
766. El final de Stranger Things: cerrar la historia y cerrar el corazón
13/1/2026 | 27 min
El artículo 766. El final de Stranger Things: cerrar la historia y cerrar el corazón se publicó primero en Academia Guiones y guionistas. Hoy vamos a hablar del final de Stranger Things, pero no para discutir si nos gustó más o menos, sino para entender por qué los finales funcionan… o fallan. Porque todo buen final tiene dos caras: la narrativa, que cierra las promesas hechas en el piloto y resuelve el conflicto central, y la emocional, que decide qué recuerdo se lleva el espectador cuando la pantalla se apaga. A partir de este doble enfoque analizaremos cómo Stranger Things clausura su lucha contra lo paranormal y a Vecna, cómo apaga las tramas institucionales y cómo despide a sus personajes, comparándolo con otros finales polémicos como el de Lost, para extraer una lección clara para guionistas: no basta con emocionar ni con explicar, hay que saber cumplir las promesas que hiciste al principio… y despedirte sin traicionar a quien te ha acompañado durante el viaje. La semana pasada hablé de los 10 tipos de conflictos en un pódcast que ha sido muy celebrado. Bien, pues para profundizar en un tema tan importante he preparado un curso completo para los suscriptores de la Academia Guiones y guionistas: El curso de Conflictos Narrativos. No es un curso para “entender teoría” y ya: es un curso para salir con un mapa que puedas usar en tu próximo guion, capítulo o escena. Ya está subida la clase introductoria donde dejamos claro qué es un conflicto (y qué no lo es), cómo se construye una escena con objetivo, obstáculo y cambio, y cómo se escala la tensión sin repetir la misma situación una y otra vez. 1. Las promesas del piloto Lo que Stranger Things nos dijo que iba a ser… sin decirlo El piloto de Stranger Things es un ejemplo de manual de cómo prometer mucho sin explicitar casi nada. No hay discursos, no hay voz en off, no hay carteles que digan “esta serie va de esto”. Hay acciones, atmósferas y decisiones dramáticas que, sin darnos cuenta, están firmando un contrato con el espectador. Y ese contrato es el que el final tiene que respetar. La primera gran promesa es lo paranormal como amenaza real. Desde la escena inicial en el laboratorio sabemos que hay algo fuera de control, algo que no pertenece a nuestro mundo y que va a romper la normalidad de Hawkins. No se presenta como un misterio intelectual, sino como un peligro físico y emocional. El piloto nos dice: aquí hay un mal que debe ser contenido. Y esa promesa exige un cierre narrativo claro, no solo una sensación. La segunda promesa es el grupo como escudo emocional. Cuatro niños en bici, dados sobre la mesa, partidas de rol, amistad pura y sin ironía. El piloto deja claro que esta no es una historia de un héroe solitario, sino de un colectivo. Pase lo que pase con los monstruos, lo importante será cómo este grupo resiste unido. El final, por tanto, no puede ser solo una victoria contra el mal, tiene que ser una despedida del grupo tal y como lo conocíamos. La tercera promesa es el mundo adulto como amenaza o como ausencia. Padres que no escuchan, profesores que no entienden, instituciones que mienten. Desde el principio se establece una brecha clara entre la mirada infantil y el poder adulto. El laboratorio secreto no es solo un escenario: es la encarnación de una autoridad que utiliza, oculta y sacrifica. Esto obliga a la serie a cerrar también el conflicto con las instituciones, aunque sea de forma funcional y no emocional. La cuarta promesa, y quizá la más importante, es Eleven como personaje frontera. No es solo una niña con poderes: es el punto de contacto entre lo humano y lo monstruoso, entre el afecto y la destrucción. El piloto nos promete que su arco no va de vencer al enemigo, sino de encontrar un lugar en el mundo. Y cuando una serie promete eso, el final no puede limitarse a explicar qué pasó con el monstruo: tiene que responder a la pregunta de si Eleven pertenece —o no— a la comunidad que la acoge. Por eso, cuando llegamos al final de Stranger Things, no lo juzgamos solo por si el mal ha sido derrotado. Lo juzgamos por algo mucho más profundo: si el peligro paranormal ha sido realmente cerrado, si el grupo ha completado su ciclo, si las instituciones han sido desenmascaradas o neutralizadas, y si Eleven ha encontrado su lugar, aunque ese lugar implique desaparecer de la vista de los demás. Las promesas del piloto no son un recuerdo nostálgico: son una deuda. Y los finales, nos guste o no, se miden por cómo deciden pagarla. 2. Qué es un buen final narrativo Cerrar la historia que se ha contado (no otra distinta) Cuando hablamos de final narrativo no estamos hablando de explicar todo, ni de atar cada cabo suelto con un lacito. Un buen final narrativo consiste en algo mucho más concreto —y mucho más exigente—: responder de forma clara a la pregunta dramática central que la serie planteó desde el principio. No a todas. A la principal. En Stranger Things, esa pregunta no es “¿qué es exactamente el Mundo del Revés?” ni “¿cómo funcionan los poderes de Eleven con precisión científica?”. La pregunta central es otra: ¿puede este mundo normal sobrevivir al choque con lo paranormal sin romperse para siempre? Y eso es lo que un final narrativo tiene que cerrar. Un error muy común —y muy humano— es confundir resolución con explicación. Resolver es tomar una decisión narrativa: el mal es derrotado, contenido o integrado. Explicar es rellenar huecos de información. Los buenos finales entienden que no todo misterio necesita explicación, pero todo conflicto necesita una resolución. Si el conflicto sigue abierto, el espectador siente que la historia no ha terminado, aunque haya música emotiva y abrazos. Otro elemento clave del buen final narrativo es que cierra la historia que se ha estado contando temporada a temporada, no una versión corregida en el último momento. El final no puede cambiar las reglas del juego. No puede introducir un nuevo tema principal ni desplazar el foco dramático. Tiene que ser la consecuencia lógica —no necesariamente previsible, pero sí coherente— de lo que hemos visto durante años. En Stranger Things, el final narrativo tiene que hacer tres cosas muy concretas: Cerrar el conflicto paranormal como amenaza global. No basta con ganar una batalla más. Tiene que quedar claro que el ciclo se ha roto. Definir el destino del antagonismo central (el mal con rostro, no solo el mal abstracto). Aquí entra la necesidad de una confrontación definitiva, no aplazada. Restablecer un nuevo equilibrio. El mundo no vuelve a ser exactamente el mismo que en el piloto, pero sí uno en el que se puede vivir. Si un final no hace esto, el espectador puede emocionarse… pero también puede sentir que la serie se ha escurrido. Y cuando eso ocurre, aparece esa sensación incómoda de: “me ha gustado, pero no sé si me lo han contado bien”. Por eso el final narrativo es tan ingrato para los guionistas. No genera lágrimas inmediatas, no se convierte en gif viral… pero es el que sostiene todo lo demás. Sin él, el final emocional flota. Con él, la historia se mantiene en pie incluso cuando pasa el tiempo y la emoción se enfría. Y ahora sí: una vez la historia está cerrada, entonces podemos permitirnos cerrar el corazón. Pero no antes. 3. El gran arco narrativo: lo paranormal Del Mundo del Revés a Vecna: cerrar la amenaza, no solo ganar la última pelea Si miramos Stranger Things con perspectiva —esa que solo se tiene cuando ya sabes cómo acaba todo— se ve con bastante claridad que la serie ha construido un único gran arco narrativo, dividido en dos fases muy reconocibles. La primera fase, que abarca las temporadas 1, 2 y 3, gira en torno a lo desconocido. El enemigo no tiene rostro claro. Es el Mundo del Revés como concepto: una dimensión paralela, una contaminación, una grieta en la realidad. El peligro no es solo el monstruo, es la existencia misma de ese otro mundo que se filtra en el nuestro. Narrativamente, esta etapa funciona como una amenaza difusa, casi lovecraftiana: no se entiende del todo, pero se siente. En la segunda fase, temporadas 4 y 5, la serie toma una decisión muy importante: darle cara al mal. Vecna no es solo un villano más potente; es una concreción narrativa. El mal deja de ser un “fenómeno” y pasa a ser un antagonista con identidad, pasado, motivación y vínculo directo con Eleven. Esto no es casual: los finales necesitan un enemigo reconocible, alguien a quien vencer, no solo una atmósfera inquietante. Aquí está la clave del final narrativo: el cierre no puede limitarse a derrotar a Vecna como individuo, tiene que cerrar el ciclo del Mundo del Revés como amenaza estructural. Si Vecna cae pero el Mundo del Revés sigue ahí, activo, respirando, la promesa del piloto queda a medias. Porque desde el principio la serie nos dijo que aquello no era un problema puntual, sino una fractura en la realidad. El final, por tanto, necesita dejar claro que esa fractura se ha sellado, neutralizado o transformado de manera definitiva. Además, este arco paranormal no es solo externo. Está íntimamente ligado a Eleven. El mal surge a través de ella, se canaliza por ella y se enfrenta a ella. Por eso el cierre narrativo de lo paranormal no puede separarse del destino del personaje. Si el mal desaparece, es porque ella ha tomado una decisión. Y si permanece, también. En términos de guion, esto es fundamental: el antagonista no se derrota solo con fuerza, se derrota cuando la historia ya no lo necesita. El final narrativo de Stranger Things tiene que dejar la sensación de que el conflicto paranormal ha cumplido su función dramática. Que ya no queda nada pendiente que exija otra temporada, otro sacrificio, otro grupo de niños en bici saliendo a investigar. El mundo puede seguir adelante porque la amenaza que justificaba la historia ha sido cerrada. Si esto se consigue, el espectador puede soltar la serie sin la sensación de abandono. Puede echarla de menos, sí. Pero no sentir que algo quedó abierto por miedo a cerrar del todo. Y eso, en una historia que empezó con una puerta abierta a otro mundo, no es poco mérito. 