Papa León XIV.
  • Libro 12: La materia informe, el «cielo del cielo» y las muchas lecturas verdaderas del Génesis

    23/04/2026 | 1 h 13 min
    «Maravillosa profundidad la de tus Escrituras… Horror me causa fijar la vista en ella, pero es un horror de respeto y un temor de amor.»
    Agustín continúa su comentario a las primeras palabras del Génesis: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Y la tierra era invisible y caótica, y las tinieblas estaban sobre el abismo.» Si el libro anterior se jugó en la pregunta por el tiempo, este se juega en dos preguntas aún más vertiginosas: ¿qué es ese «cielo del cielo»? y ¿qué es esa «tierra invisible y caótica»?. Y, sobre todo, ¿cómo se lee la Escritura cuando una misma frase admite muchos sentidos verdaderos?
    Agustín propone una distinción audaz: entre Dios y el mundo mudable hay dos criaturas especialísimas que no están sujetas al tiempo. Por un lado, el cielo del cielo, la criatura intelectual, «casa de Dios», mente pura de ángeles y santos que, adhiriéndose sin intervalos a la contemplación de Dios, participa de su eternidad sin serle coeterna. Por otro, la materia informe, casi—nada pero no nada, pura capacidad de recibir formas, de la que Dios sacará el mundo visible. Ni lo uno ni lo otro conocen los días, porque el tiempo nace de los cambios. Entre estos dos extremos se despliega todo el universo que conocemos.
    Cuando Agustín intenta pensar esa informidad primordial, confiesa con una honestidad casi cómica que no lo logra: «Feas y horribles formas en confuso desorden revolvía mi espíritu, pero formas al fin.» Sólo la razón pura le enseña que, bajo todo cambio, tiene que haber una mutabilidad radical, anterior a toda forma, y aun ella creada por Dios de la nada. El mundo no emana de Dios —no sería entonces criatura, sino el mismo Hijo—; tampoco brota de una materia eterna y hostil, como enseñaban los maniqueos de su juventud. Todo procede de Dios, Trinidad una, que hace por su Verbo.
    Pero, tras la metafísica, llega la gran lección hermenéutica —una de las páginas más modernas y saludables que nunca se hayan escrito sobre la lectura de la Biblia—. Agustín enumera hasta cinco maneras distintas de entender «en el principio creó Dios el cielo y la tierra» y cinco de entender «la tierra era invisible y caótica», todas verdaderas, todas compatibles con la fe. Y plantea la pregunta decisiva: cuando varios lectores creyentes disputan sobre lo que «quiso decir Moisés», ¿cómo salir del callejón?
    Su respuesta es memorable. Distingue entre dos órdenes: la verdad de la cosa y la intención del autor. Y reconoce con una humildad desarmante: «Nadie ya me sea molesto diciéndome: ‘No intentó Moisés lo que tú dices, sino lo que yo digo.’» Si dos lecturas son verdaderas, ambas caben: ambas están en la luz de Dios, que es la Verdad común a todos. Aferrarse a «mi» sentido para negar el ajeno no es ciencia, es soberbia: «porque no conocen el pensamiento de Moisés, sino que aman el suyo; no porque sea verdadero, sino porque es suyo». Y llega al giro que ningún exegeta moderno ha podido superar: Dios, al inspirar las Escrituras, las hizo capaces de alimentar a muchos, como una fuente que mana y se ramifica en muchos arroyos. «Si yo hubiera sido Moisés —dice— habría querido hablar con tal plenitud que nadie de los que ven verdad en la luz de Dios la hallase excluida de mis palabras.»
    Así, este libro es dos libros en uno: metafísica de la creación y tratado sobre cómo leer la Palabra de Dios. Y termina con una oración humildísima: «O nos muestras lo que Moisés pensó, o nos muestras otra verdad que te plazca; con tal de que seas tú quien nos apaciente y no nos engañe el error.»
    Traducción de Ángel Custodio Vega Rodríguez, OSA, revisada por José Rodríguez Díez, OAR.
    Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, en favor de las obras de caridad del Papa León XIV.
  • Libro 11: El tiempo, la eternidad y el «Principio» de la creación

    23/04/2026 | 1 h 10 min
    «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva» daba paso en el libro anterior al presente; ahora Agustín pronuncia la frase que articula todo este libro XI: «Por amor de tu amor hago esto» (amore amoris tui facio istuc).
    Agustín abre aquí la segunda parte de las Confesiones, la propiamente teológica: los cuatro últimos libros son un comentario al principio del Génesis. No es ya autobiografía, sino la mente creyente que, a las puertas del relato mosaico, se detiene a interrogar el misterio más vertiginoso que puede asediar al hombre: ¿qué es el tiempo?, ¿cómo crea Dios?, ¿qué significa que Dios haya hecho el cielo y la tierra «en el Principio»?
