No todo lo que crece debería hacerlo.
A veces, lo peor empieza con algo tan pequeño que cabe en la palma de una mano.
Una semilla extraña.
Un gesto impulsivo.
Un padre que solo quería plantar algo en su jardín.
Pero lo que brota de la tierra no sigue las reglas. Crece demasiado rápido. Demasiado alto. Demasiado… consciente.
Y con su sombra, no solo desaparece la luz.
Desaparece el tiempo.
La calma.
Y algo más difícil de nombrar… algo que se retuerce bajo la superficie, donde la mente no alcanza.
Porque hay raíces que no alimentan.
Reclaman.