4. Tramas institucionales: el enemigo humano Cuando el monstruo tiene despacho, uniforme o presupuesto ilimitado Una de las decisiones más inteligentes de Stranger Things es no confiarlo todo al terror paranormal. Desde el piloto, la serie deja claro que el verdadero peligro no siempre viene de otro mundo, sino de este. Y que, a veces, el monstruo más eficaz es el que actúa con sello oficial. A lo largo de las temporadas aparecen varias encarnaciones del poder institucional: el laboratorio secreto que experimenta con niños, los rusos jugando a la Guerra Fría pop con portales interdimensionales, y los militares, que llegan tarde, arrasan con todo y llaman “protocolo” a la destrucción. Narrativamente, estas tramas cumplen una función muy concreta: materializar el conflicto humano frente a lo desconocido. El Mundo del Revés es incomprensible; las instituciones, en cambio, son muy reconocibles. No buscan entender, buscan controlar. No protegen a las personas, protegen el sistema. Y eso las convierte en antagonistas perfectos para una historia protagonizada por niños y adolescentes. Ahora bien, aquí hay una diferencia clave respecto al arco paranormal: estas tramas no necesitan un cierre emocional, sino un cierre funcional. No esperamos una catarsis sentimental con el laboratorio ni un plano lloroso del general de turno reconociendo sus errores. Lo que necesitamos es algo mucho más simple —y mucho más narrativo—: que su poder quede neutralizado, que su capacidad de daño se reduzca, o que su mentira quede expuesta. Cuando estas instituciones dejan de ser una amenaza activa, la historia puede seguir adelante. No porque el mundo se haya vuelto justo, sino porque el obstáculo concreto que bloqueaba a los protagonistas ha sido eliminado. Y eso es suficiente desde el punto de vista narrativo. Además, estas tramas cumplen otra función esencial: equilibrar el tono. Si todo fuera paranormal, la serie se convertiría en fantasía pura. Si todo fuera institucional, sería un thriller conspiranoico. Al combinar ambos niveles, Stranger Things construye un mundo donde el mal puede venir de una criatura de otra dimensión… o de alguien con bata blanca y despacho. Por eso, en el final, estas tramas no exigen protagonismo. No necesitan grandes escenas de despedida. Necesitan desaparecer del tablero. Y cuando lo hacen, dejan claro algo muy importante: el verdadero cierre no es derrotar al monstruo, sino evitar que alguien vuelva a abrir la puerta. Cuando eso queda claro, la serie puede permitirse mirar a otro lugar. Puede dejar de hablar del poder y empezar a hablar, por fin, de las personas. 5. Tramas entre personajes La historia que de verdad nos importa (aunque digamos que venimos por el monstruo) Si algo ha sostenido Stranger Things durante cinco temporadas no ha sido el misterio, ni siquiera el terror. Ha sido la red de relaciones entre los personajes. La serie puede cambiar de villano, de escala o de tono, pero nunca abandona esta idea central: lo importante no es lo que pasa, sino con quién te pasa. Estas tramas —amistad, amor, familia— funcionan como columna vertebral emocional de la serie. No avanzan la mitología, no explican el Mundo del Revés, pero hacen algo mucho más decisivo: dan sentido a la lucha. Nadie pelea solo para cerrar un portal interdimensional. Pelean para salvar a un amigo, proteger a un hermano, no perder a quien aman. La amistad es el núcleo original. El grupo nace en el piloto y, desde ese momento, la serie nos promete que ese “nosotros” será más fuerte que cualquier amenaza externa. El final, por tanto, no tiene que conservar al grupo intacto, pero sí reconocer que ese vínculo ha sido real y transformador. Separarse no es traicionar la promesa; fingir que no ha importado, sí. Las relaciones amorosas cumplen otra función: marcar el paso del tiempo. Son torpes, intensas, cambiantes. No están ahí para durar eternamente, sino para mostrar que los personajes crecen, se equivocan y redefinen quiénes son. En un buen final, estas tramas no necesitan finales perfectos, sino finales coherentes con la madurez alcanzada. Y luego está la familia, en todas sus formas: la biológica, la adoptiva, la improvisada. Padres que aprenden tarde, hermanos que se convierten en protectores, adultos que ocupan huecos que nadie más llenaba. Aquí la serie es muy clara: crecer también es reordenar los afectos. El final no puede devolvernos al punto de partida, porque eso sería negar el viaje. Desde el punto de vista del guion, estas tramas tienen una misión muy concreta en el final: no cerrar conflictos, sino cerrar ciclos emocionales. No necesitan grandes giros ni revelaciones. Necesitan gestos, miradas, silencios. Necesitan dejar claro que los personajes no son los mismos que al inicio. Que lo vivido ha dejado huella. Y que, aunque el mundo vuelva a parecer normal, ellos ya no lo son del todo. Por eso estas tramas no sostienen el final narrativo, pero sí preparan el terreno para el final emocional. Son el puente entre lo que ha pasado y lo que vamos a recordar. Y sin ese puente, ningún final —por muy bien explicado que esté— consigue quedarse con nosotros cuando la pantalla se va a negro. 6. El final emocional La historia que se cuenta para poder seguir adelante Llegados a este punto, la historia ya está prácticamente cerrada. El conflicto paranormal ha cumplido su ciclo, las instituciones han dejado de ser una amenaza activa y los personajes han atravesado su arco. Y es entonces —solo entonces— cuando Stranger Things hace algo muy consciente: deja de resolver problemas y empieza a cuidar el recuerdo. El final emocional no se construye con giros espectaculares, sino con un acto de narración. Mike cuenta una historia. Y no es una historia cualquiera: es una historia que protege. Eleven sigue viva, pero permanece oculta. No por cobardía, no por castigo, sino porque el mundo todavía no está preparado… y quizá ella tampoco. Este gesto es profundamente coherente con todo lo que la serie ha sido desde el piloto. Desde el principio, Stranger Things nos habló del poder de contar historias: las partidas de rol, las teorías compartidas, las mentiras piadosas, los relatos que ayudan a sobrellevar la pérdida. El final emocional no contradice eso, lo culmina. La narración se convierte en refugio. Aquí es donde la serie decide claramente priorizar el “yo que recuerda” frente al “yo que experimenta”. No importa tanto si Eleven está físicamente presente en el grupo, sino cómo va a ser recordada. No como un experimento, no como un arma, no como una anomalía, sino como alguien que existió, que fue amada y que permitió que los demás siguieran adelante. Narrativamente, este final podría parecer incompleto. Emocionalmente, es muy preciso. No busca la felicidad absoluta, sino algo más adulto: la aceptación. La aceptación de que no todo final es un regreso al punto de partida. De que algunas personas no se quedan, pero tampoco desaparecen del todo. La decisión de ocultar a Eleven es clave porque evita dos trampas habituales: la del final feliz forzado, y la del sacrificio trágico definitivo. En su lugar, propone un cierre más incómodo, pero más humano. Eleven vive en los márgenes del relato público, pero en el centro del recuerdo privado. Y eso conecta directamente con la experiencia del espectador: Stranger Things ya no está en emisión, pero sigue viva en nuestra memoria. Este es el verdadero triunfo del final emocional. No intenta cerrar con una explosión de lágrimas, sino con una sensación más sutil y duradera: la de haber compartido algo importante que ya ha terminado. Y cuando una serie consigue eso, puede que no convenza a todo el mundo… pero sí se queda contigo. Aunque la pantalla se apague. 7. ¿Cumple Stranger Things sus promesas? Balance final entre cierre narrativo y cierre emocional Llegados al final, la pregunta no es si Stranger Things gusta más o menos. La pregunta importante —la que de verdad nos interesa como guionistas— es otra: ¿cumple las promesas que hizo en su piloto? Si miramos la serie desde la vertiente narrativa, la respuesta es mayoritariamente sí. El conflicto central contra lo paranormal queda cerrado como amenaza global. El Mundo del Revés deja de ser una grieta abierta y Vecna, como encarnación del mal, cumple su función dramática y desaparece del tablero. No se trata de explicar hasta el último detalle del lore, sino de dejar claro que la historia que justificaba la serie ya no necesita seguir contándose. Y eso, narrativamente, es cerrar bien. También se cumple la promesa del enemigo humano. Las instituciones —laboratorio, rusos, militares— no reciben un castigo ejemplar ni una redención solemne, pero sí pierden su poder narrativo. Ya no controlan la historia. Ya no son el obstáculo. Y en términos de guion, eso es suficiente: cuando un antagonista deja de condicionar las decisiones de los protagonistas, su arco está cerrado. En cuanto a las tramas entre personajes, la serie opta por una solución honesta: no congelarlos en una foto eterna, sino permitir que se separen, crezcan y sigan caminos distintos. La amistad no se rompe, pero deja de ser un refugio infantil. La promesa no era “permanecer juntos para siempre”, sino “haber sido juntos cuando hizo falta”. Y esa promesa se cumple. Donde la serie toma una decisión clara —y valiente— es en la prioridad emocional del final. El relato de Mike y la situación de Eleven no buscan cerrar preguntas, sino cerrar un sentimiento. Stranger Things decide que quiere ser recordada como una historia sobre vínculos, sacrificio y memoria, no como un gran puzzle de ciencia ficción perfectamente explicado. Cada espectador decidirá creer si la historia que cuenta Mike es cierta o no, como dicen los Duffer. Y aquí está la diferencia clave con otras series que han dividido a su público, como Lost. Lost cerró de forma muy potente la vertiente emocional, pero dejó demasiadas promesas narrativas abiertas para una parte de la audiencia. Stranger Things, en cambio, se esfuerza por no repetir ese error: cierra la historia que prometió, y luego se permite emocionar. ¿Es un final perfecto? No. ¿Es un final coherente con lo que la serie dijo que iba a ser? Sí. Y eso, en un panorama lleno de series que se pierden por el camino, ya es mucho decir. Porque al final, cuando una historia termina, lo que juzgamos no es si nos lo explicó todo… sino si fue fiel a sí misma. Y Stranger Things, con sus aciertos y sus costuras visibles, lo es hasta el último plano. El artículo 766. El final de Stranger Things: cerrar la historia y cerrar el corazón se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.

