Quejarse es humano. Nos sirve para desahogarnos, pedir apoyo, compartir frustraciones o señalar una injusticia. En muchos casos, la queja cumple una función social y emocional necesaria. El problema aparece cuando deja de ser una válvula puntual y se convierte en una forma habitual y automática de interpretar la realidad. En ese punto, ya no estamos solo expresando lo que nos ocurre: estamos entrenando activamente a nuestro cerebro.
En los últimos años, la neurociencia ha empezado a mostrar algo inquietante: las quejas repetidas pueden reconfigurar físicamente el cerebro.
Un libro que va muy en esta línea es El Arte de no quejarse: Estoicismo para tiempos difíciles, donde se explica, desde una mirada práctica y estoica, cómo dejar de reforzar esos circuitos de negatividad sin caer en el positivismo ingenuo.
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