Durante años, cuando se hablaba de obesidad infantil, casi toda la conversación giraba en torno a lo mismo: qué comen los niños, cuánto se mueven, cuánto tiempo pasan frente a una pantalla. Todo eso importa. Mucho. Pero una investigación reciente ha puesto el foco en una variable menos visible y bastante más incómoda: el estado emocional de los adultos que los crían.
La idea es sencilla, pero inquietante. Quizá una parte del riesgo metabólico de un niño no empieza solo en el plato, sino en el ambiente de tensión que se respira en casa. Y quizá el cuerpo infantil, mucho antes de entender lo que ocurre, ya está reaccionando.