765. Los 10 tipos de conflicto: el mapa definitivo para escribir historias que enganchen
06/1/2026 | 23 min
El artículo 765. Los 10 tipos de conflicto: el mapa definitivo para escribir historias que enganchen se publicó primero en Academia Guiones y guionistas. Y para empezar el año vamos a hablar de una palabra que suena a drama, pero en realidad es un salvavidas: conflicto. Porque cuando una historia no funciona, nueve de cada diez veces no es que le falte “originalidad” o “un giro loco”, es que le falta fricción. Le falta algo que empuje al personaje, que le complique el día y, de paso, le obligue a elegir. Al terminar el pódcast, vas a poder mirar tu historia y decir: “vale, mi conflicto principal es este… y el secundario es este otro”. Y, además, vas a conocer los 10 tops de conlicto para no perderte: veremos conflictos clásicos, modernos y postmodernos. Como te dije la semana pasada, los miembros de la Academia ya tenéis disponible una masterclass nueva, Cómo planear mi año como guionista. En la masterclass te explico el sistema paso a paso, para que tu año deje de ser “a ver si me da la vida” y empiece a ser “vale, esto lo saco”. Ahí muestro cómo crear objetivos, planes y hábitos para conseguir crecer como guionista sin agobios y paso a paso como yo lo hago. Qué es un conflicto (y qué no lo es) Vamos a poner una base rápida para que no nos liemos: conflicto no es pelea. Puede haber gritos, puñetazos y persecuciones, claro… pero eso es la espuma. El conflicto, el de verdad, es otra cosa: es un personaje que quiere algo y una fuerza que se lo impide de forma consistente. Y no vale que se lo impida un ratito y luego se le pase, como cuando dices “mañana empiezo dieta”. Tiene que ser una oposición real, sostenida, con consecuencias. Tampoco es lo mismo conflicto que problema. Un problema puede ser “se me ha pinchado una rueda”. Si cambia la rueda y sigue, ya está. En cambio, el conflicto implica que, si el personaje no supera ese obstáculo, pierde algo importante: su seguridad, su amor, su identidad, su dignidad, su vida… o, a veces, su excusa para seguir mintiéndose. Y aquí viene una idea clave: el conflicto no solo complica, revela. Saca a la luz quién es el personaje cuando no puede escapar. Y para comprobar si lo que tienes es conflicto o simplemente “cosas que pasan”, te propongo un test muy simple. Imagínate que quitas esa fricción central. ¿La historia se cae? ¿O sigue funcionando más o menos igual? Si sigue igual, lo siento: no era conflicto. Era ambientación, era anécdota, era el equivalente narrativo a poner velas aromáticas para “crear atmósfera”. Está bien, pero no mueve la trama. Conflicto es objetivo + obstáculo + consecuencias. Y, si además le metes presión de tiempo, ya tienes el cóctel perfecto para que tu protagonista no pueda quedarse en casa viendo series. Porque el conflicto, al final, es eso: la vida diciéndole al personaje “sal ahí fuera”… y el personaje contestando “sí, pero voy a sufrir un poco primero, por tradición”. Veamos una tipología de conflictos Conflictos clásicos (los de toda la vida, pero bien afilados) Los conflictos clásicos son como el jamón: llevan siglos ahí, pero si son buenos, te siguen arreglando la cena. Son fuerzas claras, reconocibles, casi “arquetípicas”. Y la gracia está en que, aunque parezcan simples, pueden tener una profundidad brutal si los conectas con decisiones difíciles del personaje. Vamos con los tres grandes. 1) La Naturaleza no negocia (Hombre contra la naturaleza) Aquí el antagonista es el mundo físico: el clima, el mar, la montaña, el desierto, un incendio, una epidemia… o el propio cuerpo cuando decide hacer huelga sin avisar. Es el conflicto de supervivencia y resistencia, donde la tensión es muy inmediata porque el peligro se ve y se siente: frío, hambre, sed, dolor, aislamiento. Pero ojo: lo que lo hace grande no es solo “aguantar”, sino qué te obliga a sacrificar para seguir vivo. Ejemplos clarísimos: Náufrago (un hombre literalmente contra una isla y contra el tiempo), 127 horas (la naturaleza en versión “trampa mecánica”), El renacido (el mundo entero parece haberse puesto de acuerdo para que el protagonista no llegue a la siguiente escena) o Lo imposible (naturaleza como catástrofe que arrasa lo físico y lo emocional). En series, The Terror es un máster en naturaleza hostil con sabor a “esto no es excursión escolar”. 2) Duelo de voluntades (Hombre contra hombre) Este es el conflicto con antagonista personal: alguien se interpone activamente entre el protagonista y su objetivo. Rival, enemigo, perseguidor, competidor, monstruo, expareja con argumentos… Funciona como un choque de estrategias y valores. Y cuanto mejor sea el antagonista, mejor te queda el protagonista, porque le obliga a definirse. Regla de oro: el antagonista no debería creer que es “el malo”; debería creer que tiene razón. Ejemplos: Heat es “dos profesionales enfrentados” en estado puro; Kill Bill es venganza con lista y katana; El caballero oscuro convierte la guerra entre Batman y Joker en una batalla moral; No es país para viejos es persecución y fatalidad con un antagonista que da escalofríos. En series, Breaking Bad es un festival de hombre contra hombre (Walter contra Jesse, Walter contra Gus, Walter contra Hank…) y Killing Eve juega a “cazador y presa” con química venenosa. 3) Contra el cielo, el destino o el orden del mundo (Hombre contra Dios / lo sagrado / el destino) Aquí el antagonista no es una persona ni un fenómeno meteorológico: es una fuerza superior o inevitable. Puede ser Dios, la fe, el destino, la culpa sagrada, una prueba moral… o la sensación de que hay un orden que te supera. Este conflicto suele tener un tono más filosófico o trágico, pero se vuelve muy dramático cuando lo traduces a preguntas concretas: “¿qué haces si el mundo no es justo?”, “¿qué sacrificas para mantener tu fe?”, “¿te rebelas o aceptas?” Ejemplos: El séptimo sello (el caballero que literalmente juega al ajedrez con la Muerte: más simbólico, imposible), Silencio (fe y duda a cuchillo, sin subrayados fáciles), A Serious Man (un hombre intentando entender “por qué a mí” en un universo que no responde) o Bruce Almighty si quieres la versión cómica del “yo lo haría mejor que Dios”. En series, The Leftovers trabaja muy bien esa pelea con lo incomprensible y con la necesidad humana de encontrar sentido. Conflictos modernos (cuando el enemigo no ruge… te manda un email) En los conflictos modernos la cosa se pone más incómoda, porque el antagonista ya no siempre es un tiburón, un villano con cicatriz o la voluntad de los dioses. A veces es una norma social, un sistema que te tritura sin despeinarse, o tu propia cabeza haciendo teatro experimental a las tres de la mañana. Son conflictos donde las reglas del mundo son menos claras, más grises, y el personaje tiene que pelear no solo por sobrevivir, sino por no perderse a sí mismo. 4) El Sistema te aplasta (Hombre contra la sociedad) Aquí el antagonista es la estructura social: el Estado, la ley, la burocracia, la clase, la industria, la cultura dominante, una comunidad cerrada, un régimen totalitario… o incluso una “normalidad” que exige obediencia. Lo potente de este conflicto es que a menudo no hay un villano único al que derrotar en el clímax. El enemigo es difuso, tiene mil cabezas y todas llevan sello, uniforme o sonrisa corporativa. Por eso, dramáticamente, funciona cuando lo representas a través de mecanismos (normas, castigos, vigilancia, exclusión) y caras visibles (jefes, policías, burócratas, vecinos, comités, algoritmos). Ejemplos: 1984 es la versión canónica del sistema como prisión mental; V de Vendetta convierte la sociedad totalitaria en espectáculo y rebelión; Los juegos del hambre es literalmente “adolescente contra sistema televisado”; El show de Truman es sociedad como jaula diseñada. En series, The Handmaid’s Tale es un manual de conflicto contra un régimen teocrático, Chernobyl retrata el sistema y la mentira institucional como antagonista, y The Wire es una enciclopedia de “no es un malo, es todo el mecanismo”. 5) Tu peor enemigo eres tú (Hombre contra sí mismo) Este conflicto es interior: deseo contra miedo, impulso contra ética, necesidad contra orgullo, ambición contra inseguridad. Lo importante es que no se escribe con discursos bonitos ni con “estoy mal por dentro” mirando a la lluvia. Se escribe con acciones contradictorias: el personaje se sabotea, evita lo que quiere, elige lo cómodo, repite patrones que le destruyen, o se traiciona para no enfrentarse a una verdad dolorosa. Ejemplos: Manchester by the Sea es duelo interno que no se resuelve con una charla motivacional; Cisne negro es guerra interior llevada al cuerpo y a la percepción; Shame es conflicto con la compulsión y la vergüenza; Joker (sin entrar en debates) trabaja el deterioro interno como motor trágico. En series, BoJack Horseman es de las mejores para esto: un protagonista que se sabotea con una precisión quirúrgica, y Fleabag convierte el conflicto interno en ironía, culpa y deseo de conexión. 6) El vacío te mira de vuelta (Hombre contra un mundo sin Dios) Aquí el conflicto no es “Dios contra el hombre”, sino la ausencia de sentido garantizado. Es existencial: el personaje se enfrenta a la idea de que no hay justicia automática, ni respuestas claras, ni un marco moral que lo sostenga. Y eso genera un antagonista muy moderno: la tentación del cinismo, la apatía, la anestesia, la renuncia. Dramáticamente, la pregunta no es “¿ganará?” sino “¿para qué seguir?”… y lo duro es que la historia no te deja responder con una frase bonita. Te exige una elección. Ejemplos: No es país para viejos tiene mucho de mundo sin orden moral (la violencia cae como clima); Her trabaja el vacío y la necesidad de sentido en un mundo hiperconectado; Lost in Translation es el desconcierto existencial en formato íntimo; Synecdoche, New York es una espiral de sentido y representación que te deja temblando. En series, True Detective (temporada 1) es un choque constante con el nihilismo y la oscuridad del mundo, y The Leftovers vuelve a aparecer aquí también, porque es prácticamente un tratado dramático sobre vivir después de lo incomprensible. Conflictos postmodernos (cuando la historia sabe que es una historia) Llegamos al postmodernismo: ese territorio donde el conflicto ya no solo es “contra algo”, sino “contra la forma en que entendemos el mundo”. Aquí el enemigo puede ser un algoritmo, una realidad que se deshilacha, o incluso el propio relato. Es el momento en que la historia te guiña un ojo y te dice: “tranquilo, sé lo que estás pensando”… y tú respondes: “vale, pero ¿por qué me está afectando tanto?” 