    Comienza con una de las páginas más hermosas de súplica intelectual de la literatura cristiana: pide que las Escrituras sean «mis castas delicias», que Dios circuncide sus labios interiores y exteriores, que no cierre su Palabra contra los que llaman. «¿O es que estos bosques no tienen sus ciervos, para que en ellos se alberguen, y paseen, y pasten, y rumien?»
    Luego aborda la creación. Dios no hace el mundo como el artesano hace un mueble, a partir de una materia previa. Dios crea de la nada, y lo hace por su Palabra, por el Verbo eterno: no una voz que suena y pasa —como la del Tabor, que se hizo y cesó—, sino una Palabra coeterna en la que «dices a un tiempo y sempiternamente todas las cosas». «En ese Principio, Señor, en tu Verbo, en tu Hijo, en tu Virtud, en tu Sabiduría, en tu Verdad, hiciste el cielo y la tierra.»
    Sale entonces al paso de la famosa objeción burlona: «¿Qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra?». Agustín rechaza con elegancia la salida chistosa («preparaba castigos para los que escudriñan profundidades») y responde con una intuición decisiva: no había un «antes», porque el tiempo mismo es criatura. Dios no precede a los tiempos en el tiempo, sino por la celsitud de su eternidad siempre presente. «Tus años son un día, y tu día no es un cada día, sino un hoy.»
    Y aquí comienza la página que durante mil seiscientos años no ha dejado de sorprender a filósofos, físicos y teólogos: la indagación del tiempo. Planta la célebre confesión: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.» Descubre la paradoja del presente, que no tiene espacio, y sin embargo es lo único que es. Niega que el tiempo sea el movimiento del sol o de los astros. Y llega a su respuesta definitiva: el tiempo es una distentio animi, una distensión del alma, medida en la mente por tres presentes simultáneos: presente de lo pasado (memoria), presente de lo presente (visión) y presente de lo futuro (expectación). «En ti, alma mía, mido los tiempos.»
    Cierra el libro volviendo al drama personal. Su propia vida es una distensio, un estirarse doloroso entre el pasado que pesa y el futuro que distrae. La salida es Cristo: el Mediador entre el Uno (Dios) y los muchos (nosotros, dispersos). Por Él, Agustín aspira a ser «recogido», a dejar de disiparse en los tiempos y ser «purificado y derretido en el fuego de tu amor».
    Un libro arduo, luminoso y conmovedor: el momento en que san Agustín piensa la creación y el tiempo como solo puede hacerlo un alma que ya ha aprendido a llorar y a orar.
    Traducción de Ángel Custodio Vega Rodríguez, OSA, revisada por José Rodríguez Díez, OAR.
    Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, en favor de las obras de caridad del Papa León XIV.
  • Libro 10: La memoria, la vida feliz y el Mediador

    23/04/2026 | 2 h 1 min
    «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé.»
    Con este libro se abre la segunda mitad de las Confesiones: ya no cuenta quién fue, sino quién es el obispo Agustín cuando escribe, hacia el año 400, a los 46 años, siendo ya pastor de Hipona. Es el corazón filosófico y espiritual de la obra, y uno de los textos más audaces jamás escritos sobre el alma humana.
    Agustín explica primero por qué sigue confesándose: no para revelar a Dios lo que ya sabe, sino para que sus hermanos —los que le conocieron y los que no— «respiren en mis bienes y suspiren en mis males». Se sabe todavía enfermo y pide ser mirado por el único Médico capaz de sanarle.
    Luego emprende la gran aventura interior: buscar a Dios subiendo por sí mismo. Interroga a la tierra, al mar, al aire, al cielo, al sol, a los astros: todos responden lo mismo: «No somos tu Dios; Él nos ha hecho.» Entra entonces en los «campos y anchos palacios de la memoria», un santuario inmenso donde guarda imágenes de los sentidos, las ciencias, los números, los sentimientos, el recuerdo del olvido mismo. Allí descubre que también el alma se excede a sí misma: «Es angosta el alma para contenerse a sí misma.»
    Y, sobre todo, busca allí la vida feliz: ¿dónde la hemos conocido, si todos la deseamos sin haberla poseído nunca? Agustín llega a su célebre definición: la vida feliz es gaudium de veritate, «gozo de la verdad» —gozar de Dios, para Dios y por Dios. Por eso muchos aman la verdad cuando brilla y la odian cuando les reprende.
    Tras rebasar incluso la memoria, encuentra por fin el lugar donde Dios habita: no un lugar, sino Él mismo sobre el alma. Y entonces estalla el grito más famoso de toda la literatura espiritual: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! Tú estabas dentro de mí y yo fuera… Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera… exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz.»