7) El algoritmo decide por ti (Personaje contra la tecnología) En este conflicto, la tecnología deja de ser herramienta y se convierte en fuerza antagonista. No tiene por qué ser un robot con metralleta; puede ser algo mucho más inquietante: un sistema que te vigila, te puntúa, te perfila, te manipula o te sustituye sin necesidad de levantar la voz. La tensión aquí nace de una pregunta muy contemporánea: “¿soy yo quien elige… o me están eligiendo a mí?” Y dramáticamente funciona cuando la tecnología no es decorado futurista, sino un mecanismo que condiciona decisiones, reputación, libertad o identidad. Ejemplos: Black Mirror es el buffet libre de este conflicto (elige episodio según el nivel de trauma que busques), Her mezcla amor con dependencia tecnológica de forma elegante y dolorosa, Ex Machina convierte la inteligencia artificial en juego de poder y deseo, y The Social Dilemma (docu) funciona como “villano invisible: el diseño persuasivo”. En series, Mr. Robot también juega mucho con el control tecnológico, el sistema y la paranoia. Para escribirlo bien: concreta qué hace la tecnología como antagonista. ¿Te vigila? ¿Te sustituye? ¿Te expone? ¿Te seduce? ¿Te vuelve adicto? Si no hace nada, no es antagonista: es un gadget caro. 8) La realidad está rota (Personaje contra la realidad) Aquí el conflicto es epistemológico, que suena a examen, pero es simple: el personaje no puede fiarse de lo que percibe. La realidad se vuelve inestable: memoria falsa, identidades fragmentadas, simulaciones, sueños que se filtran, narraciones contradictorias… El antagonista es esa duda constante: “¿qué es verdad y qué me estoy inventando para sobrevivir?” Este conflicto engancha muchísimo porque convierte cada escena en una investigación emocional. Ejemplos: The Matrix es la versión pop definitiva, Origen (Inception) convierte la percepción en un laberinto con reglas, Memento hace que la memoria sea literalmente el enemigo, y Shutter Island juega con la realidad como trampa mental. En series, Westworld (sobre todo al inicio) explota esta idea con identidad, memoria y construcción de la realidad; y Dark complica la realidad a nivel cósmico con una seriedad alemana impecable (nadie se ríe, pero todos sufren con estilo). Para escribirlo bien: no basta con confundir al espectador. La regla es “confusión con propósito”. Cada giro debe empujar al personaje a una decisión más difícil, no solo a un “¿eh?” más grande. 9) La historia se rebela (Personaje contra el autor / la narración) Este conflicto es metaficción pura: el personaje se enfrenta al hecho de ser personaje, o lucha contra el guion, contra el tropo, contra el destino narrativo. Aquí el antagonista puede ser el autor literalmente, o la propia estructura del relato que intenta obligarte a ser “el elegido”, “el villano”, “el interés romántico” o “el que muere para motivar al héroe”. Es un conflicto divertidísimo cuando se usa con inteligencia, porque puede ser cómico… pero también profundamente trágico: “¿tengo libre albedrío o estoy atrapado en una historia que alguien escribió por mí?” Ejemplos: Stranger Than Fiction es un ejemplo maravilloso de personaje contra narración (y además con corazón), The Truman Show tiene mucho de “contra el creador” y contra el dispositivo narrativo que lo encierra, Adaptation convierte al propio guionista en campo de batalla (y el guion en monstruo vivo), y Deadpool lo lleva al terreno cómico rompiendo la cuarta pared con descaro. En series, Fleabag usa la mirada a cámara como complicidad y máscara, y Rick and Morty a veces juega con el metarrelato como si fuera plastilina (para bien y para caos). Para escribirlo bien: decide si la metaficción es el tema o la herramienta. Si es solo un truco, se agota rápido. Si está conectada con una necesidad emocional del personaje (querer control, querer escapar, querer ser otro), entonces tiene profundidad. 10) No conoces las reglas del otro lado (Personaje contra lo sobrenatural) Aquí lo sobrenatural no es solo “hay fantasmas”, sino “hay un sistema de reglas que el personaje ignora”. El antagonista es esa ignorancia: el personaje está jugando una partida sin saber cómo se gana, y eso genera terror, tensión y misterio. Es distinto a “contra Dios” porque aquí no hay una fuerza moral superior; hay un fenómeno extraño, con reglas ocultas, que puede ser hostil, indiferente o incomprensible. Ejemplos: The Ring y It Follows son perfectas para esto (reglas sencillas, consecuencias brutales), The Conjuring funciona con un universo sobrenatural donde el conocimiento (o su ausencia) marca la diferencia, y El sexto sentido usa lo sobrenatural como revelación emocional. En series, Stranger Things arranca precisamente con “no sabemos qué es esto ni cómo pararlo”, The Haunting of Hill House mezcla reglas fantasmales con trauma familiar, y From vive de esa sensación de “este lugar tiene normas… y no te las van a explicar con un folleto”. Para escribirlo bien: revela las reglas poco a poco, pero con lógica interna. Si las reglas cambian según te convenga, el espectador deja de sentir miedo y empieza a sentir que le estás haciendo trampas. Y eso, en términos dramáticos, es el verdadero horror. Mezclas, mapas y cómo elegir el conflicto correcto Después de repasar conflictos clásicos, modernos y postmodernos, llega el momento de decir una verdad incómoda: casi ninguna historia funciona con un solo conflicto puro. La mayoría son cócteles. Lo primero que conviene aclarar es la diferencia entre conflicto principal y conflictos secundarios. El principal es el motor que sostiene la historia de principio a fin: lo que, si desaparece, la historia se desinfla. Los secundarios son capas que enriquecen, complican y, a veces, hacen que el protagonista explote por dentro mientras por fuera dice “estoy bien”. Y lo ideal es que los secundarios no sean adornos, sino presión añadida que empuja al personaje hacia decisiones cada vez más difíciles. Una forma muy útil de entender las mezclas es pensar en “parejas” habituales. Por ejemplo, hombre contra la sociedad + hombre contra sí mismo: el sistema te obliga a traicionarte, y ahí nace la guerra interior. Esto pasa muchísimo en historias sobre industrias creativas, política, trabajo precario o ambientes opresivos. También está el combo hombre contra la tecnología + hombre contra la realidad: lo que ves, lo que recuerdas, lo que crees… está filtrado por sistemas que no controlas. Y otra mezcla muy potente es hombre contra hombre + destino: una rivalidad que parece personal, pero que arrastra algo inevitable, casi trágico, como si la historia ya estuviera escrita y aun así los personajes pataleen. Ahora, ¿cómo eliges el conflicto correcto para tu historia? Aquí va un método sencillo, de los que te dejan el guion menos místico y más manejable. Primero: ¿qué quiere el protagonista, exactamente? No “ser feliz”, que eso no se puede grabar en plano general. Algo concreto: conseguir, evitar, recuperar, proteger, demostrar. Segundo: ¿qué fuerza se lo impide de forma consistente? Ojo con “me falta motivación”, porque eso no es antagonista, eso es domingo. Tercero: ¿qué está en juego si fracasa? Si la respuesta es “nada grave”, entonces no es conflicto, es un contratiempo. Cuarto (y este es oro): ¿qué decisión difícil provoca ese obstáculo? Si solo provoca “correr”, te queda una historia muy atlética, pero poco dramática. Cuando tienes esas respuestas, puedes etiquetar tu conflicto con claridad. Si lo que impide el objetivo es una estructura social —normas, poder, vigilancia, prejuicio, burocracia— estás en hombre contra la sociedad. Si lo que impide es una persona o entidad concreta que actúa activamente, es hombre contra hombre. Si el obstáculo es el mundo físico o el cuerpo, es naturaleza. Si el bloqueo nace del propio protagonista y se expresa en autoboicot o contradicción, es sí mismo. Si el problema es que la realidad se vuelve inestable o dudosa, es realidad. Y si lo que lo condiciona es un sistema tecnológico, invisible pero determinante, es tecnología. El truco no es elegir la etiqueta más “cool”, sino la que mejor describa qué fuerza domina la historia. Aquí suele aparecer una duda muy común: “¿y si mi historia tiene varios?”. Perfecto. Pero decide qué conflicto manda y cuáles están al servicio. Es decir: cuál es el jefe y cuáles son los sub-jefes. Porque si todos mandan igual, el guion se convierte en una asamblea permanente y nadie toma decisiones. Y eso en narrativa es mortal: el espectador necesita sentir una dirección, aunque sea hacia el desastre. Para aterrizarlo del todo, puedes proponer un ejercicio cortito a los oyentes. Que escriban una frase con su conflicto principal siguiendo esta plantilla: “Mi protagonista quiere ___, pero ___ se lo impide, y si fracasa ___”. Luego, que escriban un conflicto secundario que lo complique: “Además, por dentro lucha con ___” o “Además, el sistema le obliga a ___”. Y para rematar, que imaginen una escena donde eso se vea sin explicarlo: una decisión, un rechazo, una renuncia, una traición, un acto de valentía. Porque el conflicto, en guion, no se anuncia: se demuestra. Y para terminar, una idea que a mí me encanta para el pódcast: el conflicto no es un castigo para el personaje, es un regalo para el guionista. Sin conflicto no hay historia; hay gente existiendo. Y eso está muy bien para la vida real… pero en ficción es como ver una lavadora girando: hipnótico dos minutos, y luego te preguntas qué estás haciendo con tu tiempo. El artículo 765. Los 10 tipos de conflicto: el mapa definitivo para escribir historias que enganchen se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.

764. Cómo planificar el nuevo año como guionista
31/12/2025 | 21 min
El artículo 764. Cómo planificar el nuevo año como guionista se publicó primero en Academia Guiones y guionistas. Enero es ese momento en el que todos juramos que “este año sí”… y febrero aparece con un extintor. En este episodio te propongo algo mucho más útil que la motivación: un sistema sencillo para planificar tu año como guionista en pocos pasos, definir tres metas claras, elegir tu proyecto ancla y montar un plan de 90 días con acciones semanales (incluido un “mínimo viable” para cuando la vida se ponga en modo thriller). Sigue escuchando, coge una nota y en 15 minutos sales con rumbo, foco y un calendario realista. Como te dije la semana pasada, los miembros de la Academia ya tenéis disponible una masterclass nueva, Cómo planear mi año como guionista. Porque la clave para cumplir objetivos no es tener más ganas, sino tener una buena planificación: de hecho, este ha sido mi pequeño gran secreto para que en 2025 haya podido publicar tres libros, escribir tres tratamientos y un largometraje… además de sacar adelante el pódcast y los cursos sin acabar viviendo debajo de la mesa. En la masterclass te explico ese sistema paso a paso, para que tu año deje de ser “a ver si me da la vida” y empiece a ser “vale, esto lo saco”. Hoy voy a dar una versión reducida de la masterclass aquí en el podcast. Los que quieran profundizar, tienen la masterclass disponible. Te voy a dar un sistema simple para que salgas con: tres metas claras, un proyecto ancla, un plan de 90 días, y un mínimo viable para no abandonar cuando la vida se ponga en modo thriller. No hace falta que pares el mundo. Solo que tengas a mano una nota en el móvil o un papel. ¿Listo? Vamos. La trampa del guionista en enero Primera verdad incómoda: la mayoría de guionistas no falla por falta de talento. Falla por falta de sistema. En enero nos pasa esto: Nos ponemos metas vagas: “Escribir más”. O metas infinitas: “Escribir una serie, un largo, un corto… aprender italiano… y hacer yoga.”Eso no es planificación. Eso es un tráiler con música épica… de una película que no se va a rodar. Quédate con estos tres conceptos: Objetivo = qué quieres lograr.Plan = cómo lo vas a hacer.Hábitos = cómo lo sostienes cuando no te apetece. Si te falta una de esas tres patas, tu mesa cojea. Y una mesa coja… acaba con el café en el portátil. Venga, vamos a aterrizar. Mirada rápida al año anterior (3 preguntas) Antes de planificar el año que viene, mira el año que se va. Pero sin drama: esto no es terapia; esto es análisis de guion. Apunta y responde rápido: Pregunta 1: ¿Qué funcionó el año pasado?No “qué te habría gustado”. Qué funcionó de verdad. Pregunta 2: ¿Qué no funcionó?Qué se quedó a medias, qué se cayó, qué se te atragantó. Pregunta 3: ¿Qué patrón se repite?Por ejemplo: “Cuando tengo claridad de la escena, escribo. Cuando no, me bloqueo.”O: “Cuando no reservo tiempo, la semana se come el guion.” Ahora haz una microtarea de 10 segundos: Di en voz alta: “Mi mayor freno del año pasado fue ______.” Perfecto. Esto no es para castigarte. Es para que este año no escribas el mismo capítulo. Define 3 metas principales (crear / mover / sostener) Ahora sí: metas para el nuevo año. Y aquí va la regla que más duele y más ayuda: Solo 3 metas principales. Tres. Como los actos. Como los deseos del genio. Y las vas a repartir en tres categorías: CREAR (escritura) MOVER (industria / visibilidad / oportunidades) SOSTENER (hábitos / energía / sistema) Te doy ejemplos para que no se queden en el aire. Meta CREAR: “Terminar un primer borrador de largometraje antes del 31 de marzo.”o “Escribir 20 escenas en 12 semanas.”o “Reescribir dos versiones completas de mi guion este año.” Meta MOVER: “Enviar mi proyecto a 10 productoras o representantes.” “Presentarme a 3 convocatorias.” “Preparar un pitch deck y practicarlo 10 veces.” Meta SOSTENER: “Hacer 3 sesiones semanales de escritura durante 20 semanas.” “Revisión mensual del proyecto el último domingo de cada mes.” “Tener un plan anti-bloqueo: si me atasco, hago X.” Ahora tu microtarea. Apunta tres frases: Este año CREO: ______ Este año MUEVO: ______ Este año SOSTENGO: ______ Y añade una coletilla a cada una: “¿Cómo sé que lo he logrado?” Si no se puede medir, no se puede perseguir. Y el objetivo se te escapa como un personaje secundario con carisma. Bien. Ya tienes el “qué”. Ahora toca lo que de verdad cambia tu año: foco. Prioriza: Proyecto Ancla + Satélite Aquí viene la decisión que te convierte en profesional… o en coleccionista de ideas. Elige tu Proyecto Ancla. El proyecto ancla es: el que más te acerca a tu objetivo, el que más te desbloquea, el que, si lo terminas, hace que todo lo demás sea más fácil. No tiene por qué ser “el proyecto de tu vida”. Tiene que ser el proyecto que gana este año. Y luego eliges un Proyecto Satélite: algo pequeño y compatible. Un corto, una pieza, un ejercicio, algo que te permita respirar sin abandonar el ancla. Microtarea: Escribe: Mi Proyecto Ancla es: ______ Mi Satélite (si lo necesito) es: ______ Y ahora una frase que te va a salvar en el futuro: “Este año estoy con mi Proyecto Ancla.” Porque decir “no” no es ser antipático. Es tener escaleta. Plan de 90 días (hitos, tareas, bloques) Ahora viene la magia aburrida que funciona: los próximos 90 días. ¿Por qué 90? Porque un año entero es abstracto. Noventa días es un trimestre: lo puedes ver, lo puedes medir, lo puedes ajustar. Vamos con el método exprés: Paso 1: define 3 hitos para 90 días. Hitos = cosas grandes que deben estar hechas. Ejemplos para un guion de largo: Hito 1: tratamiento / escaleta cerrada Hito 2: primer borrador completo Hito 3: reescritura 1 Paso 2: por cada hito, apunta 3 tareas. 3 tareas por hito. Total: 9 tareas. Ejemplo: Para “tratamiento”: (1) índice de escenas, (2) conflicto por secuencia, (3) tratamiento de 10–15 páginas. Para “borrador”: (1) escribir Acto 1, (2) Acto 2, (3) Acto 3. Para “reescritura”: (1) notas de estructura, (2) reescritura escenas clave, (3) pasada de diálogos. Paso 3: bloquea 2 momentos semanales fijos. Dos. Solo dos. Si luego puedes más, genial. Pero arranca con lo sostenible, no con lo heroico. Microtarea: Escribe tus dos bloques: Bloque 1: día ____ a las ____ Bloque 2: día ____ a las ____ Y ahora lo más importante: tu mínimo viable semanal.Porque habrá semanas que se caen: curro, niños, enfermedad, cansancio, meteorito, lo de siempre. Tu mínimo viable es la versión “si todo arde, yo aún existo”.Ejemplos: “30 minutos y una escena en modo notas.” “1 página.” “Revisar 10 minutos y dejar una nota para mañana.” Microtarea: Mi mínimo viable semanal es: ______ Ya tienes plan. Falta blindarlo. Obstáculos y respuestas automáticas Te presento a los tres villanos del año: 1) Falta de tiempoRespuesta automática: bloque fijo + mínimo viable.No “cuando pueda”, sino “cuando toca”. 2) BloqueoRespuesta automática: cambia de modo. “Escribe mal a propósito” (sí, mal) “Modo notas” (bullets, sin prosa) Pregunta salvavidas: ¿qué quiere cada personaje en esta escena y qué lo impide? 3) Perfeccionismo / procrastinaciónRespuesta automática: reduce el tamaño. “Solo 10 minutos.” “Solo abrir el documento y escribir una línea.”La procrastinación no se vence con épica. Se vence con una puerta pequeñita. Microtarea final:Escribe tu frase de emergencia:“Si me bloqueo, hago ______.” Vamos a cerrar con un recap en cinco balas, como guionista profesional: Mira el año pasado y detecta tu patrón. Elige 3 metas: crear, mover, sostener. Decide tu Proyecto Ancla. Haz un plan de 90 días con 3 hitos, 9 tareas y 2 bloques semanales. Define tu mínimo viable y tu respuesta al bloqueo. Si hoy haces solo una cosa, que sea esta: apunta tus 3 metas y bloquea tus dos sesiones en el calendario. Hoy. Porque el calendario es el único productor que no te deja en visto. Soy David Esteban Cubero y esto ha sido “Guiones y guionistas”. Si te ha servido, compártelo con otro guionista que esté ahora mismo jurando en enero que “este año sí”.Nos escuchamos en el próximo episodio. El artículo 764. Cómo planificar el nuevo año como guionista se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.