    Pero no se queda en el éxtasis. Con una honestidad rarísima, hace ahora un examen de su vida presente a la luz de las tres concupiscencias de 1 Jn 2,16: concupiscencia de la carne (sueños impuros, los placeres de la mesa, los perfumes, el canto litúrgico —«fluctúo entre el peligro del deleite y la experiencia del provecho»—, la belleza visible); concupiscencia de los ojos, entendida como curiositas, hambre vana de saber y de ver; y soberbia de la vida, el afán de ser amado y temido, la tentación de complacerse en la alabanza humana y aun de vanagloriarse del propio desprecio de la vanagloria. De cada frente confiesa todavía heridas abiertas, y de todas ellas repite la oración que irritaría a Pelagio: «Da lo que mandas y manda lo que quieras» (da quod iubes et iube quod vis).
    Se sabe enfermo, se sabe pequeño, se sabe hecho quaestio para sí mismo. Por eso el libro termina allí donde toda la obra va a culminar: en la única salida posible: Cristo, Mediador entre Dios y los hombres. No los ángeles, no los falsos mediadores de los neoplatónicos, sino el Verbo hecho carne, «sacerdote por ser víctima, vencedor por ser víctima», que redimió a Agustín con su sangre y al que Agustín come, bebe y distribuye como obispo.
    Traducción de Ángel Custodio Vega Rodríguez, OSA, revisada por José Rodríguez Díez, OAR.
    Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, en favor de las obras de caridad del Papa León XIV.
  • Libro 9: Casiciaco, bautismo y muerte de Mónica

    23/04/2026 | 1 h 11 min
    «Siervo tuyo soy e hijo de tu sierva. Rompiste mis ataduras, yo te ofreceré un sacrificio de alabanza.»
    Ya convertido, Agustín comienza este libro con un canto de acción de gracias: Dios ha roto sus cadenas. Ahora narra el tránsito de la conversión interior a la vida nueva, entre los 32 y los 33 años, en el umbral de su bautismo y de la pérdida más honda de su vida: su madre.
    Renuncia discretamente a la cátedra de retórica de Milán —«la cátedra de la mentira», «el mercado de la charlatanería»— aprovechando las vacaciones vendimiales y unos dolores de pecho que, dice, acaban siéndole providenciales. Se retira con los suyos a Casiciaco, la finca que el amigo Verecundo les presta. Allí, en un otoño y un invierno de conversación, oración y estudio, nacen sus primeros diálogos filosóficos, siempre en compañía de Alipio, de su madre Mónica —«traje de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre»—, de su hijo Adeodato y del recuerdo del ausente Nebridio. Lee los Salmos «entre lágrimas y fuego»; descubre, sobre todo en el Salmo 4, la voz que tantos años ignoró: «¿Hasta cuándo seréis pesados de corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira?».
    De vuelta a Milán, en la Vigilia Pascual del año 387 —probablemente la noche del 24 al 25 de abril—, es bautizado por san Ambrosio junto con Alipio y con el pequeño Adeodato, «hijo de mi pecado, a quien tú habías hecho bien». Evoca también el hallazgo milanés de los cuerpos de san Gervasio y san Protasio, la curación del ciego, y el origen del canto de himnos y salmos en Occidente durante la persecución de Justina.
    Y luego, camino ya del regreso a África, la escena central de toda la literatura cristiana de la maternidad: Ostia Tiberina. Asomados a una ventana sobre un jardín interior, madre e hijo conversan «dulcísimamente» sobre la vida eterna de los santos. En un instante —toto ictu cordis— tocan juntos la Sabiduría eterna. Pocos días después, a los 56 años, Mónica muere. Pide un único legado: «Acordaos de mí ante el altar del Señor, doquiera que os hallareis».
    Agustín contiene las lágrimas durante el entierro, toma un baño que no consuela, duerme, y al despertar llora por fin —con un llanto de hijo y de cristiano— a la madre que tanto le había llorado a él para que naciera a la vida eterna. Cierra el libro intercediendo por Mónica y por su padre Patricio ante el altar, y pidiendo a todo lector que haga lo mismo.
    Traducción de Ángel Custodio Vega Rodríguez, OSA, revisada por José Rodríguez Díez, OAR.
    Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, en favor de las obras de caridad del Papa León XIV.
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Acerca de Las confesiones de San Agustín por la Familia Agustiniana
Las Confesiones de san Agustín, una de las obras más profundas y luminosas de la tradición cristiana, cobran nueva vida en este audiolibro producido conjuntamente por la Orden de San Agustín (OSA) y la Orden de Agustinos Recoletos (OAR).
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