763. Regalos para guionistas: 25 ideas que sí se usan (edición 2025)
23/12/2025 | 20 min
El artículo 763. Regalos para guionistas: 25 ideas que sí se usan (edición 2025) se publicó primero en Academia Guiones y guionistas. Bienvenidos a Guiones y guionistas, el podcast con el que todos podemos aprender a escribir mejores historias. Hoy traigo un episodio de utilidad pública: regalos para guionistas, versión actualizada y modernizada, porque el que hice hace siete años estaba estupendo… pero el mundo ha cambiado, y ahora un guionista no necesita otra taza con un chiste malo, sino cosas que le compren lo más raro del universo: foco, tiempo y herramientas para escribir; te voy a dar ideas prácticas —de las que se usan de verdad— como dos opciones de regalo infalibles: mis libros de guion y las tarjetas regalo de la Academia para regalar tres meses de escritura sin complicaciones. Y, ya que estamos en modo “regalo útil”, te cuento una novedad: los miembros de la Academia ya tenéis disponible una masterclass nueva, Cómo planear mi año como guionista. Porque la clave para cumplir objetivos no es tener más ganas (las ganas son muy volátiles), sino tener una buena planificación: de hecho, este ha sido mi pequeño gran secreto para que en 2025 haya podido publicar tres libros, escribir tres tratamientos y un largometraje… además de sacar adelante el pódcast y los cursos sin acabar viviendo debajo de la mesa. En la masterclass te explico ese sistema paso a paso, para que tu año deje de ser “a ver si me da la vida” y empiece a ser “vale, esto lo saco”. La guía definitiva de regalos para guionistas (actualizada) Este episodio es una versión actualizada y modernizada del que publiqué hace años. Porque hace siete años un regalo podía ser “una libreta bonita” y ya. Pero hoy vivimos en un mundo donde la atención está en peligro de extinción, el tiempo se cotiza como el oro y cualquier distracción te roba una escena entera. Así que vamos a hablar de regalos que se usan, no de regalos que acaban en una estantería mirando al vacío como un personaje secundario que esperaba más. Y aquí viene la regla de oro: el mejor regalo para un guionista no es el más “mono”, ni el más caro, ni el que queda mejor en Instagram. El mejor regalo es el que resuelve un problema real del proceso de escribir. Si no se usa, no es un regalo: es atrezzo emocional. Y ya tenemos bastante atrezzo en la vida, gracias. BLOQUE A — Regalos que compran foco El primer gran problema de cualquier guionista no es la estructura en tres actos. Es el WhatsApp. Por eso, el Bloque A va de regalos que te devuelven el foco: silencio, tiempo y un espacio mental donde las escenas puedan respirar. 1) Silencio premium: auriculares con cancelación de ruido Este es el regalo que, cuando funciona, parece ciencia ficción: te los pones y de repente el vecino deja de ensayar batería, el perro del quinto se vuelve mudo y el universo te da cinco minutos de paz. No es solo comodidad; es una forma de decir: “Te regalo una burbuja”. Ideal para escribir en casa, en cafés, en transporte, o en cualquier lugar donde haya humanos haciendo cosas de humanos. 2) “Te regalo horas”: el bono de tiempo real Este regalo no se compra en una tienda, pero es de los más valiosos. Consiste en algo muy concreto: liberar tiempo para escribir. Puede ser “yo me ocupo de la compra y la cena este sábado” o “me quedo con los niños dos tardes” o “te cubro X recado”. El guionista recibe algo que no suele tener: un bloque de horas sin interrupciones. Y ojo: no es “descansa”, es “escribe”. Es el equivalente narrativo a abrir una puerta secreta en un laberinto. 3) Espacio con intención: coworking, biblioteca o “cueva” pactada Hay gente que escribe mejor fuera de casa, porque fuera no está la lavadora mirándote con ojos de juicio. Un bono de coworking, una tarjeta de una biblioteca, o incluso acordar un “lugar fijo” (una cafetería tranquila, una sala de estudio, un rincón de la casa) puede ser un regalazo si viene con lo importante: la legitimidad. Cuando el espacio está “reservado” para escribir, la mente entra en modo trabajo más rápido. 4) Ritual de arranque: un pack para empezar siempre igual El foco también se entrena con rituales. Un regalo estupendo es algo que convierta el “ponerse” en un gesto automático: una lámpara específica para la mesa de escritura, un temporizador tipo Pomodoro, una libreta de calentamiento (sí, esa donde escribes basura durante 10 minutos para romper el hielo), o incluso una playlist preparada. La idea es simple: reducir fricción. Cuanto menos negocies con tu cerebro, más páginas salen. 5) Bloqueadores de distracciones: el “antagonista” contra el móvil Si el móvil es el villano, regala un héroe. Apps o sistemas para bloquear redes y notificaciones durante sesiones de escritura, un soporte para dejar el móvil fuera de la vista, o el clásico “cajón con llave” (vale, quizá exagero… pero no tanto). No es castigo: es protección. La inspiración llega cuando llevas un rato trabajando, no cuando estás viendo vídeos de gatos que actúan mejor que algunos secundarios. 6) Orden físico: una mesa que no parezca un escenario de apocalipsis El caos visual roba energía. Regalos pequeños pero muy útiles: un buen soporte para portátil, una silla decente (tu espalda también escribe), organizadores, un tablero de corcho o pizarra para tener estructura a la vista, o una bandeja para “cosas pendientes” que te saque del medio el ruido mental. No es postureo: es higiene creativa. Si tu mesa parece un crimen sin resolver, tu cabeza se pone en modo CSI y no escribe. 7) “Permiso” social: el regalo invisible Este es el más bonito y el más raro: regalar respeto por el tiempo de escritura. A veces el mejor regalo es pactar con la familia/pareja/amigos que durante X horas esa persona está “en rodaje”. Sin bromas, sin recados, sin “solo una cosita”. Porque el foco no se pierde por una gran interrupción: se muere por mil pequeñas. Y un guionista con foco es un guionista que avanza. BLOQUE B — Regalos que mejoran la escritura Vale, ya tenemos foco. Ahora toca lo segundo: que ese foco sirva para algo. Este bloque va de regalos que mejoran el oficio, es decir: que te hacen escribir mejor, reescribir con menos sufrimiento y entender qué demonios estás haciendo cuando una escena no funciona. 8) Libros de guion Regalar libros de guion es como regalar pesas a alguien que quiere ponerse en forma: no hacen el trabajo por ti, pero te lo ponen más fácil. La clave está en acertar con el momento en el que está la persona: Si está empezando: formato, estructura, fundamentos. Si ya escribe: recursos narrativos, reescritura, técnicas específicas. Si está profesionalizando: industria, pitching, carrera. Y aquí te lo pongo fácil: si quieres regalar libros que van directos al grano, tienes mi Biblioteca del guionista, con títulos pensados justo para eso: avanzar por etapas y no quedarte en “me leí uno y ya soy showrunner”. Ahí puedes elegir según necesidad: desde herramientas de oficio hasta recursos narrativos para mejorar escenas y giros. 9) Guiones de películas y series (la “formación invisible”) Esto es un regalazo y además tiene un punto romántico: regalar guiones es regalar oficio real. Porque leer un guion te enseña cosas que ningún manual puede: ritmo de escena, economía de diálogo, cómo se describe sin escribir una novela, cómo se coloca un giro sin subrayarlo como si fuese un cartel luminoso. Si no sabes cuál escoger, una buena idea es regalar un pequeño pack: un guion clásico + uno moderno + uno del género que esa persona quiere escribir. 10) Análisis y feedback (el espejo que evita que te autoengañes) Un regalo muy potente —y muy poco glamuroso— es pagar un buen análisis, una consultoría o una lectura profesional. ¿Por qué funciona? Porque hay bloqueos que no se resuelven con más horas, sino con mirada externa: alguien que te diga “esto es lo que estás contando en realidad” y “aquí se te cae la intención”. Eso sí: es un regalo ideal si la persona de verdad quiere feedback. Si no, puede convertirse en “te regalo una ansiedad premium”. 11) Talleres, cursos y comunidad (porque escribir solo es duro) La escritura mejora cuando tienes estructura y acompañamiento. Un curso concreto sobre estructura, diálogo, personajes, reescritura o pitching puede ser el empujón perfecto. Y si además incluye comunidad —gente que también está peleándose con el acto dos—, el regalo se multiplica, porque se convierte en hábito. Aquí el objetivo no es “aprender más”, sino escribir más y mejor. En la Academia Guiones y guionistas tenemos más de 100 cursos y masterclass. Si quieres regalar algo que impacte tanto en la escritura como en la carrera, aquí va el comodín: las tarjetas regalo de 3 meses de la Academia Guiones y guionistas. No es solo “formación”: es estructura y acompañamiento. Tres meses en los que el guionista puede: aprender con un camino claro, reforzar bases y técnicas, mejorar su proceso, y, sobre todo, avanzar de verdad en su proyecto. Además, es un regalo sin letra pequeña: son 3 meses y punto (sin sustos, sin renovación automática inesperada). Y puedes elegir el nivel que mejor encaje con la persona: Iniciación, Crecimiento o Profesional. Es el tipo de regalo que no queda bonito en una estantería… pero sí queda precioso en forma de páginas. 12) Herramientas de proceso: tarjetas, beat sheets, plantillas (lo que te saca del caos) Hay regalos pequeños que son muy grandes: plantillas de escaleta, fichas de personaje, beat sheets impresos, tarjetas para escenas, pizarras o corchos para ordenar la historia. No tienen “brilli brilli”, pero cuando estás atascado te dan una cosa fundamental: estructura externa para que el cerebro no tenga que sostenerlo todo a la vez. 13) Cultura con intención (no es ocio, es combustible) Entradas para cine, teatro, festivales, filmotecas, suscripciones a plataformas… pero con un pequeño twist: que no sea “toma, entretenimiento”, sino “toma, material para tu mirada”. Incluso puedes acompañarlo con un reto: “cada peli, una ficha de 10 líneas: qué funciona, qué no, y por qué”. Esto convierte el regalo en entrenamiento. BLOQUE C — Herramientas 2025 En el Bloque A hablamos de foco y en el B de oficio. Ahora toca las herramientas. Porque la tecnología puede ayudarte muchísimo… o convertirse en otra forma elegante de procrastinar. La clave es que la herramienta no sea un juguete: que reduzca fricción, organice el caos y te permita escribir y reescribir más rápido. 14) Software de guion (lo básico que muchos siguen esquivando) Un buen programa de escritura no es postureo: es eficiencia. Te evita líos de formato, te permite reordenar escenas sin llorar y exportar versiones limpias. Y, sobre todo, te ayuda a mantener el documento como un guion, no como un Word con sueños. Consejo-regalo: mejor que “te compro el software que me suena”, es fijarte en cómo trabaja esa persona: ¿escribe en varios dispositivos? ¿colabora? ¿necesita tarjetas, escaleta visual, control de versiones? Si la herramienta encaja con su flujo, la va a usar de verdad. 15) Organización de proyecto: notas, research y “la carpeta de la vergüenza” Aquí está el superpoder secreto de los guionistas productivos: un sistema de notas. No la app perfecta, sino una estructura mínima que funcione: una carpeta por proyecto, una nota para la premisa y el tema, otra para personajes, otra para escenas sueltas, y una para “cosas que duelen pero hay que arreglar”. Regalo práctico: una suscripción a una app de notas/organización (o, si ya la usa, ayudarle a montarla bien) + una plantilla de estructura. Porque muchas veces el bloqueo no es creativo: es logístico. 16) Tarjetas, pizarra y estructura visual (para pensar con las manos) Hay historias que no se arreglan dentro del documento. Se arreglan viéndolas desde fuera. Por eso, herramientas como tableros de tarjetas, pizarras, corchos o apps de planning visual son regalos fantásticos: convierten el guion en algo que puedes mover, comparar y equilibrar. Y aquí hay una verdad incómoda: cuando ves tu historia en tarjetas, descubres rápido si tienes “tres escenas iguales” con distinto sombrero. 17) Copias de seguridad: el regalo menos sexy y más heroico Este es el regalo adulto. El que nadie presume en redes, pero el que te salva la vida creativa. Un buen sistema de backup —nube, disco externo, sincronización automática— es una póliza contra el apocalipsis: portátil que muere, café que cae, error humano, o esa actualización que decide que hoy no te quiere. Si regalas esto, no regalas tecnología: regalas tranquilidad. Y eso, para un guionista, es como regalarle un verano sin deadline (fantasía pura). 18) IA como copiloto (la actualización inevitable, pero bien entendida) Aquí viene la parte moderna: la IA puede ser un regalo útil si se usa como lo que es cuando funciona bien: un asistente para pensar, no un “escríbeme el guion”. ¿Para qué sirve de verdad en 2025? para generar alternativas de escenas (y elegir tú), para detectar inconsistencias (“oye, ¿no dijiste que era hijo único?”), para hacerte preguntas incómodas sobre el protagonista, para proponer conflictos, obstáculos, giros, para ayudarte a resumir, estructurar, preparar pitch, logline, dossier. El regalo aquí puede ser una suscripción… o productos como el que saqué el mes pasado “100 prompts de la caja de herramientas de un guionista” que te ayuda en todas las fases, desde la ideación y desarrollo, hasta la venta. El verdadero valor es el enfoque: si la IA te quita trabajo mecánico y te devuelve energía para decidir, entonces sí. Si te sustituye el criterio, entonces no: es como poner a un becario a dirigir la película. 19) Ergonomía y “hardware invisible” (tu cuerpo también escribe) Otra actualización de 2025: ya no es solo “qué software usas”, sino cuánto aguantas escribiendo sin acabar doblado como un clip. Regalos con impacto real: soporte de portátil, teclado cómodo, ratón decente, silla (si hay presupuesto), luz agradable para la mesa. No parecen herramientas de guion, pero lo son: porque si te duele el cuerpo, tu cerebro solo quiere una cosa… dejarlo para mañana. BLOQUE D — Carrera (porque escribir está genial… pero vivir del guion también) Hay un territorio donde muchos guionistas se atascan: la carrera. No porque no sepan escribir, sino porque nadie les ve, nadie les responde, o no tienen un sistema para pasar de “tengo un guion” a “tengo una oportunidad”. Y aquí los regalos no son “cosas”: son pasos. Pequeños empujones que te colocan en el tablero. 20) Portfolio y presencia: “que exista tu trabajo” Un regalo muy útil es ayudar a un guionista a tener una presencia mínima profesional: una web sencilla o un porfolio en PDF bien armado, un dominio propio (su nombre o su marca), un hosting básico, incluso una sesión de “vamos a dejar tu bio presentable y tu logline sin fiebre”. Porque si alguien pide “mándame algo” y tú tardas tres días en encontrar la última versión del dossier… esa oportunidad ya se ha ido a otra bandeja de entrada. 21) Pitching: aprender a vender sin sentirte un estafador Hay guionistas que escriben estupendamente, pero cuando tienen que contar su historia en dos minutos se convierten en un personaje secundario que entra, se tropieza y sale. Un regalo perfecto aquí es formación específica: cómo hacer un pitch verbal, cómo escribir una sinopsis que no sea una lista de escenas, cómo preparar un dossier y un teaser, cómo presentar personajes sin sonar a catálogo de IKEA. Este tipo de regalo suele tener un efecto inmediato: el guionista deja de esconderse detrás del guion y aprende a defenderlo. 22) Networking con intención El networking no es ir a una fiesta a repartir tarjetas como si fueses una impresora humana. Es construir relaciones con calma y estrategia. Regalos que ayudan: entradas a festivales, mercados, jornadas profesionales, acceso a encuentros de guion, charlas y mesas redondas, una membresía en una asociación profesional, incluso “te acompaño a ese evento” (sí: también se regala valentía). La clave: que el regalo incluya un objetivo (“sal con 3 contactos reales”) y no solo “pásalo bien”. 23) Herramientas de productividad para proyectos largos (porque la carrera es resistencia) La carrera no se construye con una chispa, sino con continuidad. Regalos útiles: un planificador anual (para objetivos de escritura y entregas), un sistema de seguimiento de proyectos (qué estás escribiendo, qué estás enviando, a quién, cuándo), una revisión mensual: “¿qué has avanzado, qué bloquea, qué toca ahora?” Aquí no estamos regalando una agenda: estamos regalando dirección. 24) Mentoría o acompañamiento (cuando el problema es “no sé por dónde tirar”) Hay un punto en el que un guionista no necesita más información, sino prioridad: decidir qué escribir, qué enviar, qué mejorar y qué dejar para después. Regalar una mentoría, una consultoría o un acompañamiento corto puede ser exactamente lo que saque a esa persona del bucle de “estoy haciendo cosas” sin avanzar. 25) El regalo final: un “contrato” contigo mismo Y esto es más íntimo, pero funciona: regalar un compromiso. Una fecha, un deadline, una entrega. Algo como: “En 30 días me enseñas 20 páginas” o “cada domingo revisamos objetivos”.Porque la carrera del guionista se construye cuando alguien —aunque sea tú mismo— te mira a los ojos y te dice: “vale, ¿cuándo lo terminas?” El artículo 763. Regalos para guionistas: 25 ideas que sí se usan (edición 2025) se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.

762. El guionista es el protagonista [Nuevo libro]
15/12/2025 | 13 min
El artículo 762. El guionista es el protagonista [Nuevo libro] se publicó primero en Academia Guiones y guionistas. Hoy vengo con una idea un poco peligrosa: que el guionista, ese ser que vive detrás de la cortina, puede ser el protagonista. Y cuando lo es… el cine se pone sorprendentemente sincero. Porque ahí salen nuestras manías, nuestros miedos, nuestros “mañana lo empiezo” y ese drama íntimo de escribir algo brillante… Este episodio es para eso: para mirarnos en esas películas, reírnos un poco (por supervivencia) y, de paso, sacar herramientas reales para escribir mejor, como mi nuevo libro Soy David Esteban Cubero, y esto es “El guionista es el protagonista”. Y para terminar el año con vistas al futuro, en la reunión de la Writers, room que tenemos los guionistas del nivel pro de cursosdeguion.com, tenemos el taller “Cómo preparar el próximo año como guionista”, en el que planificaremos qué escribiremos el año que viene… y cómo nos organizaremos. Es el martes, 16 de diciembre a las 19:00 horas (España). Y queda grabado por si no puedes acudir en directo. Cuando el guionista es el protagonista Como te decía antes, hoy no vengo a hablarte de “cómo escribir como Tarantino” (tranquilo, Tarantino ya escribe como Tarantino, no necesita refuerzos). Hoy vengo a presentarte mi nuevo libro: El guionista es el protagonista. Y la razón de que exista es bastante simple… y un poco vergonzosa: lo escribí porque lo necesitaba. Porque a veces el oficio se nos queda pequeño por dentro. No por falta de ideas, sino por exceso de cosas invisibles: dudas, comparaciones, miedo a no estar a la altura, negociar con el sistema, sobrevivir, bloquearte, destrabarte, volver a bloquearte… el clásico “arco de personaje” del guionista: círculo perfecto. Y entonces me di cuenta de algo: el cine llevaba años hablándonos de nosotros antes de que nosotros nos atreviéramos a decirlo en voz alta. Hay películas en las que el guionista sale como héroe, como impostor, como víctima, como peligro público… a veces todo en la misma escena. Así que la propuesta del libro es esta: ver películas para aprender a escribir mejor. No para admirarlas desde lejos con cara de museo, sino para meterles mano con el destornillador del oficio: detectar objetivos, antagonistas, momentos de giro, arcos emocionales… y, sobre todo, entender qué narices le pasa a ese personaje cuando lo único que hace es… sentarse a escribir. Y sí: este episodio también es una invitación. A que te mires en esos espejos, elijas el que menos te humilla… y uses lo que veas para tu propio guion. Y para que lo entiendas rápido, te cuento la idea central del libro en una frase… y te aviso: pica un poco. Ver guionistas para escribir guion La idea central del libro es esta: cuando una película pone a un guionista en el centro, no solo te cuenta una historia… te enseña el oficio con el disfraz puesto. Porque ese guionista en pantalla está haciendo lo mismo que tú: persigue una idea, pelea con una versión de sí mismo, negocia con el mundo, y trata de convertir el caos en algo que parezca inevitable. Así que el libro funciona como un laboratorio. No es “mis pelis favoritas sobre guionistas” (aunque hay alguna que me dan ganas de abrazar y otras de denunciar). Es un método: Cada capítulo parte de un tipo de guionista: el bloqueado, el precario, el impostor, el perseguido… Luego lo pone a prueba con películas concretas. Y al final te llevas herramientas: preguntas, ejercicios y una forma de mirar que puedes aplicar a tu propio proyecto. La clave está en cómo miras esas películas. No como espectador que se deja llevar, sino como guionista que disecciona: ¿Qué quiere este personaje? ¿Qué le impide conseguirlo? ¿Cuál es su mentira? ¿Qué paga por escribir? ¿Qué sacrifica para terminar? Y aquí viene lo bonito —y lo cruel—: cuando ves a un guionista en pantalla, te das cuenta de que la trama no siempre está fuera. Muchas veces está dentro: en la necesidad de aprobación, en el miedo a fracasar, en el deseo de ser “puro”, en la tentación de venderse, en el ego, en la vergüenza… en todo eso que no sale en la sinopsis, pero te secuestra el teclado. Así que sí: vas a reírte. Pero también vas a pensar: “vale… esto me pasa a mí”. Y para que no se quede en teoría, te presento rápido el corazón del libro: los tipos de guionista. Aquí empieza el zoológico. Los tipos de guionista. Bienvenido al zoo: tú eres varios animales Vale, aquí está el corazón del libro: los tipos de guionista. No como etiquetas para ponerte una pegatina en la frente, sino como motores dramáticos. Porque cada tipo trae su conflicto debajo del brazo… y normalmente viene sin pedir perdón. 1. El guionista precario — “Escribo… pero también pago alquiler” El que sobrevive como puede, aceptando trabajos, favores, promesas y algún “ya te pagamos en visibilidad” (esa moneda que solo acepta el ego). Ejemplos: Sunset Boulevard, In a Lonely Place. El guionista es el protagonista… Aquí la gran pregunta es: ¿qué parte de ti vendes cuando dices que solo es un encargo? 2. El guionista perseguido — “Escribo… pero no puedo firmar” Cuando el conflicto ya no es creativo: es político, social, ideológico. Ejemplos: The Front, Trumbo, The Majestic. El guionista es el protagonista… La pregunta: ¿cuánta voz estás dispuesto a perder para seguir trabajando? 3. El guionista bloqueado — “Tengo una historia… y un muro” Este es el tipo más común del mundo. Vamos, que si hubiera un “carnet de guionista”, vendría con esto de serie. Ejemplos: Barton Fink, Adaptation, The Muse. El guionista es el protagonista… La pregunta: ¿y si el bloqueo no es falta de ideas… sino miedo disfrazado? 4. El guionista impostor — “Me van a pillar… y encima con mala estructura” El que no puede disfrutar ni cuando le sale algo bien. Ejemplos: Midnight in Paris, My Favorite Year. El guionista es el protagonista… La pregunta: ¿quieres escribir… o quieres ser otro escritor? 5. El guionista autodestructivo — “Mi musa es el caos” El mito del genio atormentado… con resaca. Ejemplos: Mank y (otra vez) In a Lonely Place. El guionista es el protagonista… La pregunta: ¿estás cuidando tu talento… o lo estás explotando hasta agotarlo? 6. El guionista romántico — “Te quiero… pero también estoy reescribiendo” Escribir en pareja, escribir desde el amor, o sobrevivir a que la ficción se meta en la relación con los zapatos puestos. Ejemplos: Paris When It Sizzles, Bergman Island. El guionista es el protagonista… La pregunta: ¿el amor te impulsa… o te desnuda? 7. El guionista metido en líos — “Investigué tanto que acabé dentro del caso” Aquí el guionista cruza una línea: la curiosidad deja de ser herramienta y se convierte en incendio. Ejemplos: Cabin by the Lake, The Gazebo. El guionista es el protagonista… La pregunta: ¿escribes sobre el abismo… o estás alquilando un piso en él? Y más tipos de guionistas que puedes encontrar el libro…. Y ahora viene lo mejor: no hace falta que elijas uno para siempre. Hoy puedes ser “impostor con toques de precario”, mañana “bloqueado premium” y el viernes “romántico en fase de montaje”. Lo importante es que, si te reconoces, ya tienes algo valioso: material dramático. No te vayas: hay botín Antes de despedirme, te cuento dos cosas rápidas. La primera: el libro es El guionista es el protagonista y lo puedes encontrar en Amazon. Si te has reconocido en alguno de esos “animales del zoo” —precario, impostor, bloqueado, perseguido…— ahí tienes el mapa y las herramientas para convertirlo en historia, sin quedarte solo en el “ay, qué realista soy”. El guionista es el protagonista… Y la segunda: si lo compras ahora, tienes un regalo para acompañarlo, que es El diario del guionista protagonista: un cuaderno de 14 días de ejercicios para trabajar tu proyecto (y tu cabeza, que a veces es más difícil). La idea es que no solo leas y digas “qué bien escrito, qué identificado me siento”, sino que te sientes y lo uses. Que el libro no sea un souvenir, sino una herramienta. Así que, si te apetece, entra en la web del libro, lo pillas, te descargas el diario con el enlace que hay en su interior y empiezas hoy mismo. Porque, ya sabes… la inspiración llega cuando te ve sentado (y si no llega, al menos te pilla trabajando). El guionista es el protagonista… Nos escuchamos en el próximo episodio. Y hasta entonces… escribe. Aunque sea una frase. Aunque sea mala. Sobre todo si es mala. El artículo 762. El guionista es el protagonista [Nuevo libro] se